Contra Trocha*

 

Me manan poemas desde las entrañas de mi existencia: la vida, la muerte. En un mismo espacio. Pasarelas perpendiculares. Antagónicas y complemento. Una trocha hacia allá, la otra a la contra. Cuando los vectores se encuentran, catarsis, impacto, cambio, transmutación y renacimiento.

Soy vida en cada proyecto, etapa, experiencia, relación, viaje, aventura, intercambio. Y somos, todos, muerte de pérdidas, en los finales de los periplos, en el agostar de los sentimientos, vínculos y épocas.

Me brotan palabras, mueren hasta transfigurarse en poemas. Resultado de los territorios que transito. De los aprendizajes demandados con poder a la vida tras los potentes acercamientos a la muerte y al proceso íntimo de atrochar con y sin contra por mi propia trocha.

Te invito al salón de mis sentires. Danza en él a tu gusto. Serás capaz de abrir el libro, el baile, por donde te plazca, jugar con la libertad que decidas. como en tu vida, cada decisión te llevará a un enclave distinto. atrévete. Se parte de este crear sin límite.

 

* Contra Trocha es mi nuevo libro de Poesía. Un homenaje a mi madre. Un poemario de vida y de muerte. 

Disponible en bubok próximamente

©Yolanda Jiménez (Poemas y texto). ©Vicente Ruiz Pérez (Diseño y maquetación). ©Juan Peláez (Prólogos)

 

CONTRA TROCHA. YOLANDA JIMENEZ. CARTEL

Lo bello que quise decir

«Mi entorno ahora presenta una frecuencia importante de personas que están o han llevado a cabo procesos de separación»

Sobre  procesos de separación. «Lo que quise decir».Comparto una bellísima carta incluida en el artículo del periodista, escritor y amigo, Juan Peláez:

En una entrada anterior reflejaba el trabajo que realizó Bronnie Ware con con personas moribundas. Uno de los cinco arrepentimientos más frecuentes era el de no haber expresado los sentimientos a las personas queridas.

Mi entorno ahora presenta una frecuencias importante de personas que están o han llevado a cabo procesos de separación. Esto me llevó a publicar un artículo sobre el tema. «Dejar ir el amor para que crezca.»

Uno de esos hermanos en el sufrimiento que suponen estos procesos me ha remitido una texto. Me ha parecido bello publicarlo y él me lo ha permitido.

Aborda todo aquello que quería decirle de positivo a su pareja y no pudo. Los terapeutas o facilitadores utilizamos diferentes técnicas para poder llevar a cabo estas acciones de sentimientos o pensamientos que no han podido ser comunicados. Uno es una carta dirigida a esa persona, otra es las sillas vacías. Sitúas una silla delante de ti, te colocas en la de enfrente y hablas como si estuviera alli con ese ser al que no pudiste expresarle aquello que querías. En los duelos incompletos que se han producido durante todo este periodo tan complejo de la pandemia, ha ayudado a muchas personas. Tengamos en cuenta que, al menos en Madrid fue frecuente, con el aislamiento al que se sometió a los mayores encerrados a la fuerza en residencias.

La carta es la siguiente.

«En la melancolía de la distancia con millones de segundos luz, una rotonda flota. Un círculo de oro y de noche llena de cascabeles y brillos el ojo común de cíclope. El órgano común del gigante de amor que crece instantáneo entre los dos. Allí el primer beso. Desde allá, días y almas ahítos de aguas fuego. Comidas rebosantes de cariños con maridajes de cuidado. Chimeneas de brasas y cuentos de hadas, amores, bosques y ninfas de lagos y manantiales.

Y las noches. Los nocturnos melodiosos saturados de tus caricias a las cicatrices de mi leyenda vital. Dedos, serpientes de sabiduría y luz que recorrían cada una de las costuras. Cargados al principio del recelo de posibles dolores, luego deslizando sanación de piel e historias. La magia de la aceptación de un cuerpo en el mío.

Italia y sus plazas, bajo la danza de pies rondones y dicharacheros que contaban historias con risas incrustadas. Tangos tras ver como los vestidos se deslizaban por tu cuerpo en las intimidades de habitaciones santuario común y secretas. El placer escondido de conocer lo oculto, las prendas tras faldas y vestidos.

Luego despertares. Ojos llamando al día, a la existencia, pasión, brillo y ganas de expandir. Y regalo, otro más. Tu regalo, de cuerpos de estrellas, torrentes de jabones adheridos, aguas acaloradas, simetrías y contrarios de las duchas. Y los cuerpos ¿de quien? ¿los tuyos en el mío, los míos en el tuyo? Energías, formas, sentires que el director de esa orquesta del universo era incapaz de controlar. Los tiempos se desbordaban. Saltaban las escalas, hasta que el jefe de toda aquella sinfonía, tiraba su varita y nos dejaba en nuestras improvisaciones incapaz de manejarlas.

También hubo seriedades. Las que tratan de tiznar el alma. Las que afilaban nuestros ingenios conjuntos a la búsqueda de soluciones. Y llegaban unas veces las correctas, otras las adecuadas, siempre las que nos hacían evolucionar y aprender.

Eramos buenos aprendices del discurrir de la existencia, entre tangos improvisados en las esquinas de los pesares. Melodías que con nuestros arcos acompasábamos en las cuerdas de los instrumentos. Y así, nota a nota, seguíamos indagando en las tierras del descubrimiento. La labor del explorador eterno. Del paseante nocturno a la búsqueda de trinos, de pájaros, de huir de vigilancias y ojos inquisidores.

Por todo, por todos, por el universo todo, las gracias y el recuerdo que restará sin caras ni formas. Solo los sentires perdurarán pegados al tiempode tangos, duchas, Italias y rotondas de besos.

Como dice un amigo: honrar lo vivido, reconocer aprendizajes, compartir aquello que se consigue, expresar la belleza a la búsqueda de proyectos en común, del reconocimiento de la luz que cada uno tiene a pesar de las tristezas, del cuidado para cuidar , de los viajes a destinos del interior del corazón para llegar llenos al fin de la existencia el amor dado y recibido.

Texto y fotografias: Juan Peláez Gomez.

Volver

Volver,

sin querer,

sin azul,

sin calor.

La torre-faro,

la iglesia del indiano,

la niebla,

la hierba,

la humedad,

la estufa,

la cueva,

el puerto,

el queso,

la montaña.

Volver,

unos años después,

un no-lugar sin lugar,

una memoria,

una acuarela.

Castaños, hayas,

abedules, fresnos

tejos, majuelos, saucos.

Con distancia,

con amor,

con tortilla,

con leña,

con sabor,

sintigo,

conmí.

©Yolanda Jiménez (Poema y fotografía)

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Cero

 

 

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Contadores a cero

Restos de cero

Cero a uno

Cero a cero

Cero de cero

Cero.

 

 

©Yolanda Jiménez (Poema y fotografía, tomada en Herculano)

Uno

 

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Uno más uno

Uno y otro

Uno en dos

Dos en uno

De uno en uno

Uno y uno

Uno en uno

Uno.

 

©Yolanda Jiménez. (Poema, dibujos y composición)

Dos

 

Dos elipsesimg_20220622_200105

Dos de dos

Dos cantos

Dos por dos

Dos flancos

De dos en dos

Dos vectores

Dos a dos

Dos a uno

Uno de dos

 

©Yolanda Jiménez. (Poema y fotografía, tomada de la exposición de esculturas en las calles de Vicenza; desconozco su autor/a)

Tres

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Tres peces

Tres tristes tigres

Tres eran las hijas de Elena

Tres patas para un banco

Tres negaciones de Judas

Tres platos en el menú

Tres domingos de otoño

Tres toques de timbre

Tres veces valiente

Tres esperas

Tres churros

Tres porras

Tres besos

Tres lágrimas

Tres latidos

Tres a la una,

Tres a las dos,

Tres a las tres.

©Yolanda Jiménez. (Poema y fotografía, tomada en Pompeya)

Cosas que pasan un domingo cualquiera

Es temprano. Domingo. Otoño. Amenaza de lluvia en el cielo. El paraguas quedó olvidado en un café del centro de la ciudad. Un viaje en metro. Un barrio desierto. Un impulso incontenible. Una incertidumbre certera. Una valentía poderosa. Un encuentro sorpresivo. Un desayuno breve. Un amor estratosferico aterriza un instante. La magia planea en miradas esquivas. Una elegante retirada.

Ovejas, pastores y curiosos llenan las arterias icónicas de la ciudad. Surrealismo urbano. Un corazón acelerado marca tictacs invisibles. Una mujer-fantasma tapada, ocultada, camina vacilante unos cinco metros detrás del hombre; ambos caminan hasta un hotel. Él delante, visible, ella cinco metros detrás le sigue. Por una mínima abertura de su indumentaria se le escapa la mirada. Sus ojos se encuentran con los míos. Tristezas: la suya, la mía, la de muchas mujeres ignoradas, silenciadas, ninguneadas, vilipendiadas. Mujeres quemadas por la inquisición, violadas por los mismos hombres de reputación social, por soldados, religiosos, vecinos, maridos. Arrebatadas de sus derechos por dictadores, por las derechas, las izquierdas, las religiones. Recluidas y prohibidas sus creaciones artísticas. Escultoras, pintoras, escritoras, poetas. Generaciones enteras de mujeres ocultadas. Las sinsombrero se recuerdan hoy en una exposición que reúne unas pequeñas muestras de la grandeza de esas mujeres.

Tristeza hoy en la piel, en el útero, en el corazón, en el recuerdo.

Fortaleza, sororidad, empatía, coraje. Bendecidas por la madre Naturaleza, somos hijas, madres, amigas, trabajadoras, amantes, compañeras, magas, creadoras, mujeres. Y eso me reconforta.

©Yolanda Jiménez (Relato y monotipia)

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Otoño en la ciudad

Con la melena húmeda y el paso firme, entró en el café a la hora prevista. Allí se presentaría la revista literaria. Él la miró y se acercó, directo, entusiasmado, halagador. Un absoluto desconocido dispuesto a conocerla. Ella, sorprendida, con sus tiritas invisibles adheridas al alma, pudo sonreír. Le había pasado dos veces en la misma semana. Instantes fugaces, situaciones insignificantes, cargadas de significado. Le bastó recordarlo para sentir todo el poder de su feminidad. Aquella noche caminó bajo la lluvia. En la soledad de sus pasos, vio la fortuna de ser quien era.  La alfombra del otoño pintaba de ocres los adoquines de la ciudad.

© Yolanda Jiménez. (Relato y fotografía)

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Desorden trascendental

 

Ordenado el tiempo,img_20220529_102837

los límites, los fluidos.

Todo parce en su sitio,

hay señales irreconocibles,

la arena movediza se desplaza,

ahoga el rostro en las ciénagas de la memoria.

Una vereda construida sobre el aire

Hay viento de almas,

rincones, amantes y suicidas.

En los desiertos desesperados

los seres se transforman

en un desorden transcendental.

 

©Yolanda Jiménez (Poema y fotografía)

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