Noche

 

(C) Yolanda Jiménez

De luna y farolas

de fantasías o de sueños.

El misterio de unos ojos,

linterna de mis noches.

Sedas de piel y luna

 

-Yolanda Jiménez –

Hay en la intimidad un límite sagrado – Ana Ajmátova-

 

(c) Yolanda Jiménez

Hay en la intimidad un límite sagrado

que trasponer no puede aun la pasión más loca

siquiera si el amor el corazón desgarra

y en medio del silencio se funden nuestras bocas.

 

La amistad nada puede, nada pueden los años

de vuelos elevados, de llameante dicha,

cuando el alma es libre y no la vence

la dulce languidez del goce y la lascivia.

 

Pretenden alcanzarlo mentes enajenadas,

y a quienes lo trasponen los colma de tristeza.

¿Comprendes tú ahora por qué mi corazón

no late a ritmo debajo de tu diestra?

 

-Ana Ajmátova –

Lo que callas. Un poema para hoy

 

Lo que callas

 

Ella lo pronunciaba a menudo.

Yolanda Jiménez: Óleo sobre lienzo

El prefería callar.

Las arrugas del alma

sin tiempo, sin espacio,

sin ser, sin nada.

Pasó el otoño con vientos de hojas

y el invierno con la esperanza del deshielo.

En primavera los brotes de palabras

asomaron a la lluvia;

las no dichas,

las que duelen,

las que no existen.

Dinamita y sol,

¿hasta que llegue el verano?…

 

-Yolanda Jiménez –

 

 

“Te quiero” ¿Puedes decirlo? ¿puedes sostenerlo?

 

“Te quiero” Dos palabras sencillas, amables, universales, ligeras y tan estigmatizadas. A veces las cargamos de un peso innecesario y se convierten en dificultad para decirlas, para escucharlas, para sostenerlas. Quizá solo son palabras, un medio de expresar, una forma de vínculo, de libertad, de respeto.

Os invito a perder el miedo, fluir, acoger y si lo sentís, a practicarlas.

 

“Te quiero sin mirar atrás”. Un bellisimo poema de Benedetti.

 

Te quiero mansamente, entre las sombras

de las falsas ilusiones…

 

Te quiero como para leerte cada noche,

como mi libro favorito quiero leerte,

linea tras linea, letra por letra,

espacio por espacio…

 

Te quiero para tomarte de la mano bajo el firmamento

y mostrarte los te amo escondidos entre las estrellas…

 

Te quiero para buscarte entre las frases,

entre los pensamientos enterrados,

entre las maneras complicadas.

Quiero encontrarte y no dejarte…

 

Te quiero como para llevarte a mis lugares favoritos

y contarte que es ahí donde me siento a buscarte

en la niebla de miradas que no son tuyas

pero aún así te busco…

 

Te quiero para volvernos locos de risa,

ebrios de nada y pasear sin prisa por las calles,

eso si, tomados de la mano,

mejor dicho, del corazón…

 

Te quiero como para sanarte y sanarme y sanemos juntos,

para reemplazar la herida por sonrisas

y las lágrimas por miradas

en donde podremos decir más que en las palabras…

 

Te quiero por las noches en las que faltas,

te quiero como para escuchar tu risa toda la noche

y dormir en tu pecho, sin sombras ni fantasmas,

te quiero como para no soltarte jamás…

 

Te quiero como se quiere a ciertos amores, a la antigua,

con el alma y sin mirar atrás…

 

-Mario Benedetti –

 

Sexo y espiritualidad: Un camino a la trascendencia

Durante el coito puede llegarse a una especie de nirvana espiritual; se accede a otro plano de la existencia que supera el placer carnal. No se trata de un asunto poético o metafórico. La ciencia tiene una explicación y, fundamentalmente, ésta está sustentada en quelas hormonas que se liberan durante el acto sexual y las de las experiencias espirituales son muy similares a nivel fisiológico.

Esta vivencia —también conocida como sexo trascendente— no es un orgasmo intenso; según quienes lo han vivido, explican que es una sensación que supera al cuerpo. Es decir, no se focaliza en los genitales o en alguna otra parte de él. Es, como un momento de iluminación total. Pese a que es imposible definirlo —debido a la inefabilidad propia de la experiencia— es una dicha completa, una especie de luz que inunda el alma.

Sí, el amor se refuerza mucho más, se da una especie de comunión con el otro. Sin embargo, la intensidad de este momento es tal que incluso se produce una especie de trance donde el espacio y el tiempo, tal y como los conocemos, se diluye para dar paso a una conexión espiritual.

 

Lo sexualidad y la espiritualidad nunca estuvieron separadas. Así lo explica Linda E. Savage para un artículo del Huffington Post:

«Esta perspectiva era la norma en muchas culturas anteriores a la época griega o romana, y estas sociedades datan de 30.000 años atrás. Incluso hace ya 3.500 años, los que vivían en la isla de Creta reconocían el placer sexual como una forma maravillosa de conectarse con el espíritu, renovar la abundancia de la tierra y unirse profundamente entre sí. En esta cultura la sexualidad era ampliamente entendida como un camino hacia el éxtasis espiritual».

 

Para llegar a esta experiencia única no hay un procedimiento lineal, ¿por qué? Porque no es una especie de receta de cocina, no podría serlo. Sin embargo, segun las experiencias de quienes lo han vivido, éstas son las técnicas que lo facilitan:

Respiración sincronizada

Sin forzarse, la exhalación y la inhalación pueden coordinarse en una misma sintonía; esto creará un vínculo emocional entre ambos y eliminará las tensiones.

Besos por varios minutos sin detenerse

Acrecentará la excitación y, al mismo tiempo, despejará de la mente cualquier pensamiento que la perturbe. Si la relajación ocurre, podrá estarse en el aquí y el ahora.

Contracciones de los músculos vaginales —en el caso de las mujeres—

En el caso de las mujeres, los ejercicios de contracción de los músculos de la vagina pueden ayudar a controlar mejor los movimientos. Con el paso de la experimentación y de la práctica puede adquirirse más control en la contracción y relajación, lo que ayuda a ser una relación más consciente.

Sexo tántrico —en caso de los hombres—

Aunque es una practica difícil además de extraña, evitar eyacular puede ser una manera de conservar el autocontrol y almacenar toda la energía que se pone en juego durante las relaciones sexuales.

Atención plena

Si el boleto del estacionamiento, si el cambio climático, si los pendientes del trabajo, si la fiesta de mañana… nada debe obstruir el pensamiento. No hay otro tiempo ni otro lugar que el aquí y el ahora. El acto sexual debe tener una atención total.

Usar todos los sentidos

Mirar la piel del otro, lamerla, respirar su aliento, escuchar los íntimos sonidos en el goce, tocar no sólo con las manos sino con todo el cuerpo. Todos los sentidos deben estar completamente inmersos en la experiencia. Es una entrega completa.

Perder miedos

Muchos miedos salen al paso durante las relaciones sexuales; temores sobre el cuerpo propio, sobre las consecuencias, sobre “si le está gustando al otro también” o si “le falta mucho para acabar”. Para que este tipo de experiencias tenga lugar, es necesario que exista una plena confianza en el otro. Esto porque no debe existir ni un solo sitio para la duda o las reservas.

Probablemente el paso más importante de todos sea reconocer que el sexo no es una práctica “baja”, sucia, repugnante inmoral. Debe entenderse que, además de la función reproductiva y de fuente de placer, tiene la capacidad de conectarnos —literalmente— con el otro y con el Universo.

Para algunos es cosa de locos, algo que a “algún hippie se le ocurrió” porque no tenía nada mejor que hacer o porque se encontraba bajo el influjo de alguna droga. Pero no es así. Miles de personas han dados sus testimonios —asombrosamente parecidos entre ellos— y sostienen que esta experiencia ha enriquecido su vida. Comprenden que son parte de un todo absoluto y que la vida tiene otros ámbitos invisibles pero esenciales, el sexo sólo es una vía más de acceso hacia esa otra realidad.

 

 

Por: Carolina Romero

Fuente: culturacolectiva.com

 

Amar para educar

 

“Amar educa”. En un discurso dirigido a educadores, el biólogo chileno y premio Nacional de Ciencias, Humberto Maturana, habló del verbo “amar” y el papel de éste en los procesos educativos.

Humberto Maturana, biólogo chileno, experto en epistemología y Premio Nacional de Ciencias es reconocido en distintas partes del mundo por sus investigaciones, las cuales han abierto nuevos paradigmas en la ciencias naturales y en el entendimiento del desarrollo humano. Pero además, por sus reflexiones sobre la educación, la infancia, el futuro de la humanidad y las emociones. Maturana habla de rescatar las emociones dentro de una “deriva cultural” donde éstas se han escondido y además hacer referencia al verbo “amar” como una emoción que sostiene y funda lo humano.

En un encuentro con educadores en la Región de BioBío en Chile, Maturana no sólo habló de la importancia de los contextos donde crecen los niños y del papel de los adultos como piezas claves en el proceso de crecimiento y transformación de los niños, también hizo énfasis en ese verbo “amar” desde un punto de vista educativo:

“Cuando decimos que amar educa, lo que decimos es que el amar como espacio que acogemos al otro, que lo dejamos aparecer, en el que escuchamos lo que dice sin negarlo desde un prejuicio, supuesto, o teoría, se va a transformar en la educación que nosotros queremos. Como una persona que reflexiona, pregunta, que es autónoma, que decide por sí misma.

Amar educa. Si creamos un espacio que acoge, que escucha, en el cual decimos la verdad y contestamos las preguntas y nos damos tiempo para estar allí con el niño o niña, ese niño se transformará en una persona reflexiva, seria, responsable que va a escoger desde sí. El poder escoger lo que se hace, el poder escoger si uno quiere lo que escogió o no, ¿quiero hacer lo que digo que quiero hacer?, ¿me gusta estar donde estoy?”, son algunas de las preguntas que aparecen.

Para que el amar eduque hay que amar y tener ternura. El amar es dejar aparecer. Darle espacio al otro para que tengan presencia nuestros niños, amigos y nuestros mayores”.

 

Fuente: http://www.eligeeducar.cl

Por: Camila Londoño

Mira su discurso completo a partir del minuto 36, en este vídeo:

“El neceser negro”… Un relato de otoño en verano

 

“EL NECESER NEGRO”

 

Hacía ya algunos meses que él tenía una nueva casa. Ella se peguntaba cuando la invitaría a conocerla. Se imaginaba un delicioso fin de semana en aquel lugar precioso de la sierra con vistas al monte. Imaginaba paseos y lunas; ternuras y deseos; caricias y risas. Pasó el verano. Pasó  el otoño. Un día frío de noviembre aquel hombre la propuso ir. Una visita rápida: él tenía que recoger algo, un documento importante, le dijo. A ella no le importaba la causa. Se alegró de esa improvisada invitación. Solo disponían de dos horas. Le hacía mucha ilusión conocer ese espacio novedoso. Conducía embriagada de serotonina por una carretera serpenteante. El paisaje se le antojaba precioso. El hombre viajaba amable en el asiento delantero, a su lado. Se imaginó estrenando un lugar nuevo, llenando de energía aquel espacio aún por descubrir. Hacía frío en aquella casa coqueta. Ella estallaba de alegría… se conformaba con tan poco!

Ahora, recordándolo, se da cuenta de tantas situaciones desbordadas en su fantasiosa imaginación. Por el anhelo profundo de un amor imposible.

“Ocaso en Venecia”.
Fotografía: Yolanda Jiménez

Gozó de aquella visita con la ilusión de aquella  niña que fue. Esa niña que despertaba cada día de Reyes con la emoción de descubrir (sabiendo que era lo mismo que el año anterior), qué le habrían dejado en sus zapatos aquellos seres mágicos. Para ella, en exclusiva.

Intuía que no era la primera invitada, pero quiso sentirse especial. Tenía la capacidad de trasmutar cada momento compartido con él, en espacios de tiempo únicos. Ese era su momento y quiso aprovecharlo, gozarlo para sentirse viva.

Allí, bajo capas de edredones y forros polares se expandió en halos multicolores de aromas intensos y  sensaciones livianas.

Agotado su tiempo, sin querer, como ocurren estas cosas, lo vio sobre la repisa del lavabo: un  neceser de mujer, testigo mudo de lo temido. Olvidado allí también sin querer. Los fantasmas temidos acudieron a su mente: ¿Acaso sería aquel objeto el verdadero motivo de aquella visita inesperada y rápida? Quizá,  reclamado por su dueña, él, solícito fue hasta allí para recogerlo y devolvérselo…Tenían que regresar, el tiempo se había consumido. En el último instante él, guardó aquel neceser en su bolso mientras ella, la fantasiosa niña que fue, la mujer que le amaba, tragó saliva y mantuvo el tipo. Guardó silencio y miró  por la ventana. Pero la imagen ya se había grabado en su memoria…. Era un neceser negro.

 

Yolanda Jiménez

 

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