Facebok y el miedo a la soledad. Reflexiones de Bauman

 

El éxito de Facebook es evidente pero, desde cierto punto de vista, podría parecer inexplicable. Si se le considera en términos simples, la presencia de Facebook en nuestra cotidianidad es superflua. Quien lo dude, piense: ¿cuánto de lo que se obtiene durante el tiempo que usamos Facebook es prescindible en nuestra vida? La fotografía de un amigo que está de vacaciones, el desayuno de un compañero de oficina, los memes que todo mundo comparte… ¿Qué de todo eso es necesario en nuestra vida?

Lo paradójico es que aun si nos damos cuenta de que Facebook es prescindible, no podemos privarnos de su uso. ¿Por qué?

Una posible respuesta a esa pregunta fue propuesta por Zygmunt Bauman, el eminente sociólogo de origen polaco fallecido a inicios del 2017 y que, al final de su trayectoria, prestó atención al fenómeno de las redes sociales.

En esta entrevista que dio a la cadena española La Sexta, Bauman define con brevedad y lucidez el hueco que Facebook vino a llenar en nuestra vida cotidiana, de donde está anclado con suficiente firmeza.

El argumento de Bauman es potente:

[Zuckerberg] descubrió o intuyó, no sé cómo pasó, no soy su biógrafo, de algún modo llegó a la conclusión de que la mayoría de nosotros en el mundo contemporáneo tenemos miedo de ser abandonados, de quedarnos solos, de perder el contacto con la vida que nos rodea…

El sociólogo señala una posible razón del éxito de Facebook –pero en especial de por qué, como si se tratase de una adicción, no podemos dejarlo.

 

Fuente: pijamasurf.com

La sociedad de la depresión: ser feliz como mandato

 

«Vivimos en la sociedad de la depresión generalizada donde ser feliz es un mandato».  Manuel FErnández Blanco es psicoanalosta.  Defiende que la globalización provoca el levantamiento de fronteras.

En un mundo cada vez más globalizado, donde podemos comunicarnos, viajar, o comprar productos de cualquier parte del mundo, las fronteras parecen cada vez más grandes. Trump habla de construir un muro, Reino Unido decide romper su matrimonio con Europa y volar solo, y esta última firma un pacto con Turquía para cerrar el paso a los refugiados que huyen de la guerra. Una situación paradójica que Manuel Fernández Blanco, psicoanalista gallego miembro de la Escuela Lacaniana del Psicoanálisis y psicólogo clínico en el Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, abordará esta tarde en una conferencia en el Museo San Telmo de Donostia (19.30h). La charla, que lleva el título de ‘El sujeto y la felicidad: Globalización y segregación’ está organizada por el Seminario del Campo Freudiano en San Sebastián.

 

– ¿Es cierto eso de que las personas somos felices con el amor, la amistad y disfrutando de las pequeñas cosas de la vida?

– Hay mucho más. El gran descubrimiento del psicoanálisis es que en todo ser humano habita una satisfacción que organiza la repetición en nuestras vidas, y que se aprecia muchas veces en la queja o en el sufrimiento. Todos repetimos situaciones de las que protestamos. Por ejemplo, un hombre o una mujer puede estar quejándose de su pareja toda la vida, al mismo tiempo que permanece con ella.

– ¿Somos, por tanto, personas insatisfechas?

– El síntoma de la insatisfacción es el resultado de un conflicto entre las tenencias y los ideales del sujeto: ‘Estoy casado, pero me gusta ese de ahí’. Buscamos continuamente objetos que nos satisfagan. Las parejas duran poco porque no se obtiene la satisfacción que se busca. El problema es que el ser humano no es capaz de entender que eso que anhela es inalcanzable, y busca continuamente la novedad. Por ejemplo, cuando nos compramos un smartphone nuevo, no lo hacemos por el móvil en sí, sino porque es la novedad, que además es caduca, porque pronto querremos otro mejor y más nuevo. Es la voracidad del neoliberalismo, del consumismo.

– Usted apunta que ser feliz en la cultura neoliberal actual es un mandato, una obligación.

– Hasta no hace mucho tiempo ser feliz no estaba en los planes de la mayoría de la gente. Si le preguntásemos a un campesino de le Edad Media si quisiera ser feliz seguramente nos miraría incrédulo, ya que su único objetivo sería el de poder comer al día siguiente. Eso ha cambiado radicalmente. Hoy en día ser feliz es obligatorio, y si no se consigue, sentimos que hemos fracasado en nuestro proyecto vital. Antes la culpa venía si uno gozaba de un modo inadecuado, pero ahora tenemos que optimizar nuestras vidas, tener éxito, y si no, nos hacemos culpables de nuestros fracasos. Por esa razón vivimos en la sociedad de la depresión generalizada, que además provoca una exacerbación del individualismo.

– ¿Es por ello que la mayoría de la gente muestra su vida en las redes sociales, para demostrar al resto y a sí mismos que son felices?

– Es tanto una necesidad como una imposición de la sociedad. Solo existes si te ven, si estás en una pantalla. Antes se pensaba que para ser feliz era mejor no mostrar ciertas cosas de nuestras vidas, pero ahora existe una tendencia imparable de llevar lo íntimo al exterior. Esto provoca irremediablemente la muerte de la privacidad, algo que en algunas ocasiones resulta muy peligroso.

– ¿Por qué dice que la búsqueda de la felicidad del sujeto provoca la segregación generalizada?

– La civilización ha cambiado mucho, y los ideales han caído, las creencias que antes teníamos ya no existen. En lugar de ese ideal ahora ha llegado el objeto de goce, y mientras que el ideal colectivizaba, el goce segrega. Ahora solo queremos estar los mismos con los mismos según nuestro modo de goce, o estilo de vida. Pero es que además las personas están cada vez más solas, incluso en sus hogares están solos con sus objetos, como internet. Con la globalización el individualismo se extrema.

– Y por tanto el racismo.

– Estamos retornando al racismo y la xenofobia más clásicos. La definición más corta y precisa del racismo actual sería: ‘El rechazo a que otro viva de un modo diferente a nosotros’. Lo curioso es que si ese alguien está lejos puede fascinarnos su modo de vida, es lo atractivo del exotismo. Pero si está en la habitación de al lado lo sentimos como una amenaza a nuestro yo. Pensamos que no goza adecuadamente y que lo hace a nuestra costa.

– Señala que el racismo ya no necesita nutrirse de una ideología. ¿Tampoco en el caso del yihadismo?

– Tampoco. El yihadismo tiene su asiento fundamental en la fraternidad como mecanismo de segregación. Los jóvenes que se radicalizan en Europa son un ejemplo. Generalmente, en las familias islámicas criadas en occidente el hermano mayor toma el mando por encima del padre, que ha perdido su fuerza por la marginación de la sociedad. Si nos fijamos en los últimos grandes atentados como el de Bataclán o el de Bruselas, vemos que entre los autores había grupos de hermanos. ¿Por qué? Porque al borrarse la autoridad del padre nace un odio hacia la sociedad que lo ha discriminado. Esto les conduce a una sociedad de hermanos sin padres cuyo objetivo es matar, pero también morir.

– Y en frente están resurgiendo los nacionalismos y los partidos de extrema derecha cuyo mensaje está calando en la sociedad.

– Estos nuevos líderes atacan igualmente a la inmigración y a Europa. Vivimos en la época de la política de las cifras, las estadísticas y las normas. Ellos se revelan contra esto y es por eso que tienen tanta audiencia. Están amenazando desde dentro al freno de la repetición de lo ocurrido en el siglo XX, que ha sido el más terrible para la humanidad.

– ¿Cómo frenar ese avance de los nacionalismos?

– Lo que ocurre es que muchos de los que votan a la extrema derecha no lo dicen, y en nosotros habita una tentación por votar contra lo bueno. No olvidemos que el nazismo sedujo e hipnotizó a millones de personas, y que Hitler llegó al poder sin necesidad de un golpe de estado, sino con los votos de la gente. Si triunfan los nacionalismos nada garantiza que no vaya a darse un enfrentamiento entre naciones.

 

Por: Aiende S. Jiménez

Publicado en : www.diariovasco.com

Una tribu donde las mujeres mandan y los hombres fecundan

Un hombre escapa de forma furtiva de noche, se mete en tu cama, mantenéis relaciones y cuando cae la madrugada, se va. 

Esta es la insólita fórmula de crear vínculos en la lejana comunidad Mosuo, un clan de unos 35.000 habitantes que conviven alrededor del lago Lugu, en un remoto rincón del suroeste de China.

Si hay un gorro colgado del pomo de la puerta, significa que la mujer ya está ocupada y que el hombre no puede entrar. 

A estas escapadas furtivas las llaman “ matrimonios andantes”, explica The Guardian, y son la clave para entender cómo se organiza uno de los últimos matriarcados que aún hoy persisten. En esta sociedad de la china rural, las mujeres Mosuo llevan el peso de la comunidad a través de la “abuela” matriarca.

Aquí no existe el matrimonio (tampoco el divorcio) y todas las mujeres son poliándricas , es decir, que pueden tener más de un amante. La paternidad poco importa, por eso es frecuente que no se sepa quien es el padre de los hijos.

Las mujeres viven con sus hijos e hijas, sus hermanos y sus mayores mientras que los hombres viven en casa de su madres. Esto no significa que los hombres se desocupen del cuidado de los niños. En su caso, ocupan un rol muy importante como tíos con los hijos de sus hermanas.

Yo he sido feminista toda mi vida y Mosuo me pareció un lugar donde las mujeres son el centro de la sociedad. Fue inspirador”, relata Choo Waihong a The Guardian, una mujer que viajó a la China para descubrir sus orígenes y que quedó fascinada ante esta pintoresca comunidad.

El matriarcado de las Mosuo parece una especie de utopía feminista en un país en el que el estigma de “solterona” está muy presente. A las mujeres chinas solteras a los 27 también se las llama “las sobrantes”. Pero en esta comunidad, ser soltera es la norma. 

Sin embargo, más allá de la estructura idílica que plantea este sistema relacional, no hay que olvidar la  maternidad es el gran agente socializador, la verdadera meta de una mujer Mosuo.

No eres vista como una mujer completa hasta que no te conviertes en madre“, explica Waihong a The Guardian. Rechazar la maternidad ni siquiera se plantea como opción, así que esto ya hace hace tambalear, como mínimo, este supuesto ideal feminista.

El matriarcado de las Mosuo no es un caso único. Existen otras comunidades similiares, como el matriarcado Samburu en Kenia. Todas estas sociedades, sin ser perfectas, nos dejan claro que es posible romper con las estructuras monógamas y heteronormativas instaladas en la mayor parte de sociedades.

Y nos recuerdan que no son más que eso, convenciones heradadas.

Fuente: http://www.playgroundmag.net

 

Las mujeres y las quejas

 

La psicoanalista y coodirectora de la revista Registros, Gabriela Grinbaum, sostiene que al contrario que la cobardía, que es un rasgo masculino, la audacia es femenina, y que esa ausencia de proporción acaso sea causa de que las mujeres se quejen de los hombres en una escena social dominada por la declinación de la virilidad, la omnipotencia de la mirada y el supuesto borramiento de la diferencia entre los sexos.

Grinbaum está diplomada en Estudios Superiores por el Departamento de Psicoanálisis de París VIII, y es docente en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
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Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T : ¿Se quejan las mujeres, de qué (haciendo la salvedad de que las mujeres existen una por una?
G : ¿Y de qué se quejan las mujeres? ¡Hoy y siempre! ¡De los hombres! Ya sea porque no hay, ya sea porque el que hay no la cuida o no la mira o no la escucha o la aburre o no la desea lo suficiente o la corre del espejo para mirarse él (habitual en la época). Las mujeres siempre se quejan, la queja es femenina para la cultura. Pero no lo es para el psicoanálisis. Para el psicoanálisis la queja es histérica y no un rasgo de femineidad. Para las mujeres es fundamental el reconocimiento. Ser reconocidas por el partenaire, por la jefa, por la amiga, por los hijos. Y cuando una mujer no se siente reconocida en su ser se queja por eso, lo sufre. La mujer actual, lo sabemos, no se satisface con ser madre, quiere tener un lugar de reconocimiento que no pasa en absoluto por la maternidad. No todas las mujeres quieren hijos hoy, muchas esperan su realización personal y si después de eso y aseguradas de no perder su libertad acceden al hijo, bueno. Pero no es aquello que las mueve verdaderamente en la vida.

T : Estos días leí que los hombres se suicidan más que las mujeres, en una proporción de 4 a 1. ¿Qué puede decir de eso una psicoanalista lacaniana?
G : No tengo esa data pero entiendo que sea así. Un hombre puede decidir quitarse la vida por haber perdido el trabajo, por ejemplo. Eso no lo creería posible en el campo de las mujeres. Aun cuando en la época del Otro que no existe, tal como la bautizó Jacques-Alain Miller, las mujeres tienen un lugar de acceso a los ámbitos laborales, desde las conducciones en las empresas, en la cultura hasta en las direcciones políticas de los países. Una mujer puede quitarse la vida por amor, no importa la edad que tenga; te sorprenderías cuán lejos puede ir una mujer en su dolor por no ser amada por ese hombre. Pero no va a suicidarse porque no llega a fin de mes o a mantener a su familia o porque no consigue trabajo. A ese nivel podría decir que es el narcisismo la trampa mortal. La relación del hombre al trabajo es una relación a su falo. Si es tocado ahí puede que el narcisismo no lo resista y eso lo lleva a identificarse a un deshecho y producir un pasaje al acto como el suicidio. Una mujer es más flexible y menos narcisista en esos casos. Desde chica ya sabe que no tiene (el falo) y eso le da más libertad, más audacia, no tiene que cuidar tanto lo que tiene porque en el fondo sabe que no tiene nada que perder. Una mujer sabe mucho más que un hombre cómo funcionar con el no tener. Aun las mujeres más identificadas a lo masculino. La labilidad de los hombres en muchos casos los deja sin recursos frente a las contingencias de pérdidas y por eso entiendo que haya más suicidios masculinos que femeninos.

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T : ¿Cómo entender el apartado pornografía que aparece en el volumen preparatorio del próximo congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) Descartamos la cosa moral, ¿cómo lo entiende una mujer, que además es psicoanalista?
G : No podía faltar pornografía en el volumen del próximo congreso Un real para el siglo XXI. Si lo que más se consume en internet es pornografía. Lo único que le preocupa a los padres de los chicos es la facilidad de acceso a la pornografía que proviene de la misma máquina que los tiene atrapados todo el día. Hay mujeres que revisan el historial de la computadora del día de sus parejas para comprobar -una vez más- que la infidelidad se ha jugado ahí. La pornografía que consumían mis compañeros de colegio rateándose a los cines de Lavalle una vez cada tanto, hoy está con una facilidad apabullante. Comodísimo. Y obvio que va de la mano con la inmediatez de la satisfacción que la hipermodernidad impone. Goce-express, sin hacer nada de nada, ni levantar el tubo, nada. Goce del idiota. Goce del soltero lo llama Lacan, es la satisfacción masturbatoria que no requiere el pasaje por el cuerpo del otro, viene de perillas para la época. Menos esfuerzo, mayor goce. En mi adolescencia había que conseguir Trópico de cáncer o algún cuento de Anais Nin o de D.H Lawrence. Y casi leerlos a escondidas. No soy de melancolizarme añorando aquellos tiempos pero respecto a esta pregunta, no puedo evitarlo.

T : Esta es mi experiencia: cierta cobardía del hombre frente a la nueva mujer. ¿Esto es así? ¿Cómo pensar no hay relación sexual en la época de la agitación de lo real?
G : La cobardía es masculina, la audacia es femenina. ¡Al revés del pepino! Pero no tengo dudas que es así. Si a eso le sumamos las mujeres contemporáneas, que avanzan, con todo esto se evidencia más. Lo ilimitado es desde la audacia hasta el goce en las mujeres, contra la limitación masculina. Y eso no es un rasgo contemporáneo, mirala a Antígona en su acto, a Medea en su venganza, y ya en el siglo XIX el portazo final que da Nora en Casa de muñecas (la pieza teatral de Henrik Ibsen), y no porque Torvaldo Helmer no la amaba, es porque no supo amarla, la amaba en tanto madre de sus hijos y no como mujer y fue eso que la decide a la protagonista a abandonar la casa. Y esto nos orienta respecto a las dificultades de los hombres para amar, porque solo es posible amar si se ha pasado por la falta. Eso las mujeres lo sabemos muy bien. ¿Cómo puede amar un hombre? Hay algo de la feminización en el hombre, necesaria para que ame. Y eso no muchos lo toleran. Claro que el estilo y los semblantes de las nuevas femineidades dejan a los hombres muchas veces turbados, incluso castrados; las nuevas mujeres no esperan que sea él quien invite, proponga… Y el amor es una respuesta al no hay relación sexual. Las dificultades para amar son un síntoma de la época, por la inconsistencia, la liquidez, la prisa, los imperativos de ¡hay que gozar ya! Es un asunto.

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T : Roman Polanski acaba de estrenar su versión de La venus de las pieles. Acabo de leer un libro -de una mujer- titulado Defensa del masoquismo. ¿Cómo entender estos fenómenos político-culturales?
G : ¡Amo a Polanski! ¡Incluso con todo su prontuario!! No vi su versión de Sacher Masoch. Simplemente te voy a decir que Lacan nunca aceptó la idea freudiana del masoquismo femenino. Lacan respondió a Freud diciendo que el masoquismo femenino es un fantasma del hombre. Es decir, es el hombre que goza creyendo que la mujer goza del masoquismo. Que la mujer tolere más el sufrimiento en el cuerpo, muchísimo más que el hombre, no habla de su gusto por el dolor en el cuerpo. Lo tolera más. Todo el mundo sabe lo que un hombre hace cuando algo lo aqueja en su cuerpo. Los recorridos que hace por los médicos, el mal humor que eso le produce, la intolerancia al dolor en el cuerpo es ya graciosa, mirá como Woody Allen armó de eso un personaje. De una mujer ni te enteras si está a punto de ser intervenida mañana. Hoy muchos hombres se depilan, ¡pero cómo gritan! Volviendo a la cuestión del masoquismo y las mujeres. Lo que ocurre es que al contrario que el hombre, las mujeres tienen una gran elasticidad en su fantasma. En especial la histérica, que puede llegar a identificarse al fantasma del hombre que coloca a la mujer en el goce masoquista y terminar en ese lugar.

T : En la entrevista que le hiciste a Maitena, ella hace una reflexión muy a fondo sobre el amor. ¿Creés que una idea como esa puede nacer de alguien que no haya pasado por un análisis?
G : Maitena sabe del amor y tiene la genialidad de saber decir lo que las mujeres sufren por amor y además nos lo cuenta con humor. En la entrevista que le hicimos para Registros Mujeres, ella nos decía que finalmente encontró como la solución frente a las penurias amorosas por las que transitó en su vida, la tolerancia y la distancia. Eso le permitió sostener lo que llama su encuentro amoroso de los últimos 15 años. No tengo la menor idea si hubiera encontrado esa solución sin un análisis. Ella se analizó, se sigue analizando, supongo que el análisis habrá hecho lo suyo. El amor fue siempre lo que la movió al análisis, no el tema laboral, al que le encontró salida muy tempranamente en la vida. Cuando en la entrevista se refiere a la distancia y a la tolerancia me parece que hace hincapié a dejarse tomar, dejarse mirar por el partenaire pero no quedarse capturada persecutoriamente en esas miradas. Da el ejemplo de las parejas que terminan matándose simplemente porque ella pregunta ¿por qué me miraste así? Frente a la cual él responde por que vos me miraste así. La distancia es una buena solución para no aplastar el amor con la demanda, y la tolerancia de la diferencia: no es posible el estado de enamoramiento siempre, hay que trabajar para inventar cada vez porque el amor no dura porque sí toda la vida. 

Por Pablo E. Chacón

 

El amor: dimensión social y política

El amor romántico, como concepto es una construcción que responde a un orden social pre-establecido.  La dimensión que  desprende, supone todo un engranaje de piezas que encajan el el mundo social y político. Esta carga que arrastramos, nos viene impuesta desde la cultura, como inherente al desarrollo de la dinámica social.  De manera automatizada respondemos al plan sin cuestionarlo, interpretando el papel que se nos asigna. El precio que pagamos puede llevarnos desde la insatisfacción y la baja autoestima, hasta el sentimiento de fracaso, cuando no se cumplen las expectativas esperadas. Quizá es tiempo de cuestionar y elegir con absoluta libertad sobre el rumbo de nuestro amor. Comparto un  artículo de Coral Herrera, una invitación a cuestionar, a contemplar  el amor con una mirada amplia.

 

Lo romántico es político, y el sistema no funciona

Es hora de que empecemos a hablar de amor, de emociones y de sentimientos en   espacios en los que ha sido un tema ignorado o invisibilizado: en las Universidades, en los congresos, en las asambleas de los movimientos sociales, las asociaciones vecinales, los sindicatos y los partidos políticos, en las calles y en los foros cibernéticos, las comunidades físicas y virtuales. Hay que deconstruir y repensar el amor para poder crear relaciones más igualitarias, más sanas, más abiertas, más libres, más bonitas. Tenemos que hablar de cómo podemos aprender a querernos mejor, a llevarnos bien, a crear relaciones bonitas, a extender el cariño hacia la gente y no centrarlo todo en una sola persona. 

Hay que romper con la idea de que el amor solo puede darse entre dos personas, y hay que romper con los miedos que nos separan: los racismos, la homofobia, la transfobia, la xenofobia, la misoginia, el clasismo… para poder crear mundos más horizontales, más abiertos, más solidarios. Ahora más que nunca, necesitamos ayudarnos, trabajar unidos por mejorar nuestras condiciones de vida y luchar por los derechos humanos.

lo romantico es politico

El amor romántico que heredamos de la burguesía del siglo XIX está basado en los patrones del individualismo más atroz: que nos machaquen con la idea de que debemos unirnos de dos en dos es muy significativo. Bajo la filosofía del “salvesé quién pueda”, el romanticismo patriarcal se perpetua en sus esquemas narrativos en los cuentos que nos cuentan en diferentes soportes (cine, televisión, revistas, etc) , y nos ayudan a escaparnos de una realidad que no nos gusta. Así es como consumiendo estos productos  románticos aprendemos a soñar con  una utopía emocional  y política que nos ofrece un mundo mejor al que habitamos, pero solo para mí y para tí, los demás que se busquen la vida.  

Frente a las utopías religiosas o las utopías sociales y políticas como el marxismo, el anarquismo, el comunismo, etc. el amor romántico nos ofrece una solución individual, y nos mantiene entretenidas soñando con finales felices.

El romanticismo sirve también para ayudarnos a aliviar un día horrible, para llevarnos a otros mundos más bonitos, para sufrir y ser felices con las historias idealizadas de otros, para olvidarnos de la realidad dura y gris de la cotidianidad. Sirve para que, sobre todo las mujeres, empleemos cantidades de recursos económicos, de tiempo y de energía, en encontrar a nuestra media naranja, creyendo fielmente que nuestra vida será mejor cuando encontremos al amor ideal que nos adore y nos acompañe en la dura batalla diaria. Sirve para que adoptemos un estilo de vida muy concreto, para que nos centremos en la búsqueda de pareja, para que nos reproduzcamos, para que sigamos con la tradición y para que todo siga como está.

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Las industrias culturales y las inmobiliarias nos venden paraísos románticos para que nos encerremos en hogares felices y por eso una gran parte de la población permanece adormilada, protestando en sus casas, aguantando la pérdida de derechos y libertades, asumiéndolas como desgracias o mala suerte. Cada uno rumiando su pena y su desesperación, como las víctimas de los desahucios bancarios, desesperadas y solas.

Los medios jamás promueven el amor colectivo: podría destruir patriarcado y capitalismo juntos. Las redes de solidaridad podrían acabar con las desigualdades y las jerarquías, con el individualismo consumista y con los miedos colectivos a los “otros” (los raros, las marginadas, los inmigrantes, las presidarias, los transexuales, las prostitutas, los mendigos, las extranjeras). Por ello es que se prefiere que nos juntemos de dos en dos, no de veinte en veinte: es más fácil controlar a dos metidos en su hogar que a grupos de gente que va y viene.

El problema del amor romántico es que lo tratamos como si fuera un tema personal: si te enamoras y sufres, si pierdes al amado o amada, si no te llena tu relación, si eres infeliz, si te aburres, si aguantas desprecios y humillaciones por amor, es tu problema. Igual es que tienes mala suerte o que no eliges a los compañeros o compañeras adecuadas, te dicen. Pero el problema no es individual, es colectivo: son muchas las personas que sufren porque sus expectativas no se adecúan a lo que habían soñado, porque temen quedarse solas, porque se ven obligadas a cumplir con el rito para demostrar éxito social, y porque aunque así nos lo vendan, el amor romántico no es eterno, ni es perfecto, ni es la solución a todos nuestros problemas.

Lo personal es político, el romanticismo es patriarcal: asumimos modelos sentimentales, roles y estereotipos de género, y patrones de conducta patriarcales a través de la cultura. Y estos patrones los tenemos muy dentro, incorporados a nuestros sistema emocional. De este modo, también la gente de izquierdas y los feminismos seguimos anclados en viejos patrones de los que nos es muy difícil desprendernos. Elaboramos muchos discursos en torno a la libertad, la generosidad, la igualdad, los derechos, la autonomía… pero en la cama, en la casa, y en nuestra vida cotidiana no resulta tan fácil repartir igualitariamente las tareas domésticas, gestionar los celos, asumir separaciones, gestionar los miedos, comunicarse con sinceridad, expresar los sentimientos sin dejarse arrastrar por el dolor…

No nos enseñan a gestionar sentimientos en las escuelas, pero sí nos bombardean con patrones emocionalesrepetitivos y nos seducen para que imaginemos el amor a través de una pareja heterosexual de solo dos miembros con roles muy diferenciados, adultos y en edad reproductiva. Este modelo no solo es patriarcal, también es capitalista: Barbie y Ken, Angelina Jolie y Brad Pitt, Javier Bardem y Penélope Cruz, Letizia y Felipe… son algunos de los modelos exitosos que nos venden en la prensa del corazón, en los comics, las series de televisión, las novelas románticas, las películas, los telediarios, los realities… fácil entender, entonces, porqué damos más importancia a la búsqueda de nuestro paraíso que a la de soluciones colectivas.

Para cambiar el mundo que habitamos hay que tratar políticamente el tema del amor, reflexionar sobre su dimensión subversiva cuando es colectivo, y su función como mecanismo de control de masas cuando se limita al mundo del romanticismo idealizado, heterocentrado y heterosexista.

Es necesario pensar el amor, deconstruirlo, volverlo a inventar, acabar con los estereotipos tradicionarles, contarnos otras historias con otros modelos, construir relaciones diversas basadas en el buen trato, el cariño y la libertad.  Es necesario proponer otros “finales felices” y expandir el concepto de “amor”, hoy restringido para los que se organizan de dos en dos. Para acabar con las soledades hambrientas de emociones exclusivas e individualizadas necesitamos más generosidad, más comunicación, más trabajo en equipo, más redes de ayuda.

Solo a través del amor colectivo es como podremos articular políticamente el cambio. Confiando en la gente, interaccionando en las calles, tejiendo redes de solidaridad y cooperación, trabajando unidos para construir una sociedad más equitativa, igualitaria y  horizontal. Queriéndonos un poquito más, pensando en el bien común, es más fácil aportar y recibir, es más fácil dejar de sentirse solo/a, es más fácil elegir pareja desde la libertad, no desde la necesidad, y es más fácil diversificar afectos. Queriéndonos bien, y mucho, vaya.

 

HOY