“Resaca de …” Un relato para hoy

Resaca de….

Unos días de verano bastaron para sentir la plenitud. A la vista de los datos,  ella, socióloga pensó que aquella era una buena hipótesis de partida: La inmensidad de las montañas  del idílico paisaje, era directamente proporcional a la intensidad de aquel encuentro poderoso.

Él huía de una asfixiante relación, desmoronada por el tiempo, minada de reproches, desconfiada de mentiras

Ella se abría  al viento de la vida una vez más. Limpiaba sus posos oscuros, con  el deseo de vivir, con el pesar de lo que no fue, con la valentía de acoger el cambio.

Se habían mirado con el brillo de la curiosidad. Una mañana de excursión, él posó su mano sobre la de ella. Fue bienvenido. Un gesto tierno que encontró la calidez de ella. Ambas manos permanecieron unidas por kilómetros de carretera, jugando con  caricias improvisadas.

Fue el principio de un ascenso vertical. Ambos escalaron las cimas más altas inimaginables, sorprendentes.

La sonrisa iluminó sus rostros; la pasión prendió sus cuerpos; la ternura acarició sus almas.

Fue real. Recorrieron los bosques de sus oscuridades y descubrieron primaveras multicolores.  En el lago calmo de aguas turquesa navegaron ilusión, solearon alegrías.

Volaron libres en la alcoba de sus noches. La ciudad eterna de canales bulliciosos les mostró sus más íntimos rincones.

Bebieron el néctar que embriagó sus ilusiones. Y apuraron sus copas en el aeropuerto madrileño.

La rutina apagó sus luces. Tempestades rompieron sus lazos.

La resaca de tanto amor selló sus gargantas de silencio.

-Yolanda Jiménez-

 

“Resaca de…” Un relato para hoy

 

Resaca de….

Unos días de verano bastaron para sentir la plenitud. A la vista de los datos,  ella, socióloga pensó que aquella era una buena hipótesis de partida: La inmensidad de las montañas  del idílico paisaje, era directamente proporcional a la intensidad de aquel encuentro poderoso.

Él huía de una asfixiante relación, desmoronada por el tiempo, minada de reproches, desconfiada de mentiras

Ella se abría  al viento de la vida una vez más. Limpiaba sus posos oscuros, con  el deseo de vivir, con el pesar de lo que no fue, con la valentía de acoger el cambio.

Se habían mirado con el brillo de la curiosidad. Una mañana de excursión, él posó su mano sobre la de ella. Fue bienvenido. Un gesto tierno que encontró la calidez de ella. Ambas manos permanecieron unidas por kilómetros de carretera, jugando con  caricias improvisadas.

 

Fue el principio de un ascenso vertical. Ambos escalaron las cimas más altas inimaginables, sorprendentes.

La sonrisa iluminó sus rostros; la pasión prendió sus cuerpos; la ternura acarició sus almas.

Fue real. Recorrieron los bosques de sus oscuridades y descubrieron primaveras multicolores.  En el lago calmo de aguas turquesa navegaron ilusión, solearon alegrías.

Volaron libres en la alcoba de sus noches. La ciudad eterna de canales bulliciosos les mostró sus más íntimos rincones.

Bebieron el néctar que embriagó sus ilusiones. Y apuraron sus copas en el aeropuerto madrileño.

La rutina apagó sus luces. Tempestades rompieron sus lazos.

La resaca de tanto amor selló sus gargantas de silencio.

-Yolanda Jiménez-

La pipa o nada es lo que parece

 

Una tarde de otoño, el artista la recibió su estudio. A  Amanda le fascinaban esos lugares íntimos de creación, donde el artista enfrenta sus fantasmas. Letras, rotuladores, pinceles, papeles, telas, bocetos. Algunas esculturas diseminadas, cerámicas, dibujos, óleos, cuadernos… Se sentía seducida por el ambiente  del templo creativo. Tuvo que esperar algunos meses para esa invitación. Entró segura, con la devoción de saberse en un lugar único, de penetrar en un abismo de intimidad. Un laberinto mental de ideas a medio hacer.

Aquella magia se había repetido muchas veces en su vida. Amanda ya había estado en muchos lugares singulares. En aquellos encuentros, había aprendido de arte, pero sobre todo de la sutilidad de las relaciones. Con el aprendizaje, afinó su intuición.

Hoy, la recibe un hombre en su piso madrileño. Un amante de las plantas, conocedor de especies, cultivador esmerado en su tiempo de ocio. Ernesto es un hombre con el corazón grande y los ojos verdes. Un soñador cariñoso con mirada de niño.

Se habían conocido en un viaje de verano y ambos se entregaron a la fantasía de quererse. Con la libertad que procura la distancia, las caminatas por las montañas, la ensoñación de los paisajes y la quietud de los abrazos. Se amaron con una pasión auténtica. No había mañana para aquel amor, aunque, en aquellos días, ninguno de ellos lo sabía.

Él la recibe inquieto, con té preparado y una vela por encender. Se esfuerza en una acogida agradable, quiere mostrarse tranquilo, pero Amanda percibe su nerviosismo. Ella es hoy una mujer segura. Camina con decisión por el largo pasillo que conduce a la terraza. Allí  admira las plantas que él mima, de las que tanto le había hablado.

Detrás de su bella sonrisa, Ernesto esconde su indecisión. Atrapado ente dos mares, no se atreve a mirar a Amanda. Ella lo adivina y calla. Otra mujer planea en el ambiente denso de aquel piso, en la mirada turbia del hombre inquieto.

 

Amanda se rompe una vez más. Se había prometido que no lo repetiría. Se le escaparon las emociones y lágrimas silenciosas surcan sus mejillas enrojecidas.  Por su mente pasan fotogramas de los instantes compartidos, de libros leídos, de pinturas y museos, de fantasías apostadas. Recuerda los dibujos de Saint-Euxpery en El principito: lo que para un adulto es un sombrero, para el principito es una boa digiriendo un elefante.  “Nada es lo que parece” se repite a sí misma… como en “la pipa”,  aquel cuadro de Magritte, hoy, nada es lo que pareceLas imágenes están incompletas, pero sin embargo, a veces nos engañan, nos traicionan.

 

Yolanda Jiménez

 

“El neceser negro”… Un relato de otoño en verano

 

“EL NECESER NEGRO”

 

Hacía ya algunos meses que él tenía una nueva casa. Ella se peguntaba cuando la invitaría a conocerla. Se imaginaba un delicioso fin de semana en aquel lugar precioso de la sierra con vistas al monte. Imaginaba paseos y lunas; ternuras y deseos; caricias y risas. Pasó el verano. Pasó  el otoño. Un día frío de noviembre aquel hombre la propuso ir. Una visita rápida: él tenía que recoger algo, un documento importante, le dijo. A ella no le importaba la causa. Se alegró de esa improvisada invitación. Solo disponían de dos horas. Le hacía mucha ilusión conocer ese espacio novedoso. Conducía embriagada de serotonina por una carretera serpenteante. El paisaje se le antojaba precioso. El hombre viajaba amable en el asiento delantero, a su lado. Se imaginó estrenando un lugar nuevo, llenando de energía aquel espacio aún por descubrir. Hacía frío en aquella casa coqueta. Ella estallaba de alegría… se conformaba con tan poco!

Ahora, recordándolo, se da cuenta de tantas situaciones desbordadas en su fantasiosa imaginación. Por el anhelo profundo de un amor imposible.

“Ocaso en Venecia”.
Fotografía: Yolanda Jiménez

Gozó de aquella visita con la ilusión de aquella  niña que fue. Esa niña que despertaba cada día de Reyes con la emoción de descubrir (sabiendo que era lo mismo que el año anterior), qué le habrían dejado en sus zapatos aquellos seres mágicos. Para ella, en exclusiva.

Intuía que no era la primera invitada, pero quiso sentirse especial. Tenía la capacidad de trasmutar cada momento compartido con él, en espacios de tiempo únicos. Ese era su momento y quiso aprovecharlo, gozarlo para sentirse viva.

Allí, bajo capas de edredones y forros polares se expandió en halos multicolores de aromas intensos y  sensaciones livianas.

Agotado su tiempo, sin querer, como ocurren estas cosas, lo vio sobre la repisa del lavabo: un  neceser de mujer, testigo mudo de lo temido. Olvidado allí también sin querer. Los fantasmas temidos acudieron a su mente: ¿Acaso sería aquel objeto el verdadero motivo de aquella visita inesperada y rápida? Quizá,  reclamado por su dueña, él, solícito fue hasta allí para recogerlo y devolvérselo…Tenían que regresar, el tiempo se había consumido. En el último instante él, guardó aquel neceser en su bolso mientras ella, la fantasiosa niña que fue, la mujer que le amaba, tragó saliva y mantuvo el tipo. Guardó silencio y miró  por la ventana. Pero la imagen ya se había grabado en su memoria…. Era un neceser negro.

 

Yolanda Jiménez