“Planiverso”. Planisferio de versos, Universo de multiversos

“Planiverso”

(c) Chema Barroso

En la tarde de noviembre la calidez de la poesía resuena entre  voces diversas. Ecos de amistad. Sentimientos al aire. Emociones saladas, ojos humedecidos, brillos de luz, corazones abiertos, creación pura. Una fusión de perspectivas, mundos, seres, almas, poemas, humanidad. Tanta  belleza sublime, desbordada más allá de las palabras, más allá de las lenguas, más allá de las culturas, más allá de los sexos, más allá de las presencias, físicas o espirituales. La magia sucedió con baile de lazos, desde uno hacia todos, desde todos hacia el uno…

 

Así fue la presentación de Planiverso:  Planeta, universo, multiverso de versos, creación, feminidad, sutilidad… poesía.

(c) Chema Barroso

(c) Chema Barroso

Planiverso es mi gran proyecto internacional de poesía. Reúne a diez mujeres poetas de todo el mundo y a un grupo mixto de otros diez poetas que desde Madrid, las descubrimos y co-creamos con ellas.

Transitar esta experiencia, coordinar a los participantes ,idear, crear, atender a los detalles, culminar la presentación, ha sido para mi,  un camino de aprendizaje y alquimia. Una aventura preciosa.

Gracias a todos los colaboradores, poetas, ilustrador, fotógrafos,  diseñador, prologuista, editor

Gracias mis amigos por serlo, por el apoyo recibido. Gracias a mi familia por estar.

 

“Alicia”. Un relato de Mariano Velázquez

 

Conozco el sonido de ese portazo.
Otra vez.
Puedo leerlo a cámara lenta en mi oído.
Y luego….el silencio
El silencio atronador que lo llena todo.
El sudor y el miedo.
Otra vez te has ido.
Los dos sabíamos que este momento estaba cerca. Desde que no desayunábamos juntos. Desde que la cama se volvió inmensamente grande. Un desierto resquebrajado y seco. Donde era imposible que nuestras pieles se rozaran en aquel escueto uno treinta. Desde que empezó a pudrirse la comida de la nevera, a secarse los restos en el lavavajillas, a amontonarse las bolsas de basura para el día siguiente…A reventar el buzón de cartas que no cogíamos.
Otra vez el portazo, el estruendo que retumbó más fuerte en mí que en las paredes que se derruyeron.
Se hundió la casa y vuelvo al refugio sórdido de la música, del whisky con cola, del cigarro consumido sobre el cenicero, de la frustrada lectura de Salinger donde me escondo y me reencuentro. Pero ni bebo, ni fumo, ni leo….nunca lo he hecho.
Escribo y solo escribo de ti y de mí. Un diario incongruente de sueños diurnos, y desvelos repetidos. De inseguridades secas y recurrentes.
Entonces, vuelvo al espejo y otra vez estás tú, Gilma. Te veo nítida y herida cuando sales por mi puerta dejando sangre, coagulo de invierno frio, tras de tus pasos.

 

(c) Yolanda Jiménez. “Maraña”

-Hola Raquel, me gustaría verte de nuevo. Ahora tiene que ser distinto.
-Es tarde, aquel otoño ya pasó.

Ainoa regresa sin el abrigo de piel robado del Corte Inglés.
Se quedó en la comisaría a la que le llevaron
Viene más bella que nunca. Desnuda. Con un vestido de flores de colores y de dudas. De gasa sutil. Siento todo su cuerpo cuando la abrazó, cuando lo recorro curioso con mis manos.

-Vengo así para ti.

Guardo la bola del mundo de cristal que me regaló en la segunda estantería de mi despacho.

Ya imaginaba que Neus no volvería a arrojarse desde la terraza del ático donde vivo.
– Neus, por favor…no, no me cuelgues. Neus, quiero que sepas…

– No volveré a arrojarme desde la terraza esta primavera.
La agenda gastada, los números olvidados…
Hannia me espera sobre la barquilla dorada en la laguna de Guatavita. Como el pueblo Muisca, arrojo todo mi oro al fondo de las aguas negras de la laguna para agradecer a los dioses, a la vez que aborrezco a los conquistadores españoles que la vaciaron para esquilmarla.
Tampoco mi oro tiene valor…Los alisos que soplan desde Fusagasugá me llevan a las empedradas calles bogotanas. Al barrio de la Candelaria, a la plaza del Chorro. Y, guiado por el recuerdo de colores : amarillo , verde , morado, a Casa Galería. Ligero de equipaje. Cargado de recuerdos.
En el patio está Yurena. Al mirarnos recordamos: aquel verano, aquella película de amor de diez minutos con guión de cuatro días. Le pido que vuelva a sentarse en la hamaca trenzada de colores y vuelvo a mecerla arrodillado.
Sonríe con la sonrisa de antaño, con la belleza de entonces, con la frescura de ahora, con la misma mirada no resignada de su vida que no puedo hacer mía tampoco ahora. Nos decimos sin hablar:

-Ven, te llevaré conmigo

y ella llorando por dentro de sus enormes ojos mestizos:

-no puedo, tampoco puedo ahora.

Y lloramos el adiós con una sonrisa compartida y cínica.
Cínico como la sonrisa, esa noche duermo en la turca Capadocia y, al amanecer, me subo en el globo de colores que salva pérdidas y siembra nuevos sueños a pleno sol. Un sol que se resiste a salir. Recortado y amarillo entre los olivos de Göreme. Cuando, después del estruendo de la llama, levitamos despacio sobre las “chimeneas de Hadas”.
Globos en el cielo. Azul. Sueños flotando de todos los colores. Silencio.
Me sonríe con la sonrisa tonta que ya conozco. Supuse que aquí sería distinto. Me pide una foto poniendo su mejor cara absurda.
Le acerco, pero no me coge la mano. Todo es belleza exterior. Como todas las sensaciones hermosas que solo vienen de fuera. Como el canto de los pájaros abajo, como el olor de los olivos arriba, como el silencio.

 

No sentí ningún miedo cuando en la noche solitaria nos desorientamos por las oscuras callejuelas  de Estambul que una y otra vez nos llevaban al Bazar de las especias. Ni cuando después me perdí de tí y solo las sombras llenaban ese calles que deberían asustar… ¿Y si te dijera que me gustaría no haberte encontrado?

Cuando aquella noche iluminada de estrellas salía de la jaima de Madmuda, ella se quedaba abrazada a sus dos hijos mas pequeños derramando lágrimas de arena que secaba con la melfa naranja que le cubría la cara.

Y ahora sí, ahora que la puerta de lona sonó con más fuerza aún que la de roble, entró el miedo para quedarse. Ahora sí. Y la bóveda blanca del desierto me llevó frente a él.

(c) Yolanda Jiménez. “Noche en Venecia”

-¿Quién eres?- le pregunto al espejo.
– Descúbrelo tú.

Sin un solo rasguño paso al interior.

-¡Hola! ¿Eres nuevo aquí?
-Sí, me respondo.

Dentro todo es blanco. ¿Acaso es blanca la indefinición?
Porque avanzo por lo que supongo que es un camino blanco. Rodeado de flores blancas y árboles blancos, bajo un cielo blanco. Pero no sé si son camino, flores, árboles o cielo.
Solo diferencio mi cuerpo, mis manos cuando las acerco a mi cara para tocarme y saber si estoy despierto, mis piernas que avanzan sin saber adónde. Sin huellas ni sonido en las pisadas. Cuando una voz conocida me llama, me abraza por un momento y después desaparece. Solo veo sus brazos blancos cuando se cruzan ante mi camisa de cuadros verdes para abrazarme.

 

-Espera no te vayas. No me dejes así.

… Pero ya solo era todo blanco….Un ladrido cruza de derecha a izquierda delante de mí, y algo me golpea con tanta suavidad como una tenue caricia. Está frío: ¡nieva! grito con todas mis fuerzas.

– Si gritas romperás el alba, me susurra una voz que no alcanzo a ver. Acércate, un poco más adelante.

Su voz me recuerda a los cantos de sirena.

– ¿Dónde estás?, no te veo.
– Por aquí… unos pasos a tu izquierda. La luna está llena. ¿Vienes a verla?
-¡No, no, Quiero salir de aquí! Esto es la nada…
Y ella me frena poniendo su mano blanca ante mi pecho.
-¿Quién eres? ¿Qué estás buscando? Aquí no está.

 

-Mariano Velázquez – *

*Mariano Velázquez es un hombre polifacético, escritor, soñador, poeta, viajero, optimista, curioso, solidario, arriesgado, sensible, …. Amigo! Y sobre todo es una persona buena. Un hombre de ojos verdes y corazón grande.

 

 

Bienvenida a un nuevo libro

 

Hoy,

hoy por fin

te tengo entre mis dedos.

Acaricio tu tacto

de cálido papel

salpicado de colores,

estrellado de letras,

conformado de continentes.

Tu piel y la mía

fundidas de aromas diversos,

de mujeres de fuego,

de hombres de agua,

de mundos diversos,

de tiempos ayeres

de hoys presentes.

Hueles a emoción,

sabes a alma,

eres poesía.

 

 

-Yolanda Jiménez – Octubre de 2019.

 

Con gratitud a tod@s los que formáis parte de este proyecto

 

 

 

Nostalgia de la mujer

 

(c) Yolanda Jiménez

Mil años ante Ti son como un sueño.

Como de aguas el grosor de una avenida.

Hierba que en la mañana crece,

florece y crece en la montaña

aunque a la tarde es cortada y se seca.

 

¿Qué es el tiempo ante Ti, qué son los truenos

que blandes contra mí cuando me nombras?

Pavor siento a tu idea, te veo hosco

mirándome en la lumbre de tu Arcángel.

(c) Yolanda Jiménez

La espada Tú también, eres el filo

y el pomo que se aprieta con el puño.

 

Para verte a Ti mismo has nacido.

Por no estar solo con tu omnipotencia.

Soy la nada, soy de tiempo, soy un sueño…

que cortas sin amor…

Tú no me quieres.

 

– Carmen Conde-

Hay en la intimidad un límite sagrado – Ana Ajmátova-

 

(c) Yolanda Jiménez

Hay en la intimidad un límite sagrado

que trasponer no puede aun la pasión más loca

siquiera si el amor el corazón desgarra

y en medio del silencio se funden nuestras bocas.

 

La amistad nada puede, nada pueden los años

de vuelos elevados, de llameante dicha,

cuando el alma es libre y no la vence

la dulce languidez del goce y la lascivia.

 

Pretenden alcanzarlo mentes enajenadas,

y a quienes lo trasponen los colma de tristeza.

¿Comprendes tú ahora por qué mi corazón

no late a ritmo debajo de tu diestra?

 

-Ana Ajmátova –

Carta de despedida de Henry Miller a Anaïs Nim

 

Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en la sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo inacabable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.

Fotografía recogida en facebok. Desconozco su autor

Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.

Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio. Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós, tuyo siempre

Henry

 

Publicado en Facebok.
Por: Ernesto Pérez

Vacío. Poema para un cajón

 

Vacío

 

“Oprimo espinas en mi corazón”

-Emmy Hennings –

 

 

(C fotofrafía) Yolanda Jiménez

El cajón estaba vacío.

Por un momento imaginó

que sus cosas habían sido trasladadas

a otro lugar más visible

a la misma altura,

al mismo lugar que seguramente ocuparían

las otras cosas, de otra persona.

Imaginó que él se sentía libre.

Y quizá él había decidido igualar sus prioridades,

sus tiempos, sus afectos.

Pero el vacío

despertó la metáfora de plástico.

Las medias ausentes, la camiseta invisible,

la bolsa opaca, el color del fondo.

Los fantasmas convocados

habitaron la alcoba.

El cajón estaba vacío,

y se vació su sueño,

su noche,

su luna.

 

-Yolanda Jiménez

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