Facebok y el miedo a la soledad. Reflexiones de Bauman

 

El éxito de Facebook es evidente pero, desde cierto punto de vista, podría parecer inexplicable. Si se le considera en términos simples, la presencia de Facebook en nuestra cotidianidad es superflua. Quien lo dude, piense: ¿cuánto de lo que se obtiene durante el tiempo que usamos Facebook es prescindible en nuestra vida? La fotografía de un amigo que está de vacaciones, el desayuno de un compañero de oficina, los memes que todo mundo comparte… ¿Qué de todo eso es necesario en nuestra vida?

Lo paradójico es que aun si nos damos cuenta de que Facebook es prescindible, no podemos privarnos de su uso. ¿Por qué?

Una posible respuesta a esa pregunta fue propuesta por Zygmunt Bauman, el eminente sociólogo de origen polaco fallecido a inicios del 2017 y que, al final de su trayectoria, prestó atención al fenómeno de las redes sociales.

En esta entrevista que dio a la cadena española La Sexta, Bauman define con brevedad y lucidez el hueco que Facebook vino a llenar en nuestra vida cotidiana, de donde está anclado con suficiente firmeza.

El argumento de Bauman es potente:

[Zuckerberg] descubrió o intuyó, no sé cómo pasó, no soy su biógrafo, de algún modo llegó a la conclusión de que la mayoría de nosotros en el mundo contemporáneo tenemos miedo de ser abandonados, de quedarnos solos, de perder el contacto con la vida que nos rodea…

El sociólogo señala una posible razón del éxito de Facebook –pero en especial de por qué, como si se tratase de una adicción, no podemos dejarlo.

 

Fuente: pijamasurf.com

Salud/enfermedad. Una dualidad vital

 

Supondría un espejismo inocente pensar que la enfermedad, la muerte, la decadencia y otros hechos dolientes deban desterrarse del flujo de la vida para que resulte gozosa. Es más, ¿no serán precisamente estos hechos penosos los que conceden a la vida su sentido, el arco de vuelta que sostiene la vida como viaje con inicio, proceso y fin? La respuesta, claro, es sí: sólo la muerte apoya la vida, el quebranto sostiene a la dicha y la completa, mientras que la vejez es el retrato futuro en el que se enmarca la juventud.
No podemos hacer una elección parcial, no podemos decir quiero la juventud pero no la vejez, quiero la salud pero no la enfermedad. No es posible y no se trata de eso. Se trata de tomar entera la vida con todos sus rostros, pues los hechos se dan en igual medida en todas direcciones: nacemos igual que morimos, en un tránsito imparable donde la creación precede y sigue a la destrucción.

Texto extraído del libro “Vivir en el Alma”. Joan Garriga

“Mensajero exprés”… Una travesía erótica

 

Tus dedos sobre el timbre.

Mensajero exprés en la tarde de mayo.

Imán de cuerpos en química de pie.l

Olor primigenio. Esencia de vida libera su aroma.

Vista, tacto, oído, olfato, gusto.

Tus labios carnosos mezclan mis sabores.

Me resbalo entre tus manos poderosas.

Delicados dedos encordan mi cuerpo.

En ascenso sutil de cálida montaña.

Exploramos volcanes en ardientes senderos.

Suspendida en el cráter de mi abismo,

Abro mi puerta a tu caricia de savia.

Escalamos a dúo en sutil conexión.

Baile liviano de almas afines.

Navegantes de sueños sobre  mares etéreos.

 

 

Yolanda Jiménez.

 

 

El tiempo no se detiene

El tiempo no se detiene
La vida es una tarea que nos trajimos para hacer en casa.
Cuando uno mira… ya son las seis de la tarde; cuando uno mira… ya es viernes; cuando uno mira… ya se termino el mes,  cuando uno mira… ya se terminó el año; cuando uno mira… ¡ya se pasaron 30 o 30 años!
Cuando uno mira… ya no sabemos más por donde andan nuestros amigos.
Cuando uno mira… perdimos al amor de nuestra vida y ahora, es tarde ya para volver atrás.
No dejes de hacer algo que te gusta por falta de tiempo. No dejes de tener alguien a tu lado, porque tus hijos pronto no serán tuyos, y tendrás que hacer algo con ése tiempo que resta en donde lo único que vamos a extrañar será el espacio que sólo se puede disfrutar con los amigos de siempre. Ese tiempo que, lamentablemente, no vuelve jamás…
Es preciso eliminar “El DESPUES”….

Fotografía: Yolanda Jiménez

Después te llamo.
Después lo hago.
Después lo digo.
Después yo cambio.
Dejamos todo para Después como si el Después fuese lo mejor….

Por qué no entendemos que…
Después el café se enfría,
Después la prioridad cambia,
Después el encanto se pierde,
Después, temprano se convierte en tarde,
Después la añoranza pasa,
Después las cosas cambian,
Después los hijos crecen,
Después la gente envejece,
Después el día es noche,
Después la vida se acaba.

No dejes nada para Después,
porque en la espera del Después,
tú puedes perder los mejores momentos,
las mejores experiencias,
los mejores amigos,
los mayores amores.
El Después puede ser tarde.
El día es hoy.
YA NO ESTAMOS EN EDAD DE POSPONER NADA.

Ojala tengas tiempo para leer y  compartir este mensaje…. o sino déjalo para “Después”

 

Desconocimiento de uno mismo y sufrimiento. Una relación proporcional

 

“El desconocimiento de uno mismo provoca mucho sufrimiento superfluo”. Esteban Fernández-Hinojosa es médico internista del hospital Virgen del Rocio de Sevilla. Médico de tradición y vocación humanista, su trabajo diario en una Unidad de Cuidados Intensivos le hace mirar todos los días cara a cara a la muerte y la angustia.

Hacía tiempo que queríamos hablar de temas considerados lóbregos y difícilmente abordables por una sociedad que intenta obviar todo lo que no puede digerir: la muerte, el dolor, la angustia… Por eso nos acercamos al doctor Esteban Fernández-Hinojosa, miembro de esa tribu cada vez más minoritaria que componen los médicos humanistas. Licenciado en Medicina y Cirugía por Facultad de Medicina de Cádiz (1985), optó por especializarse en Medicina Intensiva, por lo que durante casi 30 años ha tenido que vivir casi a diario situaciones extremas en las que la ciencia médica no es suficiente para sanar y consolar a personas que, en muchos casos, afrontan sus últimos días. De sus inquietudes humanísticas da buena prueba su blog, en el que practica un ensayismo muy pegado a las inquietudes del hombre y a los grandes retos de la medicina y la ciencia actual. Además, es autor de varios artículos y capítulos en revistas y libros de su especialidad. Actualmente, trabaja en el Hospital Virgen del Rocío.

-Cuidados intensivos… Debe ser duro.

-Muchísimo, no sólo por el esfuerzo físico e intelectual, sino porque tratas con un tipo de enfermo que está muy mal, que requiere un gran nivel de intervencionismo e invasividad…

-¿Se pierde sensibilidad hacia el sufrimiento?

-En absoluto, este trabajo te enseña que el ser humano no es sólo un cuerpo. Uno cae en la cuenta que hay otras dimensiones. He tenido la fortuna de poder acercarme a ellas y estudiarlas.

-¿Habla del alma?

-Hablo de la dimensión espiritual, social, cultural y ecológica del ser humano. Cuando se habla de una enfermedad se tiende a pensar sólo en la carne, cuando detrás de eso se esconden muchas otras cosas.

-El hombre actual niega la muerte, la esconde, hace como si no existiese.

-Hoy en día no tenemos razones para morir. La gran mayoría de las personas no se entregan a su vocación auténtica y, al final de su vida, siente que la han desperdiciado y que ya no tienen margen para recuperar el tiempo perdido. Eso produce en el moribundo una angustia. Sin embargo, el ser humano que se entrega a su vocación y la culmina encuentra razones para aceptar la muerte. Eso lo hemos olvidado hoy en día.

-¿Se sabe algo sobre lo que hay después de la muerte?

-La ciencia ni sabe ni puede saber qué hay tras la muerte. Desconocemos completamente qué ocurre. A partir de ahí, hay narraciones literarias y religiosas que pueden ayudar a salir de la angustia que supone ese desconocimiento.

-¿Una fe religiosa ayuda a aceptar la muerte?

-La creencia en el más allá puede ayudar a ciertas personas, pero no ocurre siempre. Volvemos a lo de antes: hay personas que tienen una fuerte fe religiosa que, por no haber desarrollado su vocación, llegan al final cargados de deudas y sienten la angustia de la muerte.

-Antiguamente existían los tratados del buen morir. Había una preparación para la muerte. Ya sé que suena un tanto extraño, pero quizás habría que recuperar algún tipo de enseñanza para afrontar ese momento decisivo y final.

-Ese concepto de “buen morir” es cristiano. La gran ayuda que da esta religión es la confesión de los pecados, que es una manera de redimir los errores y tranquilizar el alma. El problema es que antes había muchos creyentes sinceros, pero actualmente hay muy pocos.

-¿Alguien se le ha confesado en sus últimos momentos?

-El enfermo grave, cuando está lúcido, suele confesarse, aunque ya no se le llama así. Te comenta sus problemas, sus angustias, sus necesidades. Todo médico que muestre un poco de compasión -lo que ahora se llama empatía- lo ha experimentado alguna vez. Una de las obligaciones de un buen médico es estar ahí, escucharlo, estar a su lado…

-¿Y eso se enseña en las facultades de Medicina?

-No. Eso depende mucho de las inquietudes de cada médico, de tu propia trayectoria vital… La carrera de Medicina es meramente técnica y te enseña sólo patología, diagnóstico y tratamiento. Ni siquiera se trata la estructura antropológica del ser humano.

-En La casa encendida, Luis Rosales dejó escrito que “Las personas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir”. ¿El dolor imprime carácter?

-Tengo ese poemario recitado por él grabado en un CD. El dolor humano es natural, inexorable, porque la existencia es dura y, a veces, tenemos que beber del cáliz ácido de la vida. Este dolor, incluso, te puede ayudar a reflexionar y a crecer. Pero luego está ese otro sufrimiento superfluo que crea la mente, los miedos, los hábitos inconscientes que todos portamos y que son peligrosísimos. Ese sufrimiento no está al servicio del crecimiento del hombre, sino, muy al contrario, terminan por oscurecerlo.

-¿Y qué es lo que provoca ese sufrimiento superfluo?

-En general el autodesconocimiento de uno mismo. Todo ser humano, desde que nace, está calibrado por dos cuestiones fundamentales: su genética y su cultura. Esto va a determinar, sobre todo en los primeros años, los hábitos interiores de cada cual. Pero hay una tercera cuestión, la dimensión consciente, gracias a la cual uno es capaz de afrontar y explorar los miedos, las malas palabras que nos habitan porque un día nos las introdujeron. Podemos modelar ese mundo interior para afrontar con más deportividad la vida. Pero para eso es importante el autoconocimiento.

-¿Qué opina de la sedación extrema? Fue un debate muy candente hace no tanto.

-Ya Santo Tomás aprobaba que había que sedar al enfermo moribundo con dolor para mejorar su situación, aún sabiendo que como efecto colateral vendría la muerte. Lo que los teólogos del medievo no aceptaban, con razón, es sedar para producir inmediatamente la muerte. Ése es un capítulo muy delicado y difícil de entender. Evidentemente, el final de la vida hay que afrontarlo de la mejor manera que conozcamos en cada momento. En ese sentido, he de decir que la Ley Andaluza de Limitación del Esfuerzo Terapéutico es muy avanzada y positiva, porque cuenta con el paciente y sus inquietudes, y obliga al médico a consultar con la familia y su equipo, incluida la enfermería. Es asombroso el grado de delicadeza con el que se trata en Andalucía el final de la vida, al menos en el lugar donde yo trabajo, el Hospital Virgen del Rocío.

-¿Y la eutanasia?

-No me parece correcta. Probablemente, en esto intervienen mis creencias, mi educación, mi entorno íntimo. Pero insisto, el modelo actual andaluz es de lo mejor que hay.

-¿Sirve para algo el dolor? Nos hemos criado en una religión en la que hay personas que glorifican el dolor… Lo consideran purificador…

-Al final de la vida, cuando el ser humano está en sus últimos momentos, el dolor tiene poco sentido. Por lo que he visto y vivido, el dolor no tiene un sentido trascendente.

-¿Y científicamente, podemos ya evitar el dolor a cualquier persona en estado terminal?

-El dolor y la asfixia, que son los dos grandes problemas de la agonía, ya se pueden paliar muy bien mediante la sedación y la analgesia disponible.

-Siento la deriva lúgubre de esta primera parte de la conversación, pero no siempre se puede hablar de las rosas. Usted pertenece a ese grupo cada vez más minoritario d e los médicos humanistas.

-El humanismo es absolutamente necesario en la profesión médica. Cuando llevas treinta años viendo enfermos te das cuenta de que hace falta algo más que la tecnociencia. El ser humano necesita recuperar la medicina de los hombres libres, médicos que sean capaces de acompañar a las personas en momentos de gran tribulación. El hombre actual se ha quedado a la intemperie y necesita de estas cosas.

-Me consta que es usted un lector voraz. El médico es una de las grandes figuras de la literatura de todos los tiempos. También han existido grandes médicos escritores.

-En España hay dos grandes figuras indiscutibles al respecto: Marañón y Pío Baroja…

-Pero Pío Baroja, al contrario que Marañón, huyó de la Medicina…

-Sí, pero su condición de médico enriquece toda su obra. Si se lee entre líneas, uno se da cuenta de que siempre está presente.

-¿Y Chéjov, el médico-escritor por excelencia?

-La poética de su narrativa me llama especialmente la atención. Aunque no de forma explícita, su obra recoge muy bien las distintas dimensiones del hombre de las que hablábamos antes. Habla del ser humano en toda su amplitud antropológica, y eso es importante para un médico.

-Un gran libro sobre la agonía y la angustias del fin es La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi.

-Sí, es un libro que recoge muy bien la necesidad de solucionar ciertos problemas antes del fin de la vida. Es de lo que trabábamos antes.

-¿Pasamos demasiado tiempo en los hospitales?

-Sí, se ha patologizado la fisiología…

-Explíqueme eso.

-Al mínimo disconfor, al mínimo dolor, queremos ser vistos por el médico para que nos mande un tratamiento: píldoras para un pequeño dolor, píldoras ante el estrés, píldoras para ir al cuarto de baño, píldoras para dormir… Se abusa de la medicación. Queremos dormir, olvidar, estar siempre en el más completo confort… Pero al estar empastillado uno se introduce en la dimensión del sueño y no tiene capacidad de reflexión, de saber por qué tiene insomnio, de por qué está estresado, porque sus intestinos están descompensados…

-¿Y qué hacer?

-Como decía Pascal, el individuo debe ser capaz de estar tranquilo en su habitación, sentado en una silla, sin moverse, durante un buen rato. Reflexionar sobre sí mismo.

-La vida laboral de hoy no permite ese relax, exige una continua tensión.

-Eso es cierto, las circunstancias son las que son. Pero hay que saber enfrentarse a ellas, recapitular continuamente y saber cuando hay que cambiar.

-Qué opina del mindfulness, esa técnica de relajación tan de moda en la actualidad. Algunos dicen que es autoayuda de garrafa.

-He estudiado los trabajos científicos sobre el mindfulness y puedo decir que avalan esta técnica. Sencillamente, el mindfulness es una técnica que te ayuda a pararte, a focalizar la atención sobre la respiración y el latido del corazón. Esto tiene unas repercusiones neurológicas muy positivas, lo cual está absolutamente comprobado científicamente y publicado.

-Saber prestar atención…

-Históricamente no hemos valorado la atención, cuando la atención es la gran virtud del ser humano elevado. Lo que diferencia a un hombre sabio de otro que no lo es es su capacidad de atender lo que tiene entre manos. El mindfulness enseña a no tener la mente dispersa, que es cuando se cometen los errores. El sentido último de la palabra pecado es “la mente que comete errores”. El sentido último de los ejercicios espirituales de todas las religiones no es poner la mente en blanco, algo que no se puede hacer, sino concentrar toda la atención en un punto. Toda la tradición psicoanalítica está centrada en localizar las sombras, los problemas interiores, las heridas, simplemente atendiendo a ellas. Ahora bien, otra cosa es el mercadeo que se ha organizado alrededor del mindfulness.

-Actualmente están causando furor libros como Biografía del silencio, de Pablo d’Ors.

-Tengo una cierta amistad con él. D’Ors recupera, de alguna manera, la tradición del Monte Athos: el silencio, la meditación, la respiración… En su Biografía del silenciobusca, en primer lugar, aquietar la mente, centrar la atención; en segundo, aquietar el cuerpo, relajarlo, y, en tercer lugar, atravesar las sombras, ponerse en contacto con el interior, con las heridas, con los problemas de vínculos y relaciones….

-¿Pero cuáles son esas sombras?

-Normalmente están vinculadas a las relaciones que hemos tenido con las personas que nos han acompañado: padres, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo… La calidad de esos vínculos son los que determinan en gran parte las heridas que portamos, las sombras que desencadenan la ira, el rencor… que nos llevan a la enfermedad. El significado profundo de la palabra salud es “salvación”. Es imposible vivir en paz con esas heridas.

Por:Luis Sánchez Moliní

Publicado en: http://www.diariodesevilla.es

No pidamos lo que no nos quieren dar

 

Podemos pasarnos la vida pidiéndole a los demás que se ajusten a lo que nosotros queremos o esperamos que hagan, inclusive podemos llegar a exigírselos, sin detenernos a pensar que si no nace de manera espontánea no tiene el mismo valor.

Los compromisos se asumen desde el corazón, haciéndonos conscientes de nuestras responsabilidades y siendo coherentes con lo que deseamos en la vida. Hay cosas por las cuales nos costará un tanto más responder, pero debemos entender que cada una de nuestras acciones ha generado una consecuencia y que éstas pueden vincularnos a situaciones que no contemplábamos o que preferíamos algún otro escenario.

Sin embargo, hay muchas maneras de hacer las cosas, podemos hacerlo con incomodidad, con frustración, con desgano o con la mejor actitud posible, que nos permita dar algo que no nos satisface del todo sin desgastarnos energéticamente.

 

Para ello es necesario poner nuestro corazón en cada acción, aprendiendo de nuestras acciones, guardando en nuestro disco duro cualquier información que nos permita decidir con mayor experiencia y sembrar en lo que nos queda por recorrer solo las semillas de aquello que queremos cosechar.

Si nos hemos metido, voluntariamente o no, en una situación que amerita de nuestra atención, de nuestras acciones o de alguna manera demande de nosotros lo que no queremos ofrecer, pero sabemos que debemos hacerlo, lo primero será entender el porqué de esa situación y cambiar la manera de mirar aquello, que no represente una obligación, sino que aceptamos que la vida nos responde con lo que hemos hecho y debemos acatar un rol con la convicción de que estamos dando lo mejor, dejando las predisposiciones a un lado y tratando de emanar lo que demos desde nuestra propia esencia.

No podemos exigirle a otra persona lo que no sabe o no quiere dar, el amor, la empatía, la solidaridad, el tiempo… son cosas que se dan desde el corazón, que no se piden, que nacen de forma espontánea, porque no corresponden a un proceso racional, sino que corresponden a lo que el corazón expresa. Lo que podemos hacer es cuidar lo que entregamos, lo que damos de nosotros mismos, procurando aportar siempre lo mejor y por leyes universales es muy probable que eso sea lo que recibamos.

Entenderemos la diferencia entre recibir de manera natural y exigir cuando nos encontremos en el primer escenario, donde todo fluye y nutre de manera natural y colma de bienestar. Para pretender que otra persona nos dé de sí mismo sin exigirlo, lo primero que debemos hacer es amarnos incondicionalmente y saber qué es lo que merecemos en nuestras vidas.

 

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

 

 

 

Castigar con silencio

 

«Castigar con silencio es más peligroso que con palabras. Y se hereda de padres a hijos»

«Las palabras son poderosísimas. Pueden llegar a determinar el rumbo de nuestro pensamiento, nuestra actitud ante la vida e incluso, nuestra salud y longevidad». Esa es la teoría de Luis Castellanos y su equipo, expertos en neurociencia, y autores del libro «La Ciencia del lenguaje positivo». En él plantean que el uso de determinadas palabras (o la ausencia de estas) en el día a día puede suponer la diferencia entre el éxito y la derrota en cualquier ámbito. «El lenguaje nos permite gestionar nuestra propia inteligencia», asegura. «Si nos parece normal dedicar todos los días un tiempo a cuidar nuestro cuerpo, a asearnos, vigilar nuestra dieta o hacer algo de ejercicio, ¿por qué no dedicar también a cuidar cada una de nuestras palabras?», se pregunta Castellanos.

—La mayoría de nuestros deseos están centrados en mejorar nuestras circunstancias, pero estamos lejos de plantearnos mejorar nuestro lenguaje: así somos, así hablamos.

—El lenguaje refleja nuestra existencia, nuestra historia, nuestras esperanzas. El lenguaje es un espejo de cómo somos. Cuando somos conscientes de nuestras palabras nos damos cuenta de que no vemos el mundo tal y como es, sino tal y como hablamos. Por eso quizá cambiando el enfoque de ese espejo también podremos enfocarnos de otra manera, cambiar, ambicionar cosas más grandes, una vida mejor, con más bienestar, más alegría y más salud.

—¿Cómo podemos cambiar el uso de las palabras?

—Habitando las palabras. Hablar es habitar el mundo. Deberíamos hacernos cargo de nuestros vocablos, de su destino. Un buen ejercicio es intentar identificar las palabras que queremos que adquieran importancia en nuestra vida, aquellas que queremos «habitar». Nos referimos a esas que te ayudan a crecer, que son las que deberíamos compartir, las que nos ayudan a transformar nuestras vidas y a dar lo mejor que tenemos a las personas que nos rodean.

—¿Por qué es tan importante buscar ese lenguaje positivo?

—Esta científicamente comprobado que el lenguaje positivo busca evolutivamente dirigir nuestra atención y nuestra voluntad hacia el aspecto favorable de las cosas y de la vida. Tomar conciencia de nuestro lenguaje es fundamental para escribir nuestro destino. Es más, las palabras influyen en nuestra posibilidad de supervivencia, ya que la expresión de emociones positivas hace que nos fijemos, que prestemos atención, a aquellos estímulos físicos y mentales que cada vez son más relevantes para llevar una vida duradera, plena y con el mayor grado de felicidad posible. Somos unos firmes convencidos de las funciones vitales del lenguaje positivo en nuestra mente ejercen una influencia creativa en las decisiones más profundas que tomamos. Nuestras decisiones lingüísticas crean nuestra historia.

—¿Palabras son hechos?

—Palabras son hechos siempre. Tanto si haces lo que has dicho que vas a hacer, como si no lo haces. En el primer caso estarás mostrando un estilo de acción que genera confianza, mientras que en el segundo caso tu estilo de acción generará otro tipo de respuestas. Este es el poder de las palabras.

—También en el sentido negativo. La pareja, los padres, o los hijos son los que suelen soportar los efectos devastadores del lenguaje de la ira. Es lo que José Luis Hidalgo, coautor del libro, ha denominado el «Hulk en casa».

—Esto es así. El enfado desmesurado se propaga con mayor facilidad en los entornos íntimos. Se trata de una cuestión de confianza, y hacemos uso de ello. Las mayores muestras de enojo las solemos cometer en casa, ese terreno que sabemos seguro y donde no hay que fingir. Después del enfado sabes que nadie se irá de casa, que te seguirán queriendo, y que todo quedará en un hecho puntual. Sin embargo, a menudo maltratamos a las personas que nos quieren bien con nuestros gestos indisimulados de fastidio, con nuestro lenguaje descuidado, con palabras hirientes.

—Sabemos entonces que descuidamos los entornos más queridos pero, ¿qué podemos hacer para evitarlo? ¿Cómo podemos reconocer y reconducir estas reacciones exageradas ante hechos insignificantes?

—Hay dos momentos clave para nuestro entrenamiento. Uno tiene que ver con «cómo llegamos a casa», y el segundo, con reconstruir o reparar lo que inconscientemente, hemos dañado.

—¿Qué puedes hacer en lo relativo a «cómo llegas a casa»?

—Es importante realizar un pequeño acto, una señal de respeto, frente a la puerta de entrada, que puede consistir en respirar antes de girar completamente la llave. Es un simple gesto con el que asumir que accedemos a otra energía, a un escenario con otro ritmo, y que al cruzar el umbral de la misma nos vamos a incorporar a un nuevo espacio. Físicamente tiene que ver con la pausa, con un momento de silencio que aprovechamos para observar, para ver de verdad a las personas que nos esperan.

—Pero, ¿cómo reparamos los daños una vez que Hulk ha hecho estragos?

—En este caso es importante cuidar nuestro diálogo interior y no culpabilizarnos en exceso. Solemos tratarnos duramente cuando perdermos los papeles, lo pasamos mal precisamente por haber hecho que lo pasan mal los demás, renegamos más de la cuenta y alargamos innecesariamente la reflexión sobre las causas de nuestro comportamiento. Pensamos que así podremos curar las heridas cuando es precisamente lo contrario. Para enfrentarnos a los daños causados por nuestra ira podemos decir: «devuélveme lo que te he dicho, no era para tí».

—Igual que las palabras curan, dicen ustedes en su libro que el silencio es asesino y que se hereda de padres a hijos.

—En efecto. Castigar con el silencio es más peligroso que con palabras. El silencio es asesino, y se hereda de padres a hijos. Es un pozo sin fondo porque cuando se intenta salir ya no hay marcha atrás, se trata de un camino sin retorno cierto. Pertenece a la familia de la ira, pero puede ser más dañino que ella. Es casi imposible mentir cuando se habla enfadado, lo decimos mal, pero decimos lo que pensamos.

—¿Qué hacer con esta variable tan temida de la ira?

—Nosotros hemos identificado una cosa que se puede utilizar para romperlo: el tacto. Con el tacto surge… la palabra. Una cosa lleva a la otra. Lo hemos comprobado muchísimas veces en las formaciones que solemos impartir: a los alumnos les privamos de vista, los dejamos sentados en soledad y se callan. Entonces, les damos la mano de un compañero, da igual de quién sea, y empieza la conversación. Siempre obtenemos el mismo resultado. Sin duda, el tacto es la antesala del lenguaje verbal, de la comunicación fluida y sincera, es el gran desatascador de las relaciones humanas.

 

 

Por: Carlota Fominaya.

Publicado en : www.abc.es

 

Anteriores Entradas antiguas Siguiente Entradas recientes