Frases para hoy

 

Hay personas que por más que se alejen, por más que no les hablemos, siempre tendrán un espacio en nuestro corazón.

El silencio no es una respuesta, es la pobre excusa de no asumir el compromiso de decir algo, de afrontar las cosas. Lo tomamos como respuesta porque ante el silencio se muestra evidente la postura de las personas…

Dice una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron fuertemente. Uno de ellos le dio una bofetada al otro. Este, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:
“Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro.”
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde decidieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por su amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:
“Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida.”
Intrigado, el amigo preguntó:
¿Por qué después de que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
“Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón de donde ningún viento podrá hacerlo desaparecer.”

La gente arruina las cosas bonitas de los demás. Por eso, a veces, lo mejor es no contarlo, no decirlo, no publicarlo. Sólo ser feliz, que nada importe…

Y te prometo que si algún día llego a verte por la calle, no agacharé la cabeza, mucho menos miraré a otro lado. Haré frente al destino y te veré de su mano al igual que alguna vez estuviste de la mía, no sé lo que pasará conmigo, tal vez el corazón se me quiera salir, quizá la nostalgia me invada por dentro en aquel momento, pero no… no me iré, tan sólo dispararé una de esas sonrisas que saben a lagrimas, una de esas que dicen adiós.

Quedamos en vernos pronto. Me dio vergüenza decirle que deseaba verle al otro día o que deseaba seguir viéndole allí mismo… Espero ese día

Alejarse puede ser una gran muestra de amor

A veces la mejor manera de demostrar que alguien te importa es alejándote. ¿Cómo es esto posible? Pues así…

Muchas veces damos por sentado que ciertas personas estarán siempre con nosotros y eso no es verdad. Por eso llega el momento en que alejarse es la mejor solución, la mayor muestra de interés, de cariño y en algunos casos, de amor.

Alejarse de esa persona cuando ella lo requiera, cuando necesite dejar de dar por sentado lo que tiene, cuando necesite estar en soledad y en silencio, cuando precise encontrarse a sí mismo y tal vez recuperarse y tener de vuelta todo lo que ha perdido.

Tal vez pienses: ¿cómo puedo ayudar si no estoy cerca? La respuesta es estando lejos. Muchas veces la lejanía es necesaria para sobrevivir, para sobrellevar las cosas para recuperar el camino. A veces  alejarnos de esa persona no es lo más fácil, pero sí es la mayor muestra de interés y cariño que puede haber de nuestra parte.

Me alejo porque me importas, porque deseo que te recuperes, que descubras que eres capaz de encontrar tu camino tú solo, para que descubras tu autosuficiencia. No lo olvides, me alejo porque te aprecio, por el cariño que te tengo y que deseo que tu también te tengas, para que analices tus errores para que te conozcas para que seas capaz de ver tus cualidades, de alabar tus logros y de saberte especial por ti y para ti.

Me alejo porque me importas y deseo verte bien, deseo verte feliz y pleno, sonriente y orgulloso de ti, tanto como yo lo estoy.

Pero ten presente que cuando sientas que valoras lo que tienes que al fin te has reencontrado y que la lejanía ha sido suficiente, puedes buscarme y podré entonces acompañarte de nuevo en tu camino…

 

Fuente: viajesdelcorazon.net

Viaje de vuelta: del abismo a la salud. Mi acompañamiento (II)

 

Una mano inquieta busca el contacto del móvil. Apresurada, reviso la pantalla. No hay llamadas. Es una buena señal. Las horas nocturnas transcurridas te habrán acogido en un abrazo homeostático. Despierta la ciudad somnolienta. Un tibio sol acaricia mis mejillas enrojecidas. Regalo de primavera en el calendario festivo. Las calles desiertas invitan al silencio. Regreso al lugar que nos separa. A las 12 horas me tendré noticias de ti. Ansiadas noticias que tensan mi espera. Miro a los otros esperantes. Compartimos una causa común. Esperamos noticias de familiares. Esperamos con esperanza. Nombres, apellidos. El reloj corre. El tiempo se para. La tensión aumenta. Mi estómago es una espiral dentada. Me perfora los adentros. Mi soledad, ahora  acompañada, permanece sola.

Tú mejoras. Un tímido destello de luz asoma a tus ojos. Te van a  trasladar “a planta”; en el argot hospitalario, significa que te acercas al equilibrio. Inicias un ascenso lento, pausado. Las horas marcan el paso del tiempo: mañana, tarde, noche. Tu energía limitada. La palabra “ayuda” es un espejismo costoso de digerir. Denostada en un sociedad que sobredimensiona  la independencia, el individualismo, la autosuficiencia…Ilusiones de humo para continuar la espiral del sistema.

Reconocerse, permitirse, aceptar, aprender a pedir,  es un ejercicio costoso. Un trabajo personal que nos acerca a nuestra esencia. Me veo reflejada. Hago un repaso rápido por situaciones propias. El esfuerzo de pedir ayuda, de aceptar la vulnerabilidad, de mostrarse. ¿Qué hay detrás?, ¿Emoción contenida?, ¿Miedo al juicio?… “Cuando aparezca el miedo optaré  por entrar el él. El miedo es algo muy primitivo. Es importante buscar un lugar propio donde encontrarme segura”. Si me veo como la mujer adulta que soy,  puedo protegerme y defenderme.

 

Tú reconquistas tus fuerzas al ritmo que transcurren los días. Cada cable liberado, cada anexo desechado, son batallas ganadas. Bromeamos: tu mejoría  contrasta con la paradoja de mis ojeras crecientes. Me reconforta la leve sonrisa que embellece tu rostro.

Una tristeza antigua me escuece en las mejillas; disfrazada de cansancio se asoma a mi sentir. Cuando estamos tristes es porque estamos procesando algo. Cuando lloramos, estamos conectando. Hay algo que me ha sucedido, que tiene que recolocarse

¿Qué guardo detrás de tantas emociones? ¿Puedo ver de dónde viene? Miro atrás. Procesos interrumpidos. El dolor de un rechazo. Una pérdida ambigua. Un abandono improvisado. Palabras no dichas. Obligados silencios. Un duelo incierto. Una digestión indigesta… Se despierta un dolor dormido que me recuerda donde estoy: en la trinchera de mis cuarenta y algunos;  con prismáticos de aprendizaje. Con filtro de conciencia. Quedarme postrada entre mente y cuerpo, es quedarme en la tristeza. Las cosas, cuando terminan se reestructuran y son diferentes.

Estamos inmersos en un juego que nos juega. No se parte de un objetivo. Ese es el poder presente.

 

Henchida de agradecimiento, abrazo tu presencia.

Tú mejoras y eso me basta hoy.

 

 

Yolanda Jiménez. Abril 2017

 

Viaje desde la salud al abismo. Mi acompañamiento (I)

 

La tarde es calurosa y tú sientes cansancio. Más tarde aparece el dolor con punzadas intensas que te roban el aliento. Arrogante y agresivo se instala en tu cuerpo. Los calmantes  que te inyectan  juegan a engañarle durante dos horas. El sol se ha escondido bajo el manto de la noche. Imposible dormir. Salimos de nuevo, hacia el hospital. Preguntas, pinchazos, calmantes,  suero, tensión, espera, tiempo. Más calmantes. Amanece y volvemos a casa.

Un día, una noche.  Inapetente,  bebes agua. Tu cuerpo no lo admite. El tiempo transcurre y algo no encaja. Algo no va bien. Tercer día extraño y volvemos al hospital.  Tercer día. Desciendes el primer peldaño de una escalera perversa. Aún no lo sabemos. Un desierto te espera.  Un huracán árido seca tu piel, tus jugos, mi garganta. En algún momento  de la secuencia estuve mareada. La burbujas ascendían por mi nuca y el calor se apoderó de mi pecho. Conozco esta  la sensación previa al desmayo. En ese momento, recuerdo que, en mi bolso  tengo una botella de agua (el hospital da mucha sed). Guardo silencio  y respiro. Respiro sentada en una silla de plástico blanco. Vacié el líquido elemento sobre mi cabeza. Recuperado el resuello, me recompongo. Te cojo la mano para hacerme más presente… Viajamos  por pasillos y estancias de colores: amarillo, naranja… Cada vez más intensos. Cada vez más críticos. Tú sobre la cama, yo te sigo. Todo se acelera en una coreografía de  médicos,  cables, monitores, noticias. Es como una carrera de obstáculos.  Un improvisado protagonismo en una  película surrealista. Alguien pronuncia  la palabra “grave”.

Tres días a tu lado, hasta aquella puerta de la UCI que nos separa. Me quedo allí, viendo cómo te alejas a toda prisa  por un largo pasillo, sobre una cama con ruedas.  Permanezco allí, incrédula, impotente,  sujetando mi bolso y tus objetos. He perdido la noción del tiempo. Las imágenes se suceden en mi memoria… Trato de ordenar los hechos. Me derrumbo. Exploto en  llanto. No sé cuánto tiempo permanecí así, entre sollozos. Me llega una voz que no reconozco:  “¿qué te pasa mi niña?” No veo. No puedo hacer otra cosa que llorar. Hago un gesto para que no se acerque nadie… Me calmo y veo a dos señoras que me miran con esa complicidad que ahora nos une. Ellas esperan la hora de visitas para ver a sus familiares.  La hora deseada, en la que nos permiten acceder a la Unidad de Cuidados Intensivos. Palabras para consolarme y ecos que resuenan en mi cabeza: “Esto es así”. “Siempre pasa al principio”. “Hay que llorar. Luego te acostumbras”.  La mujer que me habla está a mi lado. Parece fuerte y resignada. Su mirada cálida sostiene la mía.

El hecho de estar presente. La responsabilidad de saber lo que otros no saben, me pesa. Me doy cuenta de los cambios ocurridos. Tengo que compartir las noticias. Ordeno los hechos en mi cabeza. Un ejercicio de síntesis antes de transmitir la situación. Varias llamadas. Repito el esquema con cada interlocutor. Me escucho y me creo un poco más.

 

Luego, me permiten entrar a verte. Me hablas bajito. Busco el contacto de tu piel en tus manos prisioneras. Salgo de allí con el peso de  una gran soledad que me perfora el estómago. De una forma automatizada, conduzco hacia mi casa. Tengo la corazonada de que esta noche remontas… acaso es mi deseo.  Mañana será un gran día.

 

Yolanda Jiménez. Abril del 2017.

La sociedad de la depresión: ser feliz como mandato

 

«Vivimos en la sociedad de la depresión generalizada donde ser feliz es un mandato».  Manuel FErnández Blanco es psicoanalosta.  Defiende que la globalización provoca el levantamiento de fronteras.

En un mundo cada vez más globalizado, donde podemos comunicarnos, viajar, o comprar productos de cualquier parte del mundo, las fronteras parecen cada vez más grandes. Trump habla de construir un muro, Reino Unido decide romper su matrimonio con Europa y volar solo, y esta última firma un pacto con Turquía para cerrar el paso a los refugiados que huyen de la guerra. Una situación paradójica que Manuel Fernández Blanco, psicoanalista gallego miembro de la Escuela Lacaniana del Psicoanálisis y psicólogo clínico en el Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, abordará esta tarde en una conferencia en el Museo San Telmo de Donostia (19.30h). La charla, que lleva el título de ‘El sujeto y la felicidad: Globalización y segregación’ está organizada por el Seminario del Campo Freudiano en San Sebastián.

 

– ¿Es cierto eso de que las personas somos felices con el amor, la amistad y disfrutando de las pequeñas cosas de la vida?

– Hay mucho más. El gran descubrimiento del psicoanálisis es que en todo ser humano habita una satisfacción que organiza la repetición en nuestras vidas, y que se aprecia muchas veces en la queja o en el sufrimiento. Todos repetimos situaciones de las que protestamos. Por ejemplo, un hombre o una mujer puede estar quejándose de su pareja toda la vida, al mismo tiempo que permanece con ella.

– ¿Somos, por tanto, personas insatisfechas?

– El síntoma de la insatisfacción es el resultado de un conflicto entre las tenencias y los ideales del sujeto: ‘Estoy casado, pero me gusta ese de ahí’. Buscamos continuamente objetos que nos satisfagan. Las parejas duran poco porque no se obtiene la satisfacción que se busca. El problema es que el ser humano no es capaz de entender que eso que anhela es inalcanzable, y busca continuamente la novedad. Por ejemplo, cuando nos compramos un smartphone nuevo, no lo hacemos por el móvil en sí, sino porque es la novedad, que además es caduca, porque pronto querremos otro mejor y más nuevo. Es la voracidad del neoliberalismo, del consumismo.

– Usted apunta que ser feliz en la cultura neoliberal actual es un mandato, una obligación.

– Hasta no hace mucho tiempo ser feliz no estaba en los planes de la mayoría de la gente. Si le preguntásemos a un campesino de le Edad Media si quisiera ser feliz seguramente nos miraría incrédulo, ya que su único objetivo sería el de poder comer al día siguiente. Eso ha cambiado radicalmente. Hoy en día ser feliz es obligatorio, y si no se consigue, sentimos que hemos fracasado en nuestro proyecto vital. Antes la culpa venía si uno gozaba de un modo inadecuado, pero ahora tenemos que optimizar nuestras vidas, tener éxito, y si no, nos hacemos culpables de nuestros fracasos. Por esa razón vivimos en la sociedad de la depresión generalizada, que además provoca una exacerbación del individualismo.

– ¿Es por ello que la mayoría de la gente muestra su vida en las redes sociales, para demostrar al resto y a sí mismos que son felices?

– Es tanto una necesidad como una imposición de la sociedad. Solo existes si te ven, si estás en una pantalla. Antes se pensaba que para ser feliz era mejor no mostrar ciertas cosas de nuestras vidas, pero ahora existe una tendencia imparable de llevar lo íntimo al exterior. Esto provoca irremediablemente la muerte de la privacidad, algo que en algunas ocasiones resulta muy peligroso.

– ¿Por qué dice que la búsqueda de la felicidad del sujeto provoca la segregación generalizada?

– La civilización ha cambiado mucho, y los ideales han caído, las creencias que antes teníamos ya no existen. En lugar de ese ideal ahora ha llegado el objeto de goce, y mientras que el ideal colectivizaba, el goce segrega. Ahora solo queremos estar los mismos con los mismos según nuestro modo de goce, o estilo de vida. Pero es que además las personas están cada vez más solas, incluso en sus hogares están solos con sus objetos, como internet. Con la globalización el individualismo se extrema.

– Y por tanto el racismo.

– Estamos retornando al racismo y la xenofobia más clásicos. La definición más corta y precisa del racismo actual sería: ‘El rechazo a que otro viva de un modo diferente a nosotros’. Lo curioso es que si ese alguien está lejos puede fascinarnos su modo de vida, es lo atractivo del exotismo. Pero si está en la habitación de al lado lo sentimos como una amenaza a nuestro yo. Pensamos que no goza adecuadamente y que lo hace a nuestra costa.

– Señala que el racismo ya no necesita nutrirse de una ideología. ¿Tampoco en el caso del yihadismo?

– Tampoco. El yihadismo tiene su asiento fundamental en la fraternidad como mecanismo de segregación. Los jóvenes que se radicalizan en Europa son un ejemplo. Generalmente, en las familias islámicas criadas en occidente el hermano mayor toma el mando por encima del padre, que ha perdido su fuerza por la marginación de la sociedad. Si nos fijamos en los últimos grandes atentados como el de Bataclán o el de Bruselas, vemos que entre los autores había grupos de hermanos. ¿Por qué? Porque al borrarse la autoridad del padre nace un odio hacia la sociedad que lo ha discriminado. Esto les conduce a una sociedad de hermanos sin padres cuyo objetivo es matar, pero también morir.

– Y en frente están resurgiendo los nacionalismos y los partidos de extrema derecha cuyo mensaje está calando en la sociedad.

– Estos nuevos líderes atacan igualmente a la inmigración y a Europa. Vivimos en la época de la política de las cifras, las estadísticas y las normas. Ellos se revelan contra esto y es por eso que tienen tanta audiencia. Están amenazando desde dentro al freno de la repetición de lo ocurrido en el siglo XX, que ha sido el más terrible para la humanidad.

– ¿Cómo frenar ese avance de los nacionalismos?

– Lo que ocurre es que muchos de los que votan a la extrema derecha no lo dicen, y en nosotros habita una tentación por votar contra lo bueno. No olvidemos que el nazismo sedujo e hipnotizó a millones de personas, y que Hitler llegó al poder sin necesidad de un golpe de estado, sino con los votos de la gente. Si triunfan los nacionalismos nada garantiza que no vaya a darse un enfrentamiento entre naciones.

 

Por: Aiende S. Jiménez

Publicado en : www.diariovasco.com

Una tribu donde las mujeres mandan y los hombres fecundan

Un hombre escapa de forma furtiva de noche, se mete en tu cama, mantenéis relaciones y cuando cae la madrugada, se va. 

Esta es la insólita fórmula de crear vínculos en la lejana comunidad Mosuo, un clan de unos 35.000 habitantes que conviven alrededor del lago Lugu, en un remoto rincón del suroeste de China.

Si hay un gorro colgado del pomo de la puerta, significa que la mujer ya está ocupada y que el hombre no puede entrar. 

A estas escapadas furtivas las llaman “ matrimonios andantes”, explica The Guardian, y son la clave para entender cómo se organiza uno de los últimos matriarcados que aún hoy persisten. En esta sociedad de la china rural, las mujeres Mosuo llevan el peso de la comunidad a través de la “abuela” matriarca.

Aquí no existe el matrimonio (tampoco el divorcio) y todas las mujeres son poliándricas , es decir, que pueden tener más de un amante. La paternidad poco importa, por eso es frecuente que no se sepa quien es el padre de los hijos.

Las mujeres viven con sus hijos e hijas, sus hermanos y sus mayores mientras que los hombres viven en casa de su madres. Esto no significa que los hombres se desocupen del cuidado de los niños. En su caso, ocupan un rol muy importante como tíos con los hijos de sus hermanas.

Yo he sido feminista toda mi vida y Mosuo me pareció un lugar donde las mujeres son el centro de la sociedad. Fue inspirador”, relata Choo Waihong a The Guardian, una mujer que viajó a la China para descubrir sus orígenes y que quedó fascinada ante esta pintoresca comunidad.

El matriarcado de las Mosuo parece una especie de utopía feminista en un país en el que el estigma de “solterona” está muy presente. A las mujeres chinas solteras a los 27 también se las llama “las sobrantes”. Pero en esta comunidad, ser soltera es la norma. 

Sin embargo, más allá de la estructura idílica que plantea este sistema relacional, no hay que olvidar la  maternidad es el gran agente socializador, la verdadera meta de una mujer Mosuo.

No eres vista como una mujer completa hasta que no te conviertes en madre“, explica Waihong a The Guardian. Rechazar la maternidad ni siquiera se plantea como opción, así que esto ya hace hace tambalear, como mínimo, este supuesto ideal feminista.

El matriarcado de las Mosuo no es un caso único. Existen otras comunidades similiares, como el matriarcado Samburu en Kenia. Todas estas sociedades, sin ser perfectas, nos dejan claro que es posible romper con las estructuras monógamas y heteronormativas instaladas en la mayor parte de sociedades.

Y nos recuerdan que no son más que eso, convenciones heradadas.

Fuente: http://www.playgroundmag.net

 

Crónica de un abandono. Reflexión y despliegue

Me pesa una sensación de pérdida, de abandono, de incomprensión, de que me quedo a medias, sin explicación. Algo me pasa con los abandonos de algunas personas que pasaron por mi vida y se marcharon. Un paso intenso, lento y una marcha rápida. Me quedé con la sensación de que no hubo cabida para resolver, para hablar y expresar, para la escucha, para la comprensión. Aquí hay algo sutil que me impide quedarme satisfecha.

Cuando alguien se marcha sin palabras, queda silencio e incertidumbre. Deseable haberlo trabajado de una forma más profunda. ¿Se puede evitar tanto dolor? Sentirse acusada, juzgada, ignorada. Sin espacio para expresarse. Sin ser tenida en cuenta. Roles fantasmas planean el espacio: un rol de miedo al vínculo provoca la huida del que se va; Un rol de miedo a la pérdida, la tortura del que se queda. Silencios y porqués. Sin miramientos. Oscuridad. Incomprensión. Abismo.

COLUMPIO CORAZON

Cuando el otro tiene dificultad para ser claro, puedo perderme en la ambigüedad. Es probable que el que se marcha se sienta ofendido, incluso dolido. Sin espacio para la expresión. La incomunicación alimenta la distancia.

¿Y yo?, ¿Dónde queda mi dolor?, ¿Qué hago con el?, ¿Qué puedo aprender?

 

Aquí hay dos procesos: estoy aquí implicada pero también para aprender, consciente de lo que pasa. Lo que acontece, acontece:

  • Hay un nivel: del hacer, lo que pasa.
  • Hay otro nivel: lo que hacemos.

 

Aquí ocurrió algo perturbador que es el foco, pero quizá no es para mí. El proceso necesita hacerse presente poco a poco. Cada uno ha de hacerse cargo de su dolor, como adulto.

Si la persona que se va, asume su responsabilidad, el poder y la decisión, todo va bien, Sino, no queda limpia la separación. Si el que se va, pone la responsabilidad fuera, en los otros, se dificulta la separación.

A veces la agresión viene por lo no dicho. Cuando me expreso exigiendo,  incluso de manera silenciosa, de forma evitativa, no dejando espacio al otro para que se exprese, estoy agrediendo.

También  puede ser lo evitado como seducción. En ambos casos, hay una doble manipulación expresada desde lo dicho y desde lo evitado. Hay una parte consciente y otra inconsciente.

  • “No me digas esto”: es una orden. Yo soy victima.
  • “A mi no me gusta eso que me dices”: es lo que me pasa a mi.

Si tu mandas o exiges al otro, estas agrediendo. Tú te sitúas en un nivel desigual al que me sitúas a mí y esto también es un fenómeno de campo. Me ves desde otra altura. Hay una perspectiva que te da poder.

Exigencia/culpa son dos extremos de la misma polaridad. Debajo de la exigencia hay una culpa, precisamente por no satisfacer las exigencias de todo el mundo.

Nadie que no este perseguido se convierte en perseguidor. Los roles se aprenden. La relación exigencia/culpa no te deja ser libre. Es un juego y en todos los juegos, los roles son intercambiables.

EL PASADO

Cuando no hay límites claros, hay sometimiento por ambas partes. Esto es el emergente (culpa, dominio, sometimiento). Recojo esto.

A una “buena victima” no le proponemos una salida. No es el dolor, es el poder lo que está pendiente, lo que esta en juego.

¿Qué tendría que ver el abandono con el dominio, la sumisión?

 

Yo soy libre de estar donde estoy. Y me merece la pena. Pago un peaje. Mientras estás (con alguien, o en algún sitio), te vale. En este sentido, es interesante explorar las polaridades propias.

Cuando estamos más expuestos, somos más fuertes, con más recursos para defendernos.

 

La perdida y el abandono que expresé  al principio del texto (no me siento recogida, me siento abandonada,) es el emergente. Tiene que ver con que hubo una marcha y con el conflicto triangular: Tú, yo, otras personas, grupo.

Aquí hay una relación de unidad. En el todo, hay una parte que no tenía su sitio y la integro. Si tengo angustia, puedo mirar: El cuerpo físico es como el campo social y como el campo “ello”. Es una cuestión de lo común universal.

Integramos la escucha. Si en un lugar integramos las partes,  la situación cobra sentido. No es aceptar, es lo que “es”. Darle un vistazo a todo lo que hay proporciona una perspectiva amplia.

Es importante evitar juicios. Es importante el respeto al misterio que hay detrás de cada opción.

 

Siento un profundo respeto hacia la elección del que se va. Me pregunto como me quedo yo. Intento sentirme y no hacer culpable al que se va. Pongo el acento en conectarme conmigo, con lo que  a mi me provoca esto. Aceptar que quien se va, lo hace a su manera, no según mis expectativas.

Con el duelo llega la aceptación. ¿Dónde quiero estar? No seré un obstáculo en el camino del otro. ¿Qué elijo para mi?, ¿Cuál es mi camino?

 

Yolanda Jiménez

 

 

 

 

 

 

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