Voz de poema. Susurro de desierto

 

(C) Yolanda Jiménez

Emisora de radio.

Profesionales del sonido.

Personas entregadas.

Generosidad.

Mis poemas.

Vaso de agua

Mi voz.

Ellos

Yo.

Leo mis poemas en la tarde madrileña. Releo mis poemas. Mi garganta se seca. Bebo agua. Un equipo de tres personas. Ellos graban. Yo leo. Escuchamos. Charlamos. Elegimos. Editan. Despedida.

Consumimos las horas con el placer de la entrega desinteresada. Una sensación de SOMOS me embarga de agradecimiento. Un encuentro afortunado que facilita la conexión. En esencia, SOMOS.

Gracias a Radio Vallecas, a Jacin y a Mirari por hacer posible la grabación de mis poemas. Por aportarme su profesionalidad, por su entrega generosa y por acompañarme en esta aventura.

 

Gracias también al improvisado modelo que posó para mi con una sonrisa y me permitió fotografiar su torso de poesía.

 

 

 

 

Árboles, vida y permanencia

 

Dibujo: Juan Peláez

“Cuando hemos aprendido cómo escuchar a los árboles, entonces la brevedad y la rapidez y la precipitación infantil de nuestros pensamientos alcanzan una dicha incomparable”. Herman Hesse.

Es difícil desasociar la sensibilidad artística de aquella que nos permite apreciar, y abrazar, el alma de la naturaleza. Incluso podríamos afirmar que la esencia primigenia de la estética, de las artes y de nuestras múltiples abstracciones en torno a la belleza, se origina en esa perfección retórica que pregonan las caídas de agua, las estructuras florales, los imperturbables desiertos o las intrigantes selvas.

Dibujo: Juan Peláez

Tomando en cuenta lo anterior, no debiera sorprendernos que Herman Hesse, el genial autor alemán, haya sido capaz de hilar un tributo literario a los árboles; esos pilares que irradian la más reconfortante sabiduría. Este fragmento fue tomado de su libro Wanderung: Aufzeichnungen (Berlin: Fischer, 1920; traducido al inglés como Wandering: Notes and Sketches y al español como El caminante).

En sus copas susurran el mundo, sus raíces descansan en lo infinito, pero no se pierden en él, sino que persiguen con toda la fuerza de su existencia una sola cosa: cumplir su propia ley, que reside en ellos, desarrollar su propia forma, representarse a sí mismos. Nada hay más ejemplar y más santo qué un árbol hermoso y fuerte. Cuando se ha talado un árbol y éste muestra al mundo su herida mortal, en la clara circunferencia de su cepa y monumento puede leerse toda su historia: en los cercos y deformaciones están descritos con facilidad todo su sufrimiento, toda la lucha, todas las enfermedades, toda la dicha y prosperidad, los años frondosos, los ataques superados y las tormentas sobrevividas. Y cualquier campesino joven sabe que la madera más dura y noble tiene los cercos más estrechos, que en lo alto de las montañas y en peligro constante crecen los troncos más fuertes, ejemplares e indestructibles.

Dibujo: Juan Peláez

Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar por ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas; predican indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

Un árbol dice: en mi vida se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre Tierra. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.

Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo hasta el fin del secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es.

 

 

Fuente: culturainquieta.com

 

La serenidad del alma

 

 

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Nunca seremos capaces de entender cuánto daño puede provocarnos la mezcla del dolor físico con el dolor del alma. La serenidad para sobrellevar esa pesada carga es el la única opción, el único remedio que puede aliviar vidas, que a veces están terriblemente frustradas y desesperanzadas.

Cuando nuestro cuerpo se estresa o se agita, se activa automáticamente  la adrenalina, hormona que nos prepara para defendernos, pero que nos predispone especialmente para atacar. A mayor ansiedad, angustia, miedo, etc., menos control tendremos para mantenernos (física y mentalmente) serenos y templados, y como si de una fórmula matemática se tratara, mayor será la tendencia a precipitarnos, violentarnos, y estallar al llegar al límite de nuestra tolerancia.

La tranquilidad, la serenidad y la calmanos ayudarán a conseguir el beneficioso  lujo de acumular sosiego. Y el sosiego nos ayudará a prestar y prestarnos atención, a reflexionar, a meditar de forma introspectiva (observándonos hacia adentro, evaluando nuestro comportamiento) o bien de forma contemplativa (valorando y apreciando el mundo exterior que nos rodea y sus circunstancias).

De cualquier manera el sosiego y la serenidad nos obligarán a estar en CONEXIÓN con nosotros mismos, a MEDITAR  para ayudarnos a conocernos mejor, a VIGILAR la cantidad y el sobrepeso que acumulamos de miedos, culpas, ofensas, etc.,  que tanto daño nos producen inconscientemente a lo largo de nuestra vida.

De manera irremediable,  meditar y  reflexionar nos obliga a empaparnos de la serenidad necesaria  para apreciar la vida de una manera ecuánime, a considerar nuestras relaciones de forma lucida y a mantener nuestra actitud y pensamiento libres de elementos nocivos. De manera progresiva,  nuestro comportamiento  y nuestra intención se alejará de conflictos innecesarios y  lo más importante:  una vez que seamos capaces de asociar “el dominio de la serenidad” a la capacidad de soportar como compañía  nuestra  soledad sin dramas, sin escaparnos de nosotros mismos, sin provocar ruidos ajenos con nuestros miedos, entonces,   tendremos un gran terreno ganado.
Porque quién sea capaz de apreciar y convivir con su soledad no dependerá del reflejo de otros, ni necesitará perder su autoestima para que le reconozcan lo valioso de su persona. Simplemente habrá aprendido a respetar y respetarse a sí mismo.

Detengámonos, meditemos  unos minutos diarios para  ejercitar la calma, la quietud , la paz.
Para que nuestra vida y la de todos quienes nos rodean también se contagien de los beneficios de vivir en armonía y sosiego.

“El mundo es un espejo que refleja la imagen del observador”
Thackerry, William