Entenderte a ti mismo y a los demás: Carl Jung en frases

 

Carl Gustav Jung fue un famoso psicólogo y psiquiatra suizo. Fundó la psicología analítica, avanzando en la idea de las personalidades introvertidas y extrovertidas, los arquetipos y el poder del inconsciente. Jung publicó diversos trabajos durante su vida, y sus ideas han tenido influencia mucho más allá del mundo de la psiquiatría, extendiéndose hacia el arte, la literatura e incluso la religión.

Es decir, hablamos de un hombre que se conoce a sí mismo y al resto de los hombres. Dentro de sus trabajos podemos encontrar una serie de frases que lo demuestran, y cuando las leas, encontrras mucho sentido. Si las analizas en profundidad te ayudarán a entender mucho sobre ti mismo y sobre la gente con la que convives. Más allá de decirte algo que no sabes, estas frases te recuerdan lo importante que es conocerte y aceptarte como eres, ya que sólo así podrás hacer lo mismo con el resto.

1. “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir.”INTERACCIONES

2. “La soledad no llega por no tener personas a tu alrededor, sino por no poder comunicar las cosas que te parecen importantes a ti, o por mantener ciertos puntos de vista que otros consideran inadmisibles.”

3. “Un hombre que no ha pasado a través del infierno de sus pasiones, no las ha superado nunca.”

4. “No retengas a quien se aleja de ti. Porque así no llegará quien desea acercarse.”

5. “Muéstreme un ser humano sano y yo lo curaré para usted.”

6. “Las personas hacen lo que sea, no importa lo absurdo, para evitar enfrentarse con su propia alma.”

7. “Todo lo que nos irrita de otros nos lleva a un entendimiento de nosotros mismos.”

8. “Tendemos hacia el pasado, hacia nuestros padres y hacia delante, hacia nuestros hijos, un futuro que nunca veremos, pero que queremos cuidar.”

9. “Yo no soy lo que me sucedió, yo soy lo que elegí ser.”

10. “Si eres una persona con talento, no significa que ya hayas recibido algo. Quiere decir que puedes dar algo.”

Fotografía: Juan Peléz

Fotografía: Juan Pealéz

11. “Aquello a lo que te resistes, persiste.”

12. “Podemos llegar a pensar que nos controlamos por completo. Sin embargo, un amigo puede fácilmente contarnos de nosotros algo de lo que no teníamos ni la menor idea.”

13. “El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman.”

14. “La depresión es como una señora de negro. Si llega, no la expulses, más bien invítala como una comensal en la mesa, y escucha lo que te tiene que decir.”

15. “«Mágico» es simplemente otra palabra para definir el alma.”

16. “Nada tiene una influencia psicológica más fuerte en su ambiente y especialmente en sus hijos que la vida no vivida de un padre.”

17. “A menudo, las manos resolverán un misterio con el que el intelecto ha luchado en vano.”

18. “De una manera u otra somos partes de una sola mente que todo lo abarca, un único gran hombre (…)”

 VIDA

19. “Tu visión se hará más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón… Aquel que mira afuera, sueña. Quien mira en su interior, despierta.”

20. “El sueño es una pequeña puerta oculta abriéndose a la noche cósmica que era el alma mucho antes de la aparición de la consciencia.”

21. “Uno no se ilumina imaginando figuras de luz sino haciendo consciente la oscuridad.”

22. “Hasta que no hagas consciente a tu inconsciente, va a dirigir tu vida y lo llamarás destino.”

La “imprudencia” de ser mujer

 

Microagresiones, lenguaje sexista en los medios, estereotipos corporales, violencia de género, gaps salariales, acoso en los bares… Seguro, ser mujer en el “primer mundo” es complicado, pero serlo en el resto del mundo es poco menos que heroico.

En Colombia, cincuenta años de conflicto armado han dejado un saldo descorazonador: alrededor de 4 millones de personas desplazadas, un 56 por ciento mujeres, y el porcentaje aumenta hasta más allá del 70 por ciento si incluimos en el cálculo a hijos e hijas.

En la cuna del realismo mágico, ser mujer pobre es, con demasiada frecuencia, sinónimo de superviviente. Superviviente de secuestros, torturas, violaciones, muerte… De uno mismo o de los hijos, la pareja, la familia extendida… Crímenes que demasiado a menudo quedan sin respuesta, dejando a esas mujeres en tierra de nadie, desplazadas, desvalidas, invisibles a los ojos del Estado.

En Colombia, cincuenta años de conflicto armado han dejado alrededor de 4 millones de personas desplazadas. De ellas, un 70 por ciento son mujeres y niñosCOLORES

Cuando, en 1998, Patricia Guerrero se instaló en Cartagena de Indias después de un año de exilio en California —su familia había sido amenazada de secuestro, y prefirieron curarse en salud poniendo tierra de por medio—, se topó con esa oscura realidad. Le bastó alejarse del brillo histórico de la capital de Bolívar para encontrar pozos negros que le golpearon las tripas.

Guerrero descubrió que en barrios pobres como El Pozón se concentraban más de 95.000 personas desplazadas, viviendo en las peores condiciones de miseria, en frágiles chabolas levantadas de un día para otro con chapas, hojas de palma, maderas o plásticos encontrados en cualquier lado.

Desde su llegada, una pregunta obsesionó a la retornada: ¿Quién atendía a aquellas mujeres desplazadas?

Patricia preguntó a organizaciones sociales y a sacerdotes de barrios marginados que no supieron responder. Lo más que pudieron hacer fue invitarla a conocer personalmente a aquellas familias de náufragos sociales expulsados de sus tierras.

¿Quién atendía a aquellas mujeres desplazadas

El desplazamiento de aquellas personas venía acompañado de relatos de miedo, crónicas de homicidios, masacres de comunidades enteras, desapariciones forzadas, amenazas, delitos sexuales, tortura… Habían tenido que abandonar abruptamente sus lugares de residencia, sus tierras, sus trabajos, por estar amenazadas. Muchas quedaron solas, a cargo de los hijos que sobrevivieron.

En aquel drama había muchos culpables, y pocos defensores. Guerrillas, paramilitares, cárteles criminales, ejército… Todos estaban detrás de aquellas historias de abuso y atropello.

En cuanto empezó a hablar con aquellas mujeres sin nada, Guerrero, abogada penalista especializada en Derecho Internacional Humanitario, sintió que había que hacer algo.

Nosotras nacimos buscando un cajón para enterrar a una mujer”. Así reza la historia oficial de la Liga de Mujeres Desplazadas, la idea asociativa de una Patricia Guerrero dispuesta a dar voz a los sin voz.

Todo surgió según lo cuentan. Diez mujeres de Pozón se organizaron para pedir por las calles unas monedas para comprar un ataúd de pobre. Querían enterrar a su vecina Olivia Palacios, llegada a Cartagena desde Urabá, y fallecida por falta de asistencia médica. “Después nos organizamos para otras cosas”, cuenta Nivi Díaz, una de las lideres de la organización.

Se calcula que el conflicto armado en Colombia ha dejado medio millón de mujeres violadas en las últimas cuatro décadashands[1]

Poco a poco, la ambición y el alcance de la Liga fue creciendo. Su objetivo, uno y claro: buscar soluciones colectivas, organizadas y duraderas a sus problemáticas comunes como mujeres desplazadas por la violencia, y lograr la reparación por los daños psicológicos, morales y materiales sufridos.

Había que hablar todas a una . No quedaba otra.

Aquellas mujeres pronto organizaron una olla comunitaria, luego una guardería casera para los hijos de las madres trabajadoras, se las apañaron para convencer al Programa Mundial de Alimentos para que aportara comida a aquel barrio lleno de gente sin recursos y sin apenas acceso al trabajo, gestionaron la creación de un refugio para familias huidas de la guerra, organizaron charlas y hasta jornadas de estudio jurídico.

“Comenzamos por entender qué es un servidor público, qué es la Constitución del 91, qué el Derecho Internacional Humanitario y cuáles los derechos de las mujeres”, explica Guerrero en una vieja entrevista.

La Liga de Mujeres Desplazas nace en 1999 para buscar soluciones colectivas, organizadas y duraderas a sus problemáticas comunes como víctimas de la violencia armada

“Después el tema de la impunidad empezó a calarles profundo. Se saben víctimas de un conflicto que no provocaron y empezaron a interesarse por entender cuáles son las leyes del conflicto, qué es el narcoparamilitarismo, la concentración de tierras y riquezas, la globalización económica, el negocio de la guerra, y cómo impacta todo eso en la vida de las mujeres”.

En cuestión de pocos meses, aquellas mujeres, en su mayoría indígenas de origen campesino, algunas totalmente iletradas, recitaban leyes y decretos con la soltura de un estudiante de derecho. Ahora sí, podían hacerse escuchar.

Si algo une a las mujeres de la Liga es su desarraigo. Tuvieron que abandonar sus pueblos y veredas, sus tierras y trabajos, huyendo de las amenazas y las balas. Lo dejaron todo. Lo perdieron todo. Y llegaron a Cartagena sin nada, cargando pesadillas, con la espalda doblada por el dolor de haber visto al esposo o a los hijos acribillados, o desaparecidos sin dejar rastro.

En los barrios marginales de Cartagena, improvisaron refugios con lo que encontraron a mano. Bolsas de plástico, palos, mecates… Cuando sabes lo que es vivir entre el fango, nada tiene más valor que ese lugar al que puedes llamar casa.

Para las mujeres, su casa es como parte de su cuerpo, es una extensión de su cuerpo, es el lugar donde se hacen los hijos, el lugar de los afectos, donde se hace el amor, donde se hace la comida. Es el lugar que te dignifica”. MUJER Y FLOR

Patricia Guerrero explica así la importancia de Bonanza, o la Ciudad de las Mujeres, una barriada diferente al resto, situada en el municipio de Turbaco, en el barrio El Talón, a cuarenta minutos de Cartagena.

 

A mediados de la década pasada, coincidiendo con un recrudecimiento de la violencia en el Pozón, las mujeres de la Liga decidieron llevar un paso más allá su activismo restableciendo su derecho a la vivienda. Y lo hicieron, de nuevo, a su manera.

Si de amas de casas y campesinas habían dado el salto al activismo, convirtiéndose en defensoras de los derechos humanos e interlocutoras de políticos, ahora tocaba ser albañilas, urbanistas y arquitectas.

Su idea era clara: querían construir sus casas, con sus propias manos.Levantar toda una ciudadela en la que tratar de reconstruir sus vidas.

Construyeron el barrio con sus propias manos, reunieron el dinero para comprar el lote, hicieron el trazado, cavaron la tierra, mezclaron el cemento, levantaron las paredes

La Liga se enteró de un proyecto de urbanización en Turbaco. Consiguieron el dinero para comprar el terreno gracias a la agencia de cooperación internacional USAID y a unos fondos de vivienda del gobierno colombiano. Entonces se dirigieron al promotor para imponer sus condiciones.

Ellas invertirían en el proyecto a cambio de que se las contratase como mano de obra no cualificada, querían ser obreras de sus propias casas. También crearon una Unidad de Producción Industrial para fabricar, sobre el terreno, los bloques de hormigón que habrían de usarse en la construcción. Bloques que el empresario debía comprometerse a comprarles. De esta formaaportarían trabajo y materiaes al valor de la vivienda.

Queremos demostrar que organizadas sí se puede y que organizadas es más difícil desintegrarnos (Luvis Cárdenas)

Las mujeres de la Liga aprendieron a nivelar terrenos, a fabricar ladrillos, a mezclar cemento. Unas hicieron el trazado, otras cavaron la tierra, juntas levantaron paredes y acondicionaron las calles arboladas. Mientras, otro grupo organizado como cooperativa se ocupaba de trabajar los cultivos para asegurar alimento para obreros y obreras.

Estuvieron tres meses trabajando a razón de doce horas diarias. El resultado, 98 viviendas de 78 metros cuadrados cada una con dos habitaciones, sala, cocina, baño y un patio. Había nacido Bonanza, La Ciudad de las Mujeres.

La Ciudad de las Mujeres es una sociedad matriarcal. Ellas resuelven sus problemas. Ellas dictan las normas. Ellas deciden su futuroMUJERES RAPUNZEL

¿Es Bonanza un santuario de solo para ellas? No, no lo es. En muchas casas es posible ver a varones adultos —los compañeros—, pero los hombres no tienen ningún protagonismo en la comunidad. Si acaso, ayudan en lo que se les pide. La Ciudad de las Mujeres es una sociedad matriarcal. Ellas resuelven sus problemas. Ellas concilian. Ellas dictan las normas. Ellas deciden su futuro común.

Observada desde fuera, la ciudadela luce como un lugar seguro. Sin embargo, para las habitantes de la Ciudad de las Mujeres, la realidad diaria sigue teniendo mucho que ver con la violencia y las amenazas.

“Es difícil resistir porque el conflicto permanece y sigue a las víctimas, a las organizaciones, a las líderes: mata, asesina, desaparece. Te vuelves objetivo militar porque nuestro proyecto se enfrentó a toda la estructura política paramilitar de la zona”, dice la abogada Guerrero.

Somos un hecho irrefutable. Somos un río de sangre vital y profundo. Y somos portadoras de una utopía posible

Durante la construcción de la Ciudad de las Mujeres, varias personas cercanas a la Liga fueron asesinadas o desaparecieron. Desde entonces se han sucedido las amenazas por parte de grupos paramilitares como las Águilas Negras o el Ejercito Revolucionario Anticomunista ERPAC. En más de una ocasión han sufrido actos de sabotaje, pero ellas lo tienen claro: hay que resistir. “Juntas, con nuestras hijos… con el sueño que tenemos: esto construye la paz”.

“Somos un hecho irrefutable. Somos un río de sangre vital y profundo. Y somos portadoras de una utopía posible”, le gusta decir a Guerrero.

Ellas son ejemplo de resistencia y autogestión, un paradigma de empoderamiento y trabajo en equipo, la prueba de que, casi siempre, el cambio pasa por atreverse a poner una primera piedra. Digan lo que digan. Y si es juntos, mejor.

“Verdad, Justica y Reparación Integral”

 

Por:Luis M. Rguez Luis M. Rguez

Fuente: http://www.playgroundmag.net

Coraza y fragilidad: una relación proporcional

Cuanto más gruesa es la armadura, más frágil es el ser que la habita.

Ser una persona frágil supone tener una sensibilidad especial, que vamos protegiendo mediante una coraza, añadiendo capas ante cada decepción y sentimiento frustrado. Hasta la persona más sensible puede volverse fría cuando se siente amenazada por una situación por la que no está dispuesta a pasar.

Hay situaciones que a todos nosotros nos resultan difíciles de afrontar, asumir y encajar como las de abandono, rechazo, desprecio, culpa, etc. En las situaciones donde nos sintamos especialmente vulnerables haremos un repliegue con el fin de protegernos. Esto es algo fundamental para preservar nuestra integridad.

El carácter y temperamento de cada persona influirá en su comportamiento ante este tipo de situaciones que pueden provocar un gran dolor emocional. Por eso hay quienes se exponen a situaciones dolorosas sin protegerse, y con cierta tendencia al masoquismo, hasta quedar fuertemente magullados y heridos.

Otro tipo de personas en cambio se mantienen precavidas: cuando anticipan una situación similar a la de alguna experiencia anterior, son capaces de poner barreras y volverse impermeables, indiferentes a cualquier emoción o sentimiento.

Juan Peláez

Juan Peláez

“Sin duda, tu coraza te protege de la persona que quiere destruirte. Pero si no la dejas caer, te aislará también de la única que puede amarte.”
-Richard Bach-

Ser frágil no significa ser débil

Ambos tipos de personas descritas anteriormente estarían en polos diferentes, aunque siendo dependientes de su misma fragilidad. Ni tirarse al vacío es una opción sana, al igual que tampoco lo es atrincherarse para insensibilizarse.

La fragilidad es comúnmente relacionada y confundida con la debilidad: ser frágil me indica la intensidad de mis emociones, mi sensibilidad para experimentar mis sentimientos y la dificultad que tengo para mostrarme tal y como soy por miedo a que me hieran.

Siendo frágil puedo ser fuerte ante las circunstancias, avanzando y conquistando mis temores. Sin embargo, no permito mostrarme sensible, aunque internamente esté sufriendo, pasándolo mal y sintiéndome solo. Quiero aparentar fortaleza colocándome mi armadura, haciéndome creer que no me afecta, cuando la realidad es que me afecta tanto que siento no poder soportarlo.

Somos capaces de comprobar nuestra fortaleza cuando seguimos confiando a pesar de las traiciones, cuando avanzamos a pesar de nuestros miedos y nuestra tristeza, cuando mostramos nuestra vulnerabilidad y sensibilidad a quien lo merece.

Mostrándome tal y como soy

Cuando reprimimos las emociones, cuando levantamos muros ante todo lo que sentimos, permitimos que solo nos puedan ver de forma superficial, e incluso tratamos a las demás personas de igual manera, teniendo así relaciones superfluas sin especial compromiso.

¿Podemos así conocernos tal y como somos? ¿Damos la oportunidad de que nos puedan conocer de verdad? Añadir capas a nuestra armadura tiene estas consecuencias, nos perdemos quienes somos.Vivimos atrapados por el miedo, con el fin de mantenernos cerrados al dolor.

“Si quiero conocerme a mí mismo, todo mi ser, la totalidad de lo que soy y no solamente una o dos capas, entonces es obvio que no debo condenar, debo estar abierto a cada pensamiento, a cada sentimiento, a todos los estados de ánimo, a todas las inhibiciones.”
-Krishnamurti-

Cuando somos especialmente sensibles, desarrollamos nuestra capacidad para evitar estar en nosotros, nos enfrentamos al mundo desarrollando con diversos perfiles, que son diferentes dependiendo de nuestro carácter: los tímidos y vergonzosos, retraídos, bordes, complacientes, cuidadores, los que siempre están para los demás, etc.

De alguna manera, todas estas son nuestras máscaras con las que nos protegemos, adoptando un rol determinado. Y así eludimos, siempre que podemos, hablar de nosotros mismos y entrar en quienes realmente somos.

Juan Peláez

Juan Peláez

Aprendiendo a conocerme dando paso a mis emociones

Es seguro que volveré a sentir la traición, me volverán hacer daño y las cicatrices de mis heridas se abrirán de nuevo. Es algo que no puedo evitar, porque forma parte de la vida misma, de mi paso por ella. Si realmente quiero vivirla, aprender a conocerme y a conectar con los demás, he de exponerme a que todo esto pueda suceder aunque me sienta frágil.

Mi insensibilidad, frialdad, mi armadura; la coraza y los muros que levante no son la solución.Esconderme fusionándome con los demás es mi autoengaño, el rol que ejerzo para sentirme seguro. Todo es una falsedad, una triquiñuela que me impide reconocerme.

Anestesiamos nuestra sensibilidad impidiendo que se exprese, porque cuando, en el pasado, hemos tenido la sensación de haber encontrado a la persona con quien poder compartirla, hemos sido traicionados. Al abrirnos, hemos perdido nuestro propio rumbo y amor, para poder ir aceptándonos, construyendo de nuevo un amor aún más real.

Este proceso es el de mayor vulnerabilidad, ya que estamos reconstruyendo nuestra identidad dando un paso al frente, aprendiendo a explorar e ir reconociendo la sensibilidad que hemos ocultado con cerrojos. A la vez que estamos más expuestos hay mayor probabilidad de que nos hieran, porque estos cambios suponen a su vez una trasformación en la relación con otra persona y en los roles establecidos.

Los desengaños por los que pasamos tanto de nosotros mimos como con las demás personas, nos ayudan a ver con más claridad con qué tipo de personas queremos estar. Vamos seleccionando a través de cuestiones más profundas como los valores, la honestidad y la autenticidad.

Al fin y al cabo todo este trayecto tiene sus aprendizajes a cada paso que vamos dando. Dejando así que se manifiesten nuestras emociones, por dolorosas que resulten, facilitamos el encuentro con nosotros mismos, y la conexión profunda con el resto del mundo.
Fuente: lamenteesmaravillosa.com

 

Medicina y humanidad: una mirada holística

Estamos acostumbrados a entender lo científico como dogma. Nos basta el aval  empírico, donde no se da cabida a cuestionar, a aportar puntos de vista en su aplicación practica. Y hemos llegado a considerarlo como “normal”. Todos hemos experimentado alguna vez la deshumanización en las relaciones medico-paciente. Este campo relacional es un ámbito que (salvo excepciones), adolece de elementos de acercamiento, empatía o humanidad, que aporten una dimensión de cercanía a la relación terapéutica. La palabra “paciente” ya nos indica el rol. Este es un campo de trabajo interesante para abordar desde la Sociología: aportar a los profesionales médicos herramientas para el desarrollo y manejo de la relación profesional y humana. Abordar la situación y acompañar al paciente desde lo psicologico y lo emocional. Comparto una interesante entrevista a  Christina Puchalski, publicada en El Mundo, sobre este tema:

MUSGO

 

Quiso hacer de la Medicina algo más profundo, más humano. Quiso que los pacientes no se sintieran como una cosa o una enfermedad. Tener en cuenta el aspecto esencial del ser humano. Christina Puchalski, fundadora y directora del Instituto George Washington para la Espiritualidad y la Salud, es toda una referencia en este campo y, a su paso por Madrid, donde ha colaborado con el programa de Atención Integral a Enfermos Terminales de la Obra Social de La Caixa, un proyecto pionero en Europa que nace con el objetivo de apoyar al paciente desde un punto de vista psicológico y emocional, habla con EL MUNDO de qué le llevó a formar una disciplina que se estudia ahora en varias universidades estadounidenses.

 ¿Hay tiempo en la Medicina para dedicárselo a la espiritualidad?

El desarrollo tecnológico ha puesto el centro de la Medicina en encontrar un tratamiento, pero no en un cuidado integral del paciente. Sin embargo, hace unos 150 años la Medicina era muy holística, y sigue así en las culturas orientales que tienen esa visión de cuerpo y mente. Fue en el siglo XX, cuando se produjo una división entre lo que se pensaba como cultural y espiritual frente a la ciencia. Y aunque ésta ha sido muy buena, ha habido muchos avances, el abandono del aspecto holístico de la persona hizo que en los 80 y 90 los pacientes estuvieran muy decepcionados con ese enfoque porque sólo se centraba en la enfermedad.
Pero, ¿de eso se trata la Medicina, no? ¿De curar enfermedades?
Sí, pero no así. Cuando estudié Medicina a principios de los 90, me sorprendía mucho que a los pacientes se les tratara como si fueran una enfermedad. Por ejemplo, se decía: ‘el cáncer de mama de la habitación 223’. Pero, el paciente no es una enfermedad. Se perdió la parte más humana. Muchos médicos y enfermeras que se sentían desconectados de su profesión, de su vocación. Ellos habían hecho esta profesión para ayudar a la gente, para tener una relación con sus pacientes y, de repente, lo que pasaba es que veían a muchísima gente a lo largo de un día pero sólo centrándose en la tecnología y la enfermedad. No sé si en España ocurre igual, pero en EEUU la tasa de suicidios entre médicos es muy elevada, más que la población general.  Los médicos dijeron que querían que se adoptara un enfoque holístico. Hay estudios, realizados en EEUU, que muestran que los pacientes quieren que el médico se ocupe también de su parte espiritual y que ésta forme parte de los cuidados que se les da.
¿La espiritualidad va unida a una creencia religiosa?
No, en absoluto. La espiritualidad es un aspecto esencial del ser humano. Es una vida interior, algo que no es mente y cuerpo sino espíritu. Es algo más amplio que la religión, un proceso dinámico mediante el cual la gente encuentra transcendencia, un sentido final a su vida. Tiene una conexión con lo sagrado, que puede incluir religión pero también cualquier otra cosa que cada uno entienda como significativo, que le ayude a la persona a encontrar su ser interior. Puede estar basada en los valores, las creencias, prácticas como el arte, la meditación, el deporte, la poesía… Hay muchas prácticas diferentes que les permiten a los demás conectar con su mundo interior.
¿Y eso cómo se traduce en la práctica clínica?

PERSPECTIVA

Dibujo: Juan Peláez

Yo soy médico y me ocupo de cuidados paliativos, geriatría y también soy internista. Si uno mira la medicina como ciencia pura, lo que tengo que hacer para centrarme en la parte científica de la medicina es hacer las preguntas adecuadas a mi paciente y que me conteste para hacer un diagnóstico. Pero si el paciente no confía en mí y no le conozco, no puedo realizar un diagnóstico correcto. Ni siquiera puedo llevar una práctica científica de la medicina sin tener esa dimensión compasiva o de conexión con el otro. Ambas cosas son necesarias. Hace falta tener médicos que sean excelentes clínicos y médicos que sean capaces de conectar con el paciente y de tener compasión por él.
Usted ha desarrollado una herramienta, ¿en qué consiste?
Es algo que cree en los 90 junto con otros tres médicos más. Son una serie de preguntas bastante sencillas que se sugieren para iniciar una conversación con el paciente. Tratan de desgranar aspectos de la persona desde el punto de vista familiar, laboral, y el aspecto más íntimo. Cuáles son sus aficiones y qué le suponen, qué les da sentido a su vida: la familia, los amigos, los valores… Cuál es su grupo de apoyo… Y cómo quieren que el médico integre todo eso en su tratamiento. Todo esto es importante porque si tengo un paciente que me dice que medita a diario, o que pinta, o hace ejercicio, o va su parroquia y la próxima vez que le vea me dice que ya no lo hace, entonces tendré que averiguar qué pasa. A veces es porque hay algo en su vida que ha cambiado: un divorcio, el trabajo, una depresión… Es muy importante comprender qué está ocurriendo en la vida de un individuo y centrarte en esos cambios.
¿Por qué decidió especializarse en esta rama?
Hay una parte personal y otra profesional que me influyeron. Mis padres son polacos y cuando eran muy jóvenes estalló la Segunda Guerra Mundial. Sobrevivieron pero tuvieron muchas pérdidas de familiares y amigos. Se casaron en Inglaterra y luego se fueron a Estados Unidos. Muchos años después nací yo. Ellos ya tenían cierta edad y una visión del mundo y de la vida diferente. Me enseñaron muchas cosas sobre lo que es importante en la vida. Lo importante que son los valores, cómo hay que tratar a la gente. Me inculcaron que lo que tiene más valor es hacer algo que a uno le mantenga en pie frente a las pérdidas.
¿Y en la parte profesional?
Antes de estudiar medicina, hice investigación en los Institutos de Salud (NIH) de Maryland. Los pacientes que van allí son los que tienen enfermedades muy graves y acuden para recibir un tratamiento experimental. Yo ya tenía una gran vocación de médico y siempre iba a hablar con ellos. Tenían historias sorprendentes. Aunque habían pasado por momentos muy difíciles, no era gente desesperada. Entonces fue cuando pensé que necesitábamos tratar a la persona en su conjunto, no sólo la parte médica, sino centrarnos en fortalecer a la persona interiormente. Luego estudie medicina y en segundo año de carrera escribí una propuesta para que se introdujera una asignatura llamada espiritualidad médica. Empezó siendo una asignatura optativa pero, a los alumnos les gustó tanto y a los profesores también, que sencillamente se integró como asignatura obligatoria en la Universidad de Washington.
¿Dedicamos suficiente tiempo a pensar en la muerte?
No sé qué pasa en España, pero en Estados Unidos, no. Cuando era pequeña, como mis padres habían perdido a gran parte de su familia, en casa se hablaba mucho de la muerte. Me transmitieron una gran sabiduría en ese sentido. Pero no creo que sea el caso de la mayor parte de las familias. En EEUU se rechaza el envejecimiento. No sólo no se habla de la muerte sino que todo el mundo tiene miedo a envejecer. Porque nuestra cultura hace mucho hincapié en la productividad, en el aspecto físico, en pensar muy rápidamente, en ser muy eficiente. Y a medida que se envejece esto se va perdiendo, pero no quiere decir que se tenga menos valor. Si nos fijamos en las culturas orientales, ocurre lo opuesto: a medida que se cumplen años, más sabio se es. Ser mayor es una posición de honor. Quién iba a tener miedo de ocupar esa posición de honor. Lo normal es que la gente mayor enseña, habla de cómo uno puede prepararse para la muerte. En esas culturas no existe ese miedo.
CERRADURA
Pero, ¿no es real el miedo cuando se acerca la muerte?
Mi experiencia con pacientes agonizantes es que las cosas más asombrosas ocurren antes de la muerte. Unas semanas antes se dan reconciliaciones, se descubre el amor más profundo… Tengo dos pacientes que con 50 años tienen cáncer terminal. Vinieron a dar una charla a los alumnos de medicina y les dijeron que era el momento más maravilloso de sus vidas. Los alumnos les preguntaron cómo era así. Y ellos les explicaron que cómo sabían que se estaban muriendo, se daban cuenta ahora de lo que importa la vida, de la experiencia tan intensa y positiva que es. En cambio, otras personas al sentir ese miedo lo que hacen es desconectarse de esa experiencia.
¿Los cuidados paliativos son un buen modelo de la medicina?
Sí. Todo el mundo debería recibir la atención sanitaria más compasiva desde el principio hasta el final de la vida. Debería centrarse en lo que es más importante para el paciente y su familia. En que el enfermo pudiera hacer lo que es importante para él: dejar un mensaje a sus hijos o nietos, dar un paseo si quieren y pueden. Que tengan la oportunidad de hacer lo que quieran y que se sientan apoyados, tanto él como su familia, por el equipo médico, para poder disfrutar de esos momentos preciosos.

Por: angeles López

fuente: http://www.elmundo.es

Bibliotecas humanas: El valor de la interacción entre personas

Imagina que vas a una biblioteca. Entre miles de libros hay un espacio de encuentro. Allí puedes conversar, consultar, intercambiar con personas. De tu a tu.
Con la mente abierta. Una experiencia que te trae de vuelta la esencia humana, la tuya. La interacción y las relaciones como parte integrada en tu ser…. imagina…

Comparto aquí algunas iniciativas que se están llevando a cabo por distintos colectivos:

Fotografía: Juan Peláez

Fotografía: Juan Peláez

Desde hace unos años las bibliotecas están experimentando cambios drásticos. No es solo que los catálogos tengan que adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas tecnologías que estos conllevan, es que el concepto de biblioteca como recinto lleno de libros donde se accede a información ha quedado obsoleto. Antes bien, el cambio que están experimentando las bibliotecas consiste en redefinir su papel dentro de la sociedad. Ya hemos mencionado algunos experimentos interesantes en este sentido. Bibliotecas donde hay servicios sociales para ayudar a personas en situaciones desfavorecidas; o donde se presta prácticamente de todo, además de libros. Otra experiencia llamativa son las bibliotecas humanas, donde se pueden consultar personas en lugar de libros.

   En principio, nada tiene que ver esta iniciativa con el Proyecto Fahrenheit 451, que basándose en el libro de Ray Bradbury pretende convertir a las personas en libros. Y digo en principio porque aunque nada tengan que ver ambos proyectos sí comparten una misma filosofía: fomentar el encuentro y el diálogo entre personas usando como pretexto los libros.

La biblioteca humana es una experiencia que inició la ONG Stop the Violence en la ciudad danesa de Copenhague en el año 2000, dentro del Festival de Roskilde ‒uno de los mayores festivales de verano en Europa‒. Su objetivo fue, desde un primer momento, disminuir la discriminación entre los jóvenes celebrando la diferencia y promoviendo el diálogo, la tolerancia, la comprensión hacia personas provenientes de diferentes estilos de vida o culturas y el aprendizaje. En ese momento había en Dinamarca una enorme confluencia de personas de distintas culturas, religiones y razas y se extendió en la sociedad danesa una especie de sentimiento de invasión. Precisamente para contrarrestar esta creencia se le dio forma a la biblioteca humana, una plataforma para fomentar el diálogo entre personas que en condiciones normales no hablarían jamás, consiguiendo poner en entredicho prejuicios y estereotipos, y ayudando a afianzar la cohesión social.PARTITURA

¿Cómo funciona una biblioteca humana? Los usuarios que acceden a ella y consultan su catálogo en lugar de encontrar libros tradicionales hallarán personas con historias que contar y con las que se podrán sentar cara a cara durante media hora, no solo para escuchar sino para dialogar. Personas que en condiciones normales se vean excluidas de la comunidad por su condición social, económica, política o incluso física; personas que se hayan visto expuestas a la crítica o a los prejuicios de otras personas; que tengan algún tipo de discapacidad; que hayan sido desplazadas; o que se hayan visto sometidas a una situación de violencia; exalcholólicos o exdrogadictos; prostitutas.

Algunos de los títulos que han pasado por una biblioteca humana incluyen: Historia de un gitano, Veterano de la Guerra de Irak, Chico de orfanato, Hijo de supervivientes del Holocausto, Atleta olímpico, Mujer gorda o Cristiano crítico. «No juzgar un libro por su cubierta», es la frase que mejor describe el proyecto. Pero aunque en las bibliotecas humanas se priorice la marginación, para poder integrarla dentro de la comunidad,cualquier persona es libre de contar su historia. Desde que empezaran a funcionar se ha extendido a más de 50 países por todo el mundo. Lo único que se necesita es gente dispuesta a contar sus historias y personas que quieran escuchar.

Fuente: lapiedradesisifo.com

Poligamia: entre la biología y la sociedad

“La monogamia es obligada a lo largo del mundo occidental, pero la infidelidad es universal”, dice David P. Barash.

Barash, biólogo evolucionista y profesor de psicología de la Universidad de Washington, acaba de publicar el libro Out of Eden: The Surprising Consequences of Polygamy. En él analiza la infidelidad sexual de los humanos, tan estrechamente relacionado con la poligamia presente en la mayoría de las especies animales, llegando a la conclusión de que la monogamia no es una situación sencilla, y mucho menos “natural”, para hombres y mujeres.

Salon acaba de publicar un fragmento del libro que resume buena parte de las ideas sobre las que gira la obra. Estos son los planteamientoas más destacados del biólogo:

“Cuando las personas de uno u otro género tienen inclinaciones polígamas mientras viven en una sociedad monógama, en realidad están siendo infieles a su compromiso socio-cultural pero no a su biología”.

SINSEXO

“Al describir la biología básica de las diferencias entre hombres y mujeres se consideró el efecto Coolidge, que se basa en la tendencia de los hombres, en particular, de equiparar la monogamia con la monotonía”.

“A nivel de células cerebrales, se sabe que la estimulación repetida produce cierto grado de insensibilidad. Es algo que también sucede con respecto al entusiasmo sexual. Una analogía sería el constante zumbido del frigorífico, con el tiempo te habitúas a él y solo notas cuando algo falla y él se detiene”.

“Después de una prolongada asociación sexual (semanas, meses, incluso años) las células del cerebro masculino en particular se habitúan, es decir, se saturan”.

“El sexólogo Alfred Kinsey señaló que la mayoría de los hombres pueden comprender inmediatamente por qué la mayoría de los hombres quieren el coito extramarital. A pesar de que muchos se abstienen de dicha actividad porque no la consideran moralmente aceptable. Por otro lado, a la mayoría de las mujeres les resulta difícil entender por qué un hombre felizmente casado quiere tener un coito con otra mujer que no sea su esposa”.

“Esta disparidad entre hombre y mujer no se debe simplemente a que la sociedad ha buscado normalmente reprimir el deseo sexual femenino, sino a que la mayoría de las mujeres no experimentan un deseo aumentado simplemente al ser presentadas a un nuevo compañero anónimo”.

“Los biólogos han sabido durante mucho tiempo que la monogamia es rara en el mundo animal, especialmente entre nuestros compañeros mamíferos”.

“Para explicar las relaciones extramatrimoniales los biólogos han buscado algunas razones aparte de la biológica (en los hombres la biología del esperma ya ofrece suficiente justificación) y han encontrado las siguientes consideraciones que se pueden aplicar a ambos sexos: tomar represalias ante una infidelidad de la pareja, como respuesta a la ira que sientes hacia el cónyuge, el interés en un amante particular o la búsqueda de la satisfacción sexual o social que ya no está disponible en la relación primaria”.

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“No es sorprendente que los hombres reporten niveles más altos de infidelidad sexual en el matrimonio que las mujeres. Sin embargo, una diferencia entre hombres y mujeres adúlteras podría deberse a la doble moral casi universal en la que a los hombres se les anima a ser sexualmente aventureros con el fin de ser vistos como ‘hombres de verdad’ mientras las mujeres son denigradas en el mismo caso”.

“No obstante, es posible que la fisiología humana de una rentabilidad positiva a las parejas que llevan mucho tiempo juntas por ejemplo en cuestiones de apareamiento”.

“La preeclampsia, una forma de hipertensión resultado de la disparidad inmunológica entre la madre y el feto puede ser una complicación grave del embarazo. El riesgo de sufrirla disminuye con el aumento de la duración de la relación sexual ya que el sistema inmunológico de la mujer se habitúa a los productos seminales del hombre y es menos susceptible a dar una respuesta inmune peligrosa ante un embrión que contiene el 50% de sus genes”.

“Rara vez, en algunas sociedades humanas a las mujeres casadas se les permite tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, y en la mayoría de casos con el hermano del cónyuge. Sin embargo, no sé de ningún grupo humano en el que las mujeres gocen de una libertad sexual mayor que los hombres”.

“Durante gran parte de la historia humana, el adulterio fue definido por un doble estándar: las relaciones de una mujer casada con un hombre que no sea su marido han sido vistas como un delito contra el marido, por el contrario si un marido tiene relaciones sexuales con una mujer la mayoría de las culturas no lo consideran adulterio siempre y cuando la mujer no esté casada con otro hombre”.

“Hay un factor genético, en realidad un conjunto de ellos, que predisponen hacia la infidelidad conyugal de seres humanos. Una versión del gen receptor de dopamina (DRD4), se produce en el cromosoma 11 y se encuentra en todas las personas, aunque los individuos varían en la cantidad de veces que se repite este gen: de 2 a 11”.

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“Las personas con 7 o más repeticiones de DRD4 resulta que son más propensas a mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Sin embargo, esto no es un “gen de la infidelidad”, sino más bien una predisposición genética hacia una mayor búsqueda de sensaciones”.

“Se podría esperar que los individuos con múltiples repeticiones de DRD4 también serían más propensos a hacer paracaidismo, o disfrutar de las montañas rusas. Tampoco es que tengan necesariamente un mayor impulso sexual, o una propensión genética a hazañas sexuales extramatrimoniales como tales; más bien sienten la emoción de la novedad”.

“Aún así, no es lo mismo querer siempre algo nuevo para cenar que querer constantemente un amante nuevo. Una forma de conceptualizar el problema, sin invocar la biología, es que tal comportamiento viola lo que en la tradición occidental se conoce como ‘teoría del contrato social’”.

“Bajo estos términos contractuales, las mujeres proporcionan a los hombres una garantía de su fidelidad sexual así como un socio de relaciones sexuales regulares, mientras los hombres dan a las mujeres los recursos, la protección y asistencia en la crianza de un niño. Junto a un intercambio mutuo de genes”.

“Existe un problema adicional, los hombres y las mujeres llevan con ellos una inclinación generada evolutivamente para violar el contrato por la poliandria y la poligamia, a pesar del compromiso socio-cultural de la monogamia”.

Fuente: http://www.playgroundmag.net

Mujeres y tallas: sumisión sutil y perversa

¿Os habéis parado a reflexionar sobre las exigencias sociales que se le imponen a la mujer hoy?. Heredamos de nuestras antecesoras la conquista de ciertos derechos que nos sitúan en lugares visibles.Y  pretendemos aproximarnos, con la cautela de las guerreras, a modelos sociales equilibrados. Como en un espejo de doble fondo, nos adentramos en una dinámica de rutina donde ser mujer es supone funcionar “a todo ritmo”. En ese lugar desplegamos multitud de roles con la  exigencia que nos imponen las presiones. Y ahí desarrollamos el ciclo vital: estudiamos, trabajamos, amamos, parimos, educamos…. Y de tanto estar hacia afuera, podemos marginar nuestra verdadera naturaleza y con ello nuestra libertad de vivir la vida con la plenitud que elijamos.  Nos sometemos a la perversidad de la estética que nos imponen. Mira más allá de la violencia de género, la discriminación, las pautas sociales, los dictámenes religiosos y culturales. No es fácil ser mujer hoy. Nunca lo fue a lo largo de la Historia.

Comparto aquí un artículo que me ha invitado a reflexionar sobre las formas sutiles de dominación de la mujer en sociedades occidentales. Para que no perdamos la atención y tomemos conciencia. Pero sobre todo para que sepamos reconocer y vivir la verdadera naturaleza de ser mujer:

 

 “El harén de las mujeres occidentales es la talla 38″. Por Fatema Mernissi:

Era la primera vez que me decían semejante estupidez respecto a mi talla. Los piropos a mis caderas anchas que me han dicho los hombres por las calles marroquíes me habían llevado a creer durante años que todo el planeta pensaba lo mismo. Es cierto que con la edad cada vez voy oyendo menos piropos al pasar por la medina, y claro que me he dado cuenta de que el silencio es mayor ahora cuando camino por los bazares. Pero hace tiempo que aprendí a no buscar en el mundo exterior formas de reafirmar la seguridad en mí misma, dado que mis rasgos nunca han encajado en los estándares locales de belleza y he tenido que defenderme en varias ocasiones de los comentarios ofensivos por parte de algunos hombres que me llamaban zirafa (o sea, jirafa) por culpa de mi cuello demasiado largo. En realidad, paradójicamente, cuando me fui a estudiar a Rabat descubrí que mi principal atractivo a ojos de los demás residía justo en la confianza narcisista que había desarrollado con el fin de protegerme de lo que llegué a considerar como “el chantaje de la belleza”. Mis compañeros no podían creerse que me importara un comino lo que pensaran de mi aspecto físico. “Mira, querido Karim, lo único que necesito para sobrevivir es pan, aceitunas y sardinas. Que pienses que tengo el cuello demasiado largo es asunto tuyo, no mío.” En cualquier caso, en una medina ni los comentarios sobre la belleza ni los piropos son algo definitivo o serio; todo se puede negociar. Pero en aquellos grandes almacenes norteamericanos la cosa parecía diferente.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814.  Museo del Louvre.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814. Museo del Louvre.

Debo confesar que en aquel entorno neoyorquino perdí mi acostumbrada confianza. No es que me sienta segura de mí misma en todo momento, pero tampoco voy por la calle o por los pasillos de la universidad dudando sobre qué pensarán de mí los demás. Por supuesto, cuando oigo un piropo mi ego crece igual que un soufflé de queso, pero en general no espero demasiado. Hay mañanas en que me veo fea, si me siento cansada o pachucha, pero otros días me encuentro maravillosa solo porque hace sol o porque he conseguido escribir un párrafo bueno. Y de pronto, en aquella tienda norteamericana tan grande y silenciosa, en la que había entrado con aire triunfal gozando de mi legítimo status de consumidora soberana dispuesta a gastar dinero, me sentí atacada de una forma brutal. Mis caderas, hasta el momento símbolo de una madurez serena y desinhibida, repentinamente eran condenadas como una deformación.

-Y ¿se puede saber quién establece lo que es normal y lo que no? -pregunté a la dependienta como queriendo recuperar algo de mi seguridad si ponía a prueba las reglas establecidas. Jamás dejo que nadie me evalúe y decida si soy guapa o no, quizá porque de niña, en Fez, no encajaba en los moldes de belleza y siempre me estaban diciendo que era demasiado alta, demasiado flaca, que tenía los pómulos demasiado marcados y los ojos demasiado rasgados, en una ciudad tradicional donde se elogiaba a las muchachas regordetas y con cara de pan. Mi madre siempre estaba lamentándose de que nunca encontraría marido, por lo que me animaba a estudiar y a aprender toda clase de habilidades, desde narrar cuentos hasta bordar, si es que quería sobrevivir en este mundo. Yo siempre le decía: Si Alá me ha hecho así, ¿cómo puede haberse equivocado, madre? Aquello la dejaba callada una temporadita, pues si me replicaba, mi pobre madre habría estado atacando al mismísimo Señor. Esa táctica de glorificar mi extraño aspecto como si se tratara de un don divino me ayudó no solo a sobrevivir en aquella ciudad tradicional y tan estrecha de miras, sino que además empecé a creérmelo. Casi me volví segura de mí misma. Digo casi porque me di cuenta de que la confianza en uno mismo no es algo tangible y estable, como un brazalete de plata que no cambia por mucho que pasen los años. La confianza en uno mismo es como una lucecita débil que va y viene, por lo que tenemos que cuidarla constantemente. Bastaría que alguien me dijera que soy fea, para tener que cuestionarme de nuevo todo el proceso. Y eso es justo lo que me sucedió en aquellos grandes almacenes norteamericanos.

-¿Y quién ha dicho que todo el mundo deba tener la talla treinta y ocho? -bromeé, sin mencionar la talla treinta y seis, que es la que usa mi sobrina de doce años, delgadísima.
En aquel momento, la señorita me miró con cierta ansiedad.
-La norma está presente en todas partes, querida mía -dijo-. En las revistas, en la televisión, en los anuncios. Es imposible no verlo. Tenemos a Calvin Klein, Ralph Lauren, Gianni Versace, Giorgio Armani, Mario Valentino, Salvatore Ferragamo, Christian Dior, Yves Saint-Laurent, Christian Lacroix y Jean-Paul Gaultier. Los grandes almacenes siguen la norma de la moda. -Hizo una pausa, para concluir con lo siguiente-: Si aquí se vendiera la talla cuarenta y seis o la cuarenta y ocho, que son probablemente las que usted necesita, nos iríamos a la bancarrota. -Se detuvo un instante y luego me miró con ojos escrutadores-. Pero ¿en qué mundo vive usted, señora? -De repente tuve la sensación fugaz de que podríamos entendernos-. Lo siento, pero no puedo ayudarla, de verdad. -Me dio la impresión de que lo lamentaba realmente. Y de pronto se mostró muy interesada. Se quitó de encima a una clienta que se había acercado para pedirle ayuda-: ¡Busque a otra dependienta! ¿No ve que estoy ocupada? -Parecía querer proseguir con nuestra conversación unos minutos más.

Nathan Altman, Retrato de Ana Ajmatova. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.

Nathan Altman, Retrato de Ana Ajmatova. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que debía de tener mi edad, cincuenta y muchos. Pero, a diferencia del mío, su cuerpo era esbelto como el de una adolescente. Su vestido Chanel por encima de la rodilla, en color azul marino, tenía el típico cuello de seda blanca, reminiscencia de la modesta elegancia católica de las jovencitas de la aristocracia francesa de principios de siglo. Un fino cinturón de perlas realzaba la delgadez de su talle. Con aquel pelo corto de rizos estudiados, y su sofisticado maquillaje, a primera vista me había parecido que tenía la mitad de años que yo.

-Pues vengo de un país donde no existen las tallas en la ropa de mujer -repliqué-. Yo misma me compro la tela, y la costurera del barrio o un artesano me hace la falda que le pido, de seda o de cuero. Me toman las medidas en cada visita. Ni la costurera ni yo sabemos nunca cuál es la talla de la falda que me va a hacer. Mientras la cose, vamos descubriéndolo. En Marruecos, mientras pague los impuestos, a nadie le importa cuál sea mi talla. De hecho, si quiere que le diga la verdad, no tengo ni idea de qué talla uso. La señorita se echó a retír realmente divertida, y me dijo que debería hacer publicidad de mi país, que le parecía un paraíso para las mujeres trabajadoras y estresadas.
-¿Quiere usted decir que no vigila su peso? -me preguntó con cierta incredulidad. Tras un breve silencio, añadió en voz alta pero como si estuviera hablando consigo misma-: Muchas mujeres que tienen puestos de trabajo muy bien pagados, relacionados con el mundo de la moda, podrían verse de patitas en la calle si no siguieran una dieta estricta.

Sus palabras eran tan claras y la amenaza que implicaban tenían tal carga de crueldad que me di cuenta por primera vez de que quizá la talla treinta y ocho fuera una restricción aún más violenta que el velo musulmán. Me despedí de ella, para no entretenerla por más tiempo y para no meterla en una conversación tal vez demasiado emocional y no muy bienvenida, en un intercambio de confidencias sobre los recortes de salario debidos a la edad. Probablemente habría alguna cámara de seguridad grabándonos en esos momentos.
Sí, pensé, acababa de encontrar la respuesta a mi enigma. A diferencia del hombre musulmán, que establece su dominación por medio del uso del espacio (excluyendo a la mujer de la arena pública), el occidental manipula el tiempo y la luz. Este último afirma que una mujer es bella solo cuando aparenta tener catorce años. Si una comete la osadía de aparentar los cincuenta o, peor aún, los sesenta, resulta simplemente inaceptable. Al dar el máximo de importancia a esa imagen de niña y fijarla en la iconografía como ideal de belleza, condena a la invisibilidad a la mujer madura. De hecho, el occidental moderno refuerza así las teorías sostenidas por Immanuel Kant en el siglo XVIII. Las mujeres deben aparentar que son bellas, lo cual no deja de ser infantil y estúpido. Si una mujer aparenta madurez y seguridad en sí misma, y por lo tanto no se avergüenza de unas caderas anchas como las mías, se la condena por fea. Así pues, la frontera del harén europeo separa una belleza juvenil de una madurez que se considera de mal gusto.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, Interior de un harén. Museo del Louvre, París.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, Interior de un harén. Museo del Louvre, París.

Sin embargo, las actitudes occidentales son más peligrosas y taimadas que las musulmanas porque el arma utilizada contra las mujeres es el tiempo. El tiempo es algo menos visible, más fluido que el espacio. El occidental congela con focos e imágenes publicitarias la belleza femenina en forma de niñez idealizada y obliga a las mujeres a percibir la edad, es decir, el paso natural de los años, como una devaluación vergonzante. ¡Ahora resulta que soy un dinosaurio!, me dije en voz alta casi sin darme cuenta, mientras recorría las filas de faldas de la tienda con la esperanza de demostrarle a la señorita que estaba equivocada. Pero al cabo de media hora tuve que reconocer que no iba a encontrar nada que me valiera. Este chador occidental, cortado según el patrón del tiempo, resultaba más disparatado que el fabricado con el espacio, el que imponen los ayatolás.
La violencia que implica esta frontera característica del mundo occidental es menos visible porque no se ataca directamente la edad, sino que se enmascara como opción estética. En efecto, en aquella tienda no solo me sentí repentinamente horrorosa, sino también inútil. Mientras los ayatolás consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que la señalan y marginan. Este tipo de mujer bordea la inexistencia. Al ensalzar solo a la mujer prepubescente, el hombre occidental impone otra clase de velo a las mujeres de mi edad, nos tapa bien con el chador de la fealdad. Solo de pensarlo siento escalofríos. Es como marcarnos la piel con esa frontera invisible. La costumbre china de vendar los pies de las mujeres funciona exactamente igual: los hombres consideraban bellas solo a las que tuvieran los pies de una niña. No es que los chinos obligaran a las mujeres a ponerse vendajes en los pies para detener su crecimiento normal. Simplemente definían el ideal de belleza. En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre. De este modo, si tengo la intención de encontrar una falda elegante diseñada para una mujer guapa, se supone que debería reducir el tamaño de mis caderas para caber en la talla treinta y ocho. Las musulmanas nos sometemos al ayuno solo durante el mes del ramadán, pero es que las desgraciadas occidentales tienen que estar a dieta los doce meses del año. Quelle horreur! , me repetía sin cesar, mientras contemplaba a las señoras norteamericanas comprando ropa en aquella tienda. Todas las que tenían mi edad parecían adolescentes rebosantes de juventud.

En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre.

En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre.

Según Naomi Wolf, durante los años noventa la talla exigida a las modelos se redujo de forma drástica. “Hace una generación, la modelo típica pesaba un 8 por 100 menos que la mujer media norteamericana, mientras que hoy la diferencia es de un 23 por 100… El peso de Miss America cayó en picado, y el de la modelo típica de Playboy playmates se redujo de un 11 por 100 por debajo del peso medio en 1970 a un 17 por 100 de diferencia ocho años después” 1. Según esta autora, la reducción de la talla ideal es una de las causas de la anorexia y de otros problemas de salud. ” (…) la extensión de los desórdenes en la alimentación creció de manera exponencial, mientras aparecieron muchas neurosis relacionadas con la comida y el peso que hicieron perder el sentido del control a muchas mujeres” 2. De repente, el misterio del “harén europeo” cobró sentido ante mí. En esta parte del mundo, el arma empleada es ensalzar la juventud a toda costa, y condenar el envejecimiento. En Nueva York se recurre a la dimensión temporal contra las mujeres, igual que en Teherán el ayatolá iraní usa la dimensión espacial con la intención de que las mujeres se sientan fuera de lugar e inoportunas. El objetivo es el mismo en ambos casos. Las occidentales que viven en su tiempo, adquieren experiencia con la edad y alcanzan la madurez son consideradas feas por parte de los profetas de la moda, igual que las iraníes que osan aparecer en el espacio público.

El poder del hombre occidental reside en dictar cómo debe vestirse la mujer y qué aspecto debe tener. Es el hombre quien controla toda la industria de la moda, desde la cosmética hasta la ropa interior. Me di cuenta de que Occidente es la única parte del mundo donde las cuestiones de la moda femenina son un negocio dirigido por hombres. En países como Marruecos la moda es cosa de mujeres. Pero esto no es así en Occidente. Naomi Wolf explica que los hombres controlan una inmensa parafernalia de productos casi fetiche: “Una serie de industrias poderosísimas (la industria alimentaria, con ganancias de 33.000 millones de dólares al año; la industria de la cosmética, con 20.000 millones; la de la cirugía plástica, con 300 millones; y la industria de la pornografía, con beneficios anuales de 7.000 millones de dólares) han prosperado gracias a las sumas de dinero que genera la ansiedad inconsciente, y a través de la cultura de masas son capaces, a su vez, de usar, estimular y reforzar la alucinación, en una espiral económica que crece y crece sin cesar” 3.

Jean-León Gérôme, Los baños del harén

Jean-León Gérôme, Los baños del harén

Pero ¿cómo funciona este sistema? ¿Por qué lo toleran las mujeres? De todas las explicaciones posibles, la que más me gustó fue la del sociólogo francés Pierre Bourdieu. En su último libro, La domination masculine. “La violencia simbólica es una forma de ejercer el poder, que repercute directamente sobre el cuerpo de la persona, como por arte de magia, sin constricciones físicas aparentes. Pero esta magia solo funciona porque activa códigos ocultos en las capas más profundas”4. Leyendo a Bourdieu tuve la sensación de empezar a comprender mejor la psique de los hombres occidentales. Bourdieu explica que, debido a que las industrias de la cosmética y de la moda no son más que la punta del iceberg, da la sensación de que la predisposición de las mujeres a asumir los dictados impuestos por aquellas es una actitud que no les exige esfuerzo alguno, como si fuera natural. De otro modo resultaría imposible entender por qué las mujeres se menosprecian tan espontáneamente. Bourdieu se plantea por qué las propias mujeres se hacen la vida tan difícil, al escoger que su pareja sea siempre más alta o mayor que ellas, por ejemplo. “La mayoría de las francesas desean tener por marido a un hombre mayor que ellas y que además, lo cual es totalmente coherente, sea más grande que ellas, en cuanto a lo referente al tamaño”5.
Atrapadas en esta sumisión hechizante, característica de la violencia simbólica inscrita en las capas misteriosas de la carne, las mujeres renuncian a “los signos comunes de jerarquía sexual” (“les signes ordinaires de la hiérarchie sexuelle”), tales como el envejecimiento y un cuerpo que engorda. Bourdieu insiste en que solo comprenderemos cuánta fuerza implican esta “violencia simbólica” y su embrujo si tenemos en cuenta esta conexión entre unas instituciones serias y la industria, aparentemente frívola, de la belleza” 6.

Bordieu insiste en lo importante del matiz de “simbólico” del concepto clave que lleva ya décadas intentando introducir con gran tesón en los análisis de mercado, al referirse a “l´économie des biens symboliques”, donde se distancia tanto del discurso económico estrictamente materialista como del etnográfico, al introducir la subjetividad de los actores allí donde los intercambios tienen que ver con la relación de dominación y que explica el carácter mágico de la obediencia de las mujeres a los códigos cosméticos y de la moda, tan constrictivos.
“Al tomar la palabra “simbólico” en uno de sus sentidos más comunes, quizá pueda pensarse que subrayar la “violencia simbólica” sea minimizar el papel de la violencia física y (hacer) olvidar que existen mujeres golpeadas, violadas y explotadas, o, lo que sería peor aún, disculpar a los hombres que recurren a esta forma de violencia. Evidentemente, no es esa mi intención. Al entender el adjetivo “simbólica”, como opuesto a “real” o “efectiva”, podríamos suponer que la violencia simbólica es una violencia puramente “espiritual” y, en definitiva, sin efectos reales. Esta es la distinción ingenua, propia de un materialismo primario, que la teoría materialista de los bienes simbólicos (en cuya elaboración llevo trabajando ya varios años) trata de destruir, suplantándola por la objetividad de la experiencia subjetiva de las relaciones de dominación. Otro malentendido consiste en creer que la referencia a la etnología, cuyas funciones heurísticas he tratado de exponer aquí, es supuestamente un medio de restaurar, bajo una apariencia científica, el mito del “eterno femenino” (o masculino) o, aún más grave, de eternizar la estructura de dominación masculina al describirla como invariable y eterna. Por lo tanto, lejos de afirmar que las estructuras de dominación son ahistóricas, trataré de establecer que son, más bien, el producto de un trabajo incesante (por lo tanto, histórico) de reproducción al que contribuyen los agentes particulares (esto es: los hombres, con armas como la violencia física y la violencia simbólica) y las instituciones (familia, iglesia, escuela, Estado)”7.

En cuanto entendí cómo funciona esta sumisión mágica empecé a sentirme bastante aliviada porque los ayatolás conservadores aún no tienen ni idea de su existencia. Si así fuera, no dudarían en pasarse a estos métodos sofisticados, pues resultan mucho más eficaces a la hora de impedir el avance de la igualdad entre los sexos. Prohibir que coma todo lo que desee y que me harte de tagine (mejor si es en cazuela de barro, con lo que la carne y la verdura pueden estar cociéndose durante horas sobre un fuego de carbón) sería, sin duda alguna, la mejor manera de paralizar mi capacidad pensante.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, El baño turco, 1862. Museo del Louvre, París.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, El baño turco, 1862. Museo del Louvre, París.

Tanto Naomi Wolf como Pierre Bourdieu han llegado a la conclusión de que hoy por hoy los códigos basados en el físico paralizan la capacidad de las mujeres occidentales de competir por el poder, por mucho que parezcan abiertas las posibilidades de acceder a la educación y a mejoras salariales. “Una obsesión cultural con la delgadez femenina no tiene nada que ver con obsesionarse con la belleza femenina” explica Wolf. Es más bien “una obsesión con la obediencia de las mujeres. El sometimiento a regímenes alimenticios es el sedante político más potente de la historia de las mujeres; una población silenciosamente trastornada es una población muy fácil de manejar”8. Wolf afirma que las investigaciones han “confirmado lo que la mayoría de las mujeres ya sabían de sobra: que la preocupación con el peso conduce a un “colapso virtual de la autoestima y del sentido de la efectividad” y que (…) una “restricción calórica prolongada y periódica” resulta en una personalidad especial, caracterizada por “pasividad, ansiedad y cambios emocionales bruscos”9. De modo similar, Bourdieu, que se ha dedicado más bien a desentrañar cómo este mito graba a fuego sus inscripciones sobre la piel misma, llega a reconocer que el estar constantemente recordándole a una mujer en un espacio público su apariencia física la desestabiliza emocionalmente, debido a que la reduce a mero objeto de exposición.

“Al confinar a las mujeres al status de objetos simbólicos que siempre serán mirados y percibidos por el otro, la dominación masculina (…) las coloca en un estado de inseguridad constante. (…) Tienen que luchar sin cesar por resultar atractivas, bellas y siempre disponibles”10.

 

Al sufrir dicho estado de congelación como objeto pasivo cuya mera existencia depende de la mirada de su poseedor, las mujeres occidentales de hoy, con estudios y formacióon, se encuentran en las misma tesitura que las esclavas de un harén.
-¡Gracias, Alá, por ahorrarme la tiranía del harén de la talla treinta y ocho! -murmuraba sin cesar, en mi asiento del vuelo entre París y Casablanca. Estaba deseando llegar a casa-. Menos mal que el profesor Benkiki no sabe nada de tallas. Y, menos aún, de la talla treinta y ocho. ¡Qué espanto si a los fundamentalistas les diera por imponer no solo el velo, sino también la talla treinta y ocho!

¿Es posible organizar una manifestación política creíble y salir a las calles a protestar y gritar que se nos han pisoteado los derechos humanos porque no es posible encontrar la falda que una busca?

Escena de un harén, madres e hijas. Foto datada entre 1875 y 1933. Brooklyn Museum

Escena de un harén, madres e hijas. Foto datada entre 1875 y 1933. Brooklyn Museum

1,2,3,8 y 9 Naomi Wolf, The Beauty Mith How Images of Beauty are Used Against Women, Nueva York, 1991.
4,5,6,7 y 10 Pierre Bourdieu, La domination masculine, 1988.

Fuente: Fatema Mernissi,El harén de las mujeres occidentales es la talla 38 (Capítulo 13).El harén en Occidente, 2000.

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