Grisura

Un matiz que suaviza el rotundo negro.

©Yolanda Jiménez (fotografía)

Negro como el alma de luto.

Luto de alivio, igual a gris.

Gris como nombramos a la tristeza de algunos días.

Días, años (51) en los creía reconocer la ausencia.

Ausencia que me impone inventarme nuevas formas.

Formas de aprender a sentirte.

Sentirte y confiar en mis recorridos.

Recorridos tantas veces y ahora todos nuevos.

Nuevos como la ropa de los domingos.

Domingos de lavar en el rio y de pollo con arroz.

Arroz con leche, natillas y flanes con aroma de caramelo.

Caramelo de azúcar quemado, negro.

Negro y líquido en el fondo del molde.

Molde que de tantos flanes y domingos cambió el color de su fondo

por una grisura inexacta.

Inexacta como yo misma hoy, empezando diciembre,

acabando el año,

a casi ocho meses de tu muerte.

©Yolanda Jiménez

Todo lo que no existe

 

El alma no existe

Dios no existe

El demonio no existe

La realidad no existe

La física cuántica, los universos paralelos,

no existen

El pecado no existe

Los sueños no existen

El tiempo, la luna, los planetas, no existen.

A veces yo tampoco existo.

 

– Yolanda Jiménez  –

Vuelo que no conoce el perdón

(Verso de Juan Gelman)

Otra vez los yunques repiquetean

en la casa del padre

Los muros mudos, el mundo cordial.

Hay un clima de acero,

un arado que huele a fragua.

Los puños claveteados son domingos de abril

la voz cavilando el miedo cada noche.

Los aullidos parecen espinas sobre un espejo real.

Una imagen ronda entre mis sueños de acequia

donde lavar mis primaveras.

Son campanadas lejanas

perdidas en el olvido.

 

– Yolanda Jiménez –

 

Llega el tiempo

Llega el tiempo, decías cada marzo

cuando volvías a abrir la casa tras el invierno.

Llega el tiempo, decías,

para preparar la tierra,

para sembrar el huerto.

Los fréjoles por San Isidro,

las patatas, en abril,

los ajos en el menguante de diciembre,

el trigo, la cebada, el centeno, en octubre,

las calabazas en mayo.

Llega el tiempo, ese tiempo

mesetario, de veranos escasos

con madrugadas de rocío,

con inviernos de 10 meses y escarchas perennes.

Tiempo de heladas tardías

que queman los brotes en junio.

Llega el tiempo de andar el camino,

decías cada domingo por la tarde,

cuando nos despedías, repartiendo

embutidos, quesos, verduras, mantecados,

 pan, perrunillas, higos, aceitunas, leche,

patatas, huevos, propinas, besos.

Todo te parecía poco para llenarnos las bolsas,

para asegurarte de que llenábamos nuestras despensas,

en nuestras cocinas de la ciudad.

Llega el tiempo de los días largos, de las noches cortas,

de las tormentas por San Juan,

de recoger el heno y picar el sol.

Tiempo de cosechar los ajos por San pedro

y de sacar las patatas por San Miguel.

Tiempo de preparar la estufa por Santa Teresa

y cocer castañas con anises por Los Santos.

Tiempo de tus recuerdos de infancia,

de la matanza por San Martín,

de las rosquillas por tu cumpleaños,

de tu aniversario de boda en marzo,

de veranos y nietos.

Tiempo de cuidarme en mis tiempos tristes.

Tiempo de hacer jabón, de coser,

del ganchillo, de tejer patucos.

del membrillo y del pisto.

Tiempo de impotencia.

Tiempo de médicos y hospitales.

Llega el tiempo, decías

con la sabiduría de tu semblante,

con el aplomo de tu voz,

con la fuerza de sostenerme.

Llega el tiempo.

Llegó el tiempo de tu viaje.

Llega el tiempo de tu ausencia,

Llega el tiempo.

Te echo de menos, amada MADRE.

©Yolanda Jiménez. 16 de mayo de 2021. Un mes desde tu marcha.

©Yolanda Jiménez

Le devuelvo la sonrisa a la muerte

 

Esta mañana la he visto,

©Yolanda Jiménez

ha entrado en mi cocina

y se ha hecho café;

Ha ojeado mis libros,

me ha observado mientras me duchaba,

se ha instalado en mi sofá;

parece que está cómoda.

Yo la he mirado fijamente,

le he dicho que se marche

o que se haga invisible.

No quiero sentir su presencia.

Ella solo me ha sonreído

y se ha quedado en silencio.

He oído sus pasos

alejándose escalera abajo.

Me he asomado a la ventana

Para devolverle la sonrisa.

 

©Yolanda Jiménez 

Elogio de la inversión

Los años se suceden

y pierden el sonido.

Conservo algunas huellas

en el ticket de mi vida:

mi primer trabajo,

mi primer sueldo,

mi segundo, tercer y compañero de vida, trabajo.

Algunas clases particulares,

mis primeros amigos,

un curso de mecanografía,

el primer beso,

mi primer viaje, una chupa de cuero,

un equipo de música con reproductor de CDs,

un concierto en un estadio,

un vestido de fiesta,

una carrera universitaria,

un curso de inglés,

un viaje a la India,

otra carrera universitaria,

el carnet de conducir

mi primer coche,

el alquiler de un estudio donde aprendí a vivir sola,

una cama, un biombo,

una estancia en una universidad de París,

una cena con mis padres,

muchas cenas con mis padres,

un ordenador,

un crédito hipotecario

un postgrado en terapia,

muchos encuentros personales,

un retiro espiritual,

clases de yoga,

diez días de silencio,

un filtro carísimo para el agua

una reforma en mi baño

una escuela espiritual,

una reforma en mi cocina,

reorientar mi dieta vegetariana

el camino de Santiago,

un desmayo del que conservo una cicatriz,

muchas madrugadas,

muchas conversaciones,

mucho tiempo compartido,

la intensidad de la vida cultural una época,

las universidades de verano,

las salidas a la montaña,

regalarme un viaje a Barcelona con mi padre

ver su cara ilusionada en su primer vuelo

mil días de compras con mi madre,

regalarme un viaje en globo con mi padre,

un cuento que escribí y narré para mi madre,

un taller de poesía,

un viaje por Escocia acompañada de mi mochila,

la subida al Ben Nevis en solitario,

mi primer libro publicado,

los amantes que me amaron,

los amantes que amé,

mi corazón radiante,

el amor que regalé,

mi corazón roto,

el amor que recibí,

los paseos en bici con mi padre,

un libro que he creado y coordinado,

mis dibujos expuestos,

el tesoro del tiempo infinito de mi infancia,

el aroma a hogar,

la inmensidad del Himalaya,

los regalos que hice y me hice,

una puesta de sol en La Atalaya,

los orgasmos infinitos,

un hombre en bicicleta,

la ternura de muchas caricias,

el artista a mi lado,

las lágrimas compartidas,

las lágrimas solitarias,

el aire que respiro,

la alegría de mis ilusiones,

el color de unos ojos,

lo que no cabe aquí,

la mujer que soy.

Yolanda Jiménez

©Yolanda Jiménez

Micropoemas

*Hay una mezcla

que llena mi tarde.

La Poesía de este otoño

es de invierno incierto.

*En la ignorancia de no verme

no necesitaba espejos,

pero de tan curiosa desidia

me he convertido en reflejo.

*Libre y libertina

quise ser un pájaro

o una pájara

y volé horizontes inmensos.

Ahora reinvento mis alas.

©Yolanda Jiménez

Muro contra la sombra

 

©Yolanda Jiménez

Es alegre esta melodía

descubierta en un libro del desván,

junto al pincel ajado de alguna reflexión.

Es extraña la tonalidad de la pared,

como un color inventado,

como un rostro de ladrillos abandonados.

Al otro lado de la sombra,

hay un lucido muro

y una fachada hermosa

en la mitad del bosque,

quizá dormido de hechizos.

 

©Yolanda Jiménez.

200 gramos de versos

 

Se pesan en una báscula esdrújula,

©Yolanda Jiménez

son escurridizos o pegajosos,

agudos o equiláteros.

Son inexactos,

lo mismo rebosan los bordes

que se hacen diminutos.

En silencio o cantarines,

son mi medida perfecta.

 

@Yolanda Jiménez

 

Poema divergente.

 

Él y sus asuntos

©Yolanda Jiménez

Ella y sus frentes
Él hermético
Ella sensible
Ella era un cuaderno de mil hojas
Él vivía para sí mismo.
Ella era valiente
Él era huidizo
Ella viajera
Él estático
Ella soñadora
Él normativo
Ella curiosa. Ella aprendía
Él y sus costumbres
Ella arriesgaba
Él permanecía en su círculo
Ella cariñosa
Él gélido.
Ella había soñado apoyo
Él no era empático
Ella.
Él.

©Yolanda Jiménez

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