Pareja y /o felicidad

 

La pareja es un buen lugar para que, si se dan algunas condiciones, uno pueda experimentarse feliz. Pero buscar la felicidad en la pareja o buscarla en el dinero o buscarla en la fama o buscarla en el conocimiento parece un poco falaz… No parece que la felicidad esté aquí o allí, en ningún lado o zanahoria concreta. Algunas personas que experimentan una cierta felicidad estable la describen más bien como un  estado interior, fruto de saber estar con ellas mismas, de saber abrazarse con todo lo que la vida les trae. Fruto de una búsqueda y de un encuentro con el ser esencial que reside en cada uno, como una vibración, una nota, un aroma. Hay una plenitud que es independiente de si tenemos o no pareja y de cómo nos va en pareja, así que no es la mejor apuesta buscar la felicidad en la pareja y tampoco sería muy adecuado acusar de nuestras desgracias a la pareja. Aunque claro, somos mamíferos, y como tales necesitamos contacto, relaciones, vínculos, y pertenencia. El aislamiento no es mamífero, ni natural. Es importante que sepamos y podamos estar solos, pero la ausencia de vínculos o de amores significativos no resulta tan rico. La pareja se puede experimentar como un camino grato, de desarrollo, de creatividad y apertura a la vida, a veces de plenitud y de encuentro, de intimidad y de hondura en la sexualidad. Cuando se reúnen algunos ingredientes como estos, nos experimentamos felices o colmados, o regocijados si se quiere, y logramos incluir los momentos complicados y difíciles que ocasionan los desencuentros en la pareja o algunos retos de crecimiento o de la vida. En sí misma la pareja no está pensada para que automáticamente dé la felicidad. Una pareja está pensada para crear vida, para compartir, para un camino de compañía e incluso de crecimiento, para la intimidad y a veces insisto nos experimentamos felices en ella, sí.

Joan Garriga

Poema para un indeciso

 

“INDECISIÓN”

 

No quiero que te vayas,

ni que te quedes.

Quiero tan solo…

No quiero nada.

¡Lo quiero todo!

 

 

 

Deja ganar a quien juegue a perderte

 

Los encuentros con las personas que nos cruzamos nos aportan un continuo aprendizaje. A veces, no somos capaces de reconocerlo  y necesitamos que pase el tiempo para encontrarle un sentido. A veces la intensidad de un momento puede deslumbrarnos. Se dispara la fantasía y nos sumergimos en un lago salado. Nos mece entre aguas cálidas, sin esfuerzo, a flote, sobre el gozo de sentir una plenitud efímera. El cerebro se inunda de de serotonina y de todas las “inas”. Es importante prestar atención a nuestra intuición, a nuestro eje. Buscar el tiempo de estar con nosotros mismos, en una comunicación íntima. Mantener el equilibrio. Desde ahí, desde la honestidad con nuestro ser interior, podemos contemplar con perspectiva. Aceptar los regalos que la vida nos ofrece y dejar pasar lo que no nos corresponde. Saber retirarse y seguir el apasionante camino de la xistencia. Con los ojos de la curiosidad. Con la calma de lo vivido. Con el agradecimiento del intercambio. Con dignidad.

A continuación comparto una reflexión encontrada en la página http://www.mujer.guru  sobre dejar pasar:

 

“Deja que gane a quien juega a perderte regalándote un amor con sabor a egoísmo. Quien juega a quererte solo para saciar sus vacíos emocionales, permite que gane también ese mismo premio: tu adiós. Porque quien juega contigo no te merece, y si hay algo que nunca debemos perder en ese tablero, es la dignidad.” 

Existe un libro muy interesante realizado por los neurólogos Amir Levine y Rachel Heller titulado “La nueva ciencia del cerebro adulto: cómo encontrar pareja” que nos explica algo muy revelador sobre este mismo tema.El cerebro de las personas está programado para buscar y recibir apoyo. Necesitamos seguridad afectiva en cada uno de nuestros vínculos, ya sean familiares, de amistad o de pareja.

“Tuve miedo de perder a alguien especial y termine perdiéndolo ¡pero sobreviví! ¡Y todavía vivo!”
-Charles Chaplin-

Ahora bien, a pesar de que a muchos no les agrade el siguiente término, a nivel neuronal existe una clara evidencia: el ser humano es “emocionalmente dependiente”. Sin embargo, no hemos de ver esta dependencia como un anclaje total y absoluto hacia una o varias personas. Hablamos de nuestra necesidad por sabernos amados, por dar por sentado que vamos a ser respetados y que podemos contar para cualquier cosa con ese ser amado.

Construir una relación basada en un juego de fuerzas donde hay uno que siempre gana, duele. A su vez, contar con una pareja “adicta” a hacer promesas que no cumple o a ofrecer un amor siempre interesado, quien primero se resiente es nuestro cerebro: aparece el estrés. Es una reacción biológica instintiva que nos alerta de que hay algo que no va bien.

Se acaba de fragmentar en nuestro interior ese esquema donde dábamos por sentado algo tan elemental como que quien te quiere, te respeta, quien te ama te ofrece apoyo, cercanía y seguridad. Si no sentimos esto, sino lo percibimos, entraremos de inmediato en un ciclo marcado por la desconfianza, la vulnerabilidad y la ansiedad.

 

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El amor como sistema y juego de fuerzas

Todos sabemos que el éxito de una relación depende de muchos factores, pero uno de ellos es sin duda la capacidad de ambos miembros para dar y recibir apoyo. Si uno de los dos no se involucra o deja las necesidades del otro en segundo plano, la relación irá lentamente a la deriva.

Ahora bien, por curioso que nos parezca, este tipo de realidades no son tan fáciles de ver. En ocasiones, juegan con nosotros y no nos damos cuenta, nos usan como peones de un tablero donde hay un rey o una reina implacables que van devorando una por una, todas nuestras ilusiones, todas nuestras esperanzas y fortalezas. Según la teoría de sistemas aplicada al campo emocional, esto ocurre por unos factores muy concretos.

Cuando dos personas se unen en una relación se crea algo mucho más grande que sus dos miembros. Es un sistema, es como una esfera llena de complejas dinámicas que nos trascienden y donde a su vez, también nosotros le conferimos unas características a veces “demasiado” ideales. Nos decimos a nosotros mismos que esa relación es la definitiva, que va a ser perfecta y que juntos, vamos a crecer como personas además de como pareja.

Energy Sphere

Mantenemos este tipo de creencias y de diálogo interno porque nuestra mente así lo necesita: ansiamos sentir seguridad afectiva y psicológica. Sin embargo, día a día ese sistema perfecto va enturbiándose con pequeñas pero implacables dinámicas y serios embistes, como el desprecio, la decepción, el chantaje emocional…

Pocas personas suelen reaccionar a la primera al ver y sentir estos primeros golpes. El cerebro está programado para la resistencia al cambio, y hará uso de razonamientos poco adecuados como “esto es temporal”, “seguro que cambiará”, “si me quiere se dará cuenta de que me está haciendo daño”.

Si embargo, el sistema que nos contiene se debilita día a día hasta que se derrumba como un castillo de naipes. Hemos de ser capaces de irnos a tiempo para no convertirnos en las cenizas de un triste ensueño, de un juego implacable donde fuimos los perdedores.

Quien te quiere, no juega contigo: la inmadurez emocional y el amor como juego

En el libro citado al inicio de los neurólogos Amir Levine y Rachel Heller nos indican que las personas emocionalmente inmaduras son las que suelen entender el amor como un juego. Son perfiles que reaccionan solo ante la novedad del momento, ante la gratificación inmediata y a la necesidad de satisfacer las propias necesidades.

“A veces perder es ganar y no encontrar lo que se busca es encontrarse”
-Alejandro Jodorowsky-

No dudarán en alcanzar la Luna por ti solo si tú les ofreces el Sol. Te harán promesas cuando son felices y te culpabilizarán de todos sus problemas cuando se sientan frustrados. Ahora bien… ¿por qué en ocasiones llegamos a enamorarnos de personas con este tipo de personalidad? No hay una razón concreta, podríamos decir que nos atrae su intensidad, su dinamismo o el que en ocasiones, nos busquen como quien necesita aire para respirar.

mariposas alrededor de perilla de luz representando a quien juega a perderte

No debemos dejarnos engañar. El amor no es un juego, y quien juegue a perdernos, debemos permitir que ganen, es lo mejor que podemos hacer. Porque al fin y al cabo también nosotros saldremos triunfantes: habremos ganado en dignidad, en autoestima y en valentía.

No podemos olvidar que la madurez emocional se define también por nuestra capacidad para saber observar la realidad de las cosas y saber actuar ante ellas, aunque nos duela, aunque se nos parta el corazón durante un tiempo. La satisfacción de haber actuado como debíamos hará que nos repongamos antes de lo que pensamos.

 

 

Una mujer que se ama

 

¿Por qué un hombre ama a una Mujer que se AMA?  

1. El hombre ama a la mujer que no depende de él emocionalmente.

2. Un hombre valora y agradece que la mujer pueda hacerle ver sus errores cuando estos son expresados desde una posición no humillante ni castrante; y la mujer que se ama a si misma no necesita hacerlo desde esta perspectiva.

3. Un hombre sano valora que la mujer se haga responsable de su propia calidad de vida, en términos de salud física, emocional y mental. esto no significa que este hombre se aleje hacia la indiferencia, por el contrario, su deseo de proteger y servir a lo que ama se incrementa.

4. Un hombre sano valora y agradece la inteligencia emocional de una mujer, esta inteligencia emocional se eleva exponencialmente en la mujer que se ama a si misma.
5. Las polaridades masculina y femenina, entre mas definidas están generan mas energía de atracción.

6. Una mujer que se ama a si misma desarrolla altos niveles de sensibilidad, acompañados de altos niveles de inteligencia; el hombre se siente atraído y admira dicha combinación de virtudes.

7. Una mujer que se ama a si misma no da para después obtener, por lo tanto lo que da es honesto y transparente. El hombre confía sus sentimientos a esta mujer.

8. El mayor placer de un hombre es proteger y servir a lo que ama, y una mujer que se ama a si misma no se siente amenazada de merecer y recibir esta protección.

9. La mujer que se ama a si misma tiene confianza en si misma, por lo tanto su capacidad para reconocer y admirar al hombre, en 1er lugar: por lo que es, en 2º lugar por lo que hace y en 3er lugar por lo que tiene, es un hombre que se siente amado. El hombre que se siente amado incrementa de manera importante su nivel de compromiso y responsabilidad.

10. La mujer que se ama a si misma pasa del conocimiento a la sabiduría, en donde sabe decidir con asertividad, cuando ser prudente, cuando poner uno o mas limites y cuando dejar que la experiencia tome su propio tiempo. El hombre ama a esta mujer ya que le provee crecimiento personal, libertad y sensación de aceptación.

Dr. Lee

Crónica de un abandono. Reflexión y despliegue

Me pesa una sensación de pérdida, de abandono, de incomprensión, de que me quedo a medias, sin explicación. Algo me pasa con los abandonos de algunas personas que pasaron por mi vida y se marcharon. Un paso intenso, lento y una marcha rápida. Me quedé con la sensación de que no hubo cabida para resolver, para hablar y expresar, para la escucha, para la comprensión. Aquí hay algo sutil que me impide quedarme satisfecha.

Cuando alguien se marcha sin palabras, queda silencio e incertidumbre. Deseable haberlo trabajado de una forma más profunda. ¿Se puede evitar tanto dolor? Sentirse acusada, juzgada, ignorada. Sin espacio para expresarse. Sin ser tenida en cuenta. Roles fantasmas planean el espacio: un rol de miedo al vínculo provoca la huida del que se va; Un rol de miedo a la pérdida, la tortura del que se queda. Silencios y porqués. Sin miramientos. Oscuridad. Incomprensión. Abismo.

COLUMPIO CORAZON

Cuando el otro tiene dificultad para ser claro, puedo perderme en la ambigüedad. Es probable que el que se marcha se sienta ofendido, incluso dolido. Sin espacio para la expresión. La incomunicación alimenta la distancia.

¿Y yo?, ¿Dónde queda mi dolor?, ¿Qué hago con el?, ¿Qué puedo aprender?

 

Aquí hay dos procesos: estoy aquí implicada pero también para aprender, consciente de lo que pasa. Lo que acontece, acontece:

  • Hay un nivel: del hacer, lo que pasa.
  • Hay otro nivel: lo que hacemos.

 

Aquí ocurrió algo perturbador que es el foco, pero quizá no es para mí. El proceso necesita hacerse presente poco a poco. Cada uno ha de hacerse cargo de su dolor, como adulto.

Si la persona que se va, asume su responsabilidad, el poder y la decisión, todo va bien, Sino, no queda limpia la separación. Si el que se va, pone la responsabilidad fuera, en los otros, se dificulta la separación.

A veces la agresión viene por lo no dicho. Cuando me expreso exigiendo,  incluso de manera silenciosa, de forma evitativa, no dejando espacio al otro para que se exprese, estoy agrediendo.

También  puede ser lo evitado como seducción. En ambos casos, hay una doble manipulación expresada desde lo dicho y desde lo evitado. Hay una parte consciente y otra inconsciente.

  • “No me digas esto”: es una orden. Yo soy victima.
  • “A mi no me gusta eso que me dices”: es lo que me pasa a mi.

Si tu mandas o exiges al otro, estas agrediendo. Tú te sitúas en un nivel desigual al que me sitúas a mí y esto también es un fenómeno de campo. Me ves desde otra altura. Hay una perspectiva que te da poder.

Exigencia/culpa son dos extremos de la misma polaridad. Debajo de la exigencia hay una culpa, precisamente por no satisfacer las exigencias de todo el mundo.

Nadie que no este perseguido se convierte en perseguidor. Los roles se aprenden. La relación exigencia/culpa no te deja ser libre. Es un juego y en todos los juegos, los roles son intercambiables.

EL PASADO

Cuando no hay límites claros, hay sometimiento por ambas partes. Esto es el emergente (culpa, dominio, sometimiento). Recojo esto.

A una “buena victima” no le proponemos una salida. No es el dolor, es el poder lo que está pendiente, lo que esta en juego.

¿Qué tendría que ver el abandono con el dominio, la sumisión?

 

Yo soy libre de estar donde estoy. Y me merece la pena. Pago un peaje. Mientras estás (con alguien, o en algún sitio), te vale. En este sentido, es interesante explorar las polaridades propias.

Cuando estamos más expuestos, somos más fuertes, con más recursos para defendernos.

 

La perdida y el abandono que expresé  al principio del texto (no me siento recogida, me siento abandonada,) es el emergente. Tiene que ver con que hubo una marcha y con el conflicto triangular: Tú, yo, otras personas, grupo.

Aquí hay una relación de unidad. En el todo, hay una parte que no tenía su sitio y la integro. Si tengo angustia, puedo mirar: El cuerpo físico es como el campo social y como el campo “ello”. Es una cuestión de lo común universal.

Integramos la escucha. Si en un lugar integramos las partes,  la situación cobra sentido. No es aceptar, es lo que “es”. Darle un vistazo a todo lo que hay proporciona una perspectiva amplia.

Es importante evitar juicios. Es importante el respeto al misterio que hay detrás de cada opción.

 

Siento un profundo respeto hacia la elección del que se va. Me pregunto como me quedo yo. Intento sentirme y no hacer culpable al que se va. Pongo el acento en conectarme conmigo, con lo que  a mi me provoca esto. Aceptar que quien se va, lo hace a su manera, no según mis expectativas.

Con el duelo llega la aceptación. ¿Dónde quiero estar? No seré un obstáculo en el camino del otro. ¿Qué elijo para mi?, ¿Cuál es mi camino?

 

Yolanda Jiménez

 

 

 

 

 

 

“Trascendencia”. Un poema para ti

 

TRASCENDENCIA

 

Busco el espejo de tus pupilas verdes.

Una profundidad misteriosa me atrae hacia un abismo

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Dibujo: Juan Peláez

Imaginado de caricias y desbordes

Exploro el límite de mi existencia

Vibra mi piel bajo tus besos de susurros narrativos.

Acaricias  mi  melodía de partículas dispersas

Infinitos universos ensanchan mi alma.

Espiral de energías trasciende emociones

Aparece la mujer. Eres hombre.

Sutil imán de otra dimensión intuida

En sublime camino compartido

 

Yolanda Jiménez.

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“Te quiero sin saberlo” o el amor “Con-sentido”

Muchos hombres, neuróticos obsesivos, se protegen  mediante “enredos laberínticos”, ya que “a la hora del amor temen ser devorados por un Otro que desea”; así “evitan encontrarse con la mujer de sus deseos o quizá de sus sueños”. Por : Carolina Rovere

La histeria se queda con las ganas en el amor, sosteniendo siempre que existe una mujer que las tiene todas; y el obsesivo sufre en secreto haciendo de su vida un via crucis permanente que hace imposible acceder al objeto que causa su deseo. Y, como la dimensión amorosa se teje en la trama misma de la neurosis, el problema del amor siempre se presenta con la modalidad típica de la histeria u obsesión. ¿Pero por qué el amor es un problema? Amor y castración van de la mano: el amor implica siempre un encuentro con la propia falta; “Me haces falta”, se dicen los enamorados. Y esto en los hombres tiene una relevancia sustancial: reconocerse en falta es feminizarse.

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En realidad, la posición frente al amor es siempre femenina: así, representa una dificultad mayor para hombres que para mujeres, aunque éstas no se quedan muy atrás, sobre todo en estos tiempos en donde encontramos una tendencia creciente a la virilización en el mundo femenino, tal como lo sostiene Lêda Guimaraes (“El estatuto de la feminidad en nuestros días”, en Revista Logos Nº 7, Buenos Aires, Grama Ediciones, 2012). Un hombre que se asume enamorado corre un alto riesgo: castrarse. Cuando el hombre, tocado por el amor, no puede tolerarlo, suele ponerse al reparo permaneciendo en una posición que lo resguarde. Protegerse contra los riesgos que ocasiona enamorarse es una respuesta típica en los hombres, y la coraza protectora puede adquirir múltiples modalidades de presentación.

Una de ellas es el cálculo: es una situación muy común y la encontramos en el conjunto de argumentos que los hombres construyen para no involucrarse con una mujer que, sin embargo, les interesa. Es muy probable que el cálculo sobrevenga cuando ya el hombre ha sido tocado por una mujer que le importa, aunque también se puede ubicar previamente, en la serie de pensamientos que –con muy buenos argumentos, tal vez los mejores, para abonar la idea de mantener distancia– impiden el acceso a ella. Esto da como resultado que él no pueda llamarla ni decirle nada o mostrar algún signo de interés. Esta actitud tiende a alejar a cualquier mujer que pretenda tener una relación estable con un hombre, ya que abona en ella la idea de no ser deseada.

El obsesivo va en el sentido contrario al objeto que causa su deseo. Bernardino Horne lo ha formulado con precisión al afirmar que “La neurosis obsesiva es una burocratización de la fobia”. Es una manera clara y certera de presentar a la obsesión hermanada con la fobia: un disfraz de enredos laberínticos que preservan al sujeto del encuentro con la falta. Pero, ¿cuándo se precisa una fobia? La fobia se instaura cuando el sujeto se encuentra con una falta que tiene para él estatuto de abismo, es decir de ilimitado; el peligro es perder el ser bajo el signo del fantasma de devoración, como enseña Lacan en el Seminario “La relación de objeto”. A la hora del amor, el obsesivo teme ser devorado por un Otro que desea. Por eso le resulta mucho más fácil someterse a cualquier requerimiento que se imponga dentro de los cánones de la demanda y evitar encontrarse con la mujer de sus deseos o quizá de sus sueños.

Otra forma en que esta caparazón se presenta es la de lo efímero. Es muy frecuente en las relaciones hoy en día, donde abundan los encuentros ocasionales, el acceso rápido, lo pasajero y lo fácilmente olvidable. Son todas formas de preservarse o de no involucrarse en una relación donde el deseo esté comprometido. Tal vez sea ésta la nueva vestidura del anacrónico “don Juan”, posición viril o masculina que hoy encontramos tanto en hombres como en mujeres.

Y también está el rechazo; éste suele presentarse bajo una modalidad renegatoria: hacer como si nada hubiera ocurrido y afirmarse en la convicción de que la vida puede seguir perfectamente bien, igual que antes. Lo que está renegado en este caso es el acontecimiento amoroso. Alain Badiou es quizá quien lo explica de la mejor manera: “El amor se inicia siempre con un encuentro. Y a este encuentro yo le doy estatuto –de alguna manera metafísico– de acontecimiento, es decir, de algo que no ingresa en la ley inmediata de las cosas”; “El encuentro entre dos diferencias es un acontecimiento, algo contingente, sorprende. Las sorpresas del amor” (Alain Badiou, Nicolás Truong, Elogio del amor, Paidós, 2012). El movimiento renegatorio es un empeño en no dar lugar, porque, como dice Badiou, el acontecimiento como tal no ingresa ni encaja en la ley inmediata de las cosas, es decir en nuestro mundo previo. Por eso un encuentro-acontecimiento divide el tiempo en un antes y un después. Muchas veces se requiere de gran coraje para asumir los efectos de ese encuentro que altera lo preestablecido, cambia el programa calculado de antemano.

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Pero vayamos ahora al “seguro contra todo riesgo”, expresión que también emplea Badiou en esa obra. Muchos hombres, y también mujeres, intentan hacer del amor un lugar de seguridad absoluta, donde el riesgo sea cero. Intentan construirse un modo “seguro” de vincularse que, a los seres atravesados por la sexuación, los proteja de la posibilidad de enamorarse. “¡Tenga el amor sin el riesgo!”, “¡Se puede estar enamorados sin caer en el amor!” “¡Usted puede enamorarse sin sufrir!”, ironiza Badiou. Bien sabemos que el amor riesgo cero es otra cosa que amor.

Veamos un caso: se trata de una relación que pareció funcionar durante años sin ningún compromiso de ambos. Se llamaban semanalmente o quincenalmente, por lo general muy tarde: así no se daba lugar a ningún programa sino como si fuera algo espontáneo, que se da cuando se da. El problema se suscitó cuando ella empezó a darse cuenta de que él le importaba. Entonces las cosas cambiaron radicalmente para ambos. Cuando ella advirtió que comenzaba a involucrarse mucho, le dijo a él que iba a alejarse, y el hombre la dejó ir. El no pudo-no quiso asumir compromiso alguno con su deseo. Este caso de la clínica es bastante común, y seguramente puede despertar distintas resonancias de situaciones similares. Es muy frecuente en hombres casados, que se vinculan con otra mujer “aclarando”, de antemano, que no van a llegar muy lejos en un compromiso, pero después se verifica que la relación llegó muy lejos en el tiempo, en la frecuencia y en la calidad de los encuentros. ¿Cómo se puede decir a priori cómo uno se va a manejar con un amor? ¿Cómo calcular anticipadamente los efectos que va a tener el Otro sobre uno?

¿Qué es una mujer?

¿Qué es, para un hombre, una mujer? En el Seminario “RSI”, Lacan formula la pregunta así: “¿Qué es una mujer, para quien está estorbado por el falo?”. Y contesta: “Es un síntoma”. Sabemos que el síntoma es una formación del inconsciente: si una mujer entra a formar parte del inconsciente del hombre, quiere decir que él se ha sentido tocado por ella. Y esto se manifiesta en los que Freud llama retoños de la formación del inconsciente: una mujer es sueño, es acto fallido, es lapsus, es síntoma. El deseo del hombre por esta mujer es más que claro, pero hay que poder admitirlo.

Luego, en el Seminario “El sinthome”, Lacan avanza en la formulación y dice que la mujer es para el hombre su sinthome: se ubica así como el nudo que anuda a un hombre. ¡Qué lugar! Aunque es importante precisar que el sinthome, cuarto nudo que hace que lo real, simbólico e imaginario se mantengan juntos, puede adquirir distintos valores. Por ejemplo en el “caso Schreber” –sobre el que escribió Freud–, el amor a su mujer cumple una función de estabilización subjetiva; pero el sinthome es el broche que, a veces como resultado de un análisis, anuda al sujeto cuando ha podido salir de la lógica que sustenta la neurosis. En este último caso se trata del lugar más preciado que podría tener, para un hombre, una mujer.

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Con-sentir

Con-sentir, escrito así, conduce a un doble movimiento: por un lado, el consentimiento, en este caso consentir al amor; pero también la decisión de “sentir con”. Si antes hablamos de coraza, ahora se trata del coraje, como actitud necesaria en un hombre cuando una mujer se vuelve inolvidable. No todos los hombres pueden o quieren con-sentir, ya que esto implica un profundo compromiso ético. Ya sabemos que el deseo no es cómodo, cuesta, siempre se requiere pagar por él.

Cuando un hombre se dispone al amor, los efectos de alegría y entusiasmo se manifiestan rápidamente, pero cuando puede con-sentir al amor y deponer sus defensas, los beneficios son mayores, no sólo para él sino para quien elige caminar a su lado. Estos que ahora son dos diferentes pueden construir juntos un nuevo andar, que no es la sumatoria de uno más otro, sino algo nuevo que surge y se arma entre uno y otro. Uno no es siempre el mismo con cada pareja que tenga, uno es cada vez algo distinto y algo parecido, y abrirse a un nuevo amor es construir un nuevo espacio común.

Pero, para que esto sea posible, el hombre debe declinar algo de su interés fálico, es decir: feminizarse. Feminizarse en el amor no equivale a afeminarse. Feminizarse es una posición que al hombre lo enriquece y le suma virilidad. Es la decisión de con-sentir al encuentro con el otro y hacer de ese encuentro una experiencia inédita, única. Cuando el amor toca una verdad, su característica principal es la novedad.

Cuando una mujer cree en su hombre y sabe de su dificultad, puede ayudarlo, si él lo permite, a salir de su rigidez, de su armadura defensiva. Ella debe creer en él y él con-sentir a ella y a lo femenino que ella despierta en él; debe dejarse llevar por su amor. Consentir al acontecimiento amoroso, como encuentro siempre contingente, requiere una posición decidida frente al amor, que deje atrás el modo neurótico de existir

 

Por: Carolina Rovere

* Psicoanalista. Autora del libro Caras del goce femenino. Texto extractado del trabajo “Posiciones del hombre frente al amor”, que puede leerse en www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=2135.

Publicado en: www.pagina12.com.ar

 

 

 

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