El mito del instinto maternal y su relación con el control social de las mujeres

Una interesante reflexión sobre el control social ejercido sobre las mujeres, utilizando la sutileza de la naturaleza femenina: La posibilidad de crear vida manipulada en la exacerbación del instinto maternal. Un mito construido al servicio de unos intereses que coartan la plena libertad de elección de las mujeres. Unos intereses cuando menos, perversos.

Comparto un extracto del magnifico trabajo de final de grado en Psicología de Stefanía Molina:

 

“La maternidad, además, más que cualquier otro aspecto de género, ha sido sometida con insistencia a interpretaciones esencialistas y se la considera una prueba de lo «natural», universal e inalterable. Todo eso constituye las claves para fundar nuestras sospechas”. Mojzuk

RELOJ MUJER

El objeto del trabajo es responder la siguiente interrogante: ¿Cómo interviene el mito del instinto maternal en el control social de las mujeres? Esta pregunta será contestada a través de diferentes autores/as a quiénes se pondrán en diálogo, contrastando sus diversas opiniones y visiones.

El pensamiento occidental ha construido determinados fenómenos sociales como esencias, esto obstruye la posibilidad de cuestionar las prácticas y criterios en relación al género, las identidades, las sexualidades, etc. La concepción de esencia en cierta medida tranquiliza, produce la fantasía de una existencia per- se a la edificación de los roles y papeles, que los sujetos[1] habitan.

En este sentido, el mito del instinto materno trae aparejado (y se introduce) en problemáticas vigentes tales como: el aborto, la elección de la no maternidad, maternidades subversivas[2], etc. Si naturalmente las mujeres nacen con dicho instinto, saben cuál es su destino. O directamente, las mujeres que optan por la maternidad, estarán bajo la mira, sus labores serán controladas, se hace necesario ser buena madre, es paradójico, ¿No es acaso natural?

Es destacable que la verdadera mujer está asociada directamente a la maternidad. La artificidad del mito se puede ver en aquellas mujeres que deciden interrumpir su embarazo, matan a sus hijos recién nacidos, etc. Todas estas acciones aparecen tipificadas como criminológicas o antijurídicas. Es por ello que legitimar la elección de la no-maternidad se hace un desafío necesario.

El control sobre el cuerpo y la subjetividad de las mujeres se produce en el seno de un sistema patriarcal (término resignificado por Kate Millet)[3]. Diferentes instituciones sociales y tecnologías de poder se encargan de manufacturar cuerpos y mentes disciplinares. Lo primero que se asocia al pensar en seres humanos es la representación ensamblada a categorías tales como mujer/varón. Es así, que a lo que llamamos humanidad, es fácilmente reductible a una lógica binaria imperante desde la antigüedad, que se puede ver reflejada en el discurso social que establece la idea de las buenas madres, produciendo inescindiblemente a las malas madres. Las últimas no cumplen con diferentes expectativas, generando tensión, pues interpelan a las normativas de género, así como a su propia realidad.

La maternidad como construcción cultural. El género

La maternidad, tal como la concebimos en el siglo XXI, mantiene el orden social- heterosexual y legitima la “esencia” femenina que completa a las mujeres. Es una construcción cultural multideterminada que se organiza a través de normas. Éstas se establecen de acuerdo a las necesidades de los grupos sociales y se enmarcan en una época definida de su historia.

Pierre Bourdieu (citado por Scott 2008) plantea que “la división del mundo” implica “las diferencias biológicas y especialmente aquellas que se refieren a la división del trabajo de la procreación y reproducción”, opera como “las que están mejor fundadas en ilusiones colectivas”. Estos relatos establecen un control diferencial sobre los recursos materiales y simbólicos, el género se implica en la concepción y construcción del poder: “es el campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder” (Scott, 2008, p.68). Asimismo es una categoría que media entre la diferencia biológica y las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos.

El género como categoría de análisis, permite conocer complejos procesos sociales para explicar cómo se estructuran y expresan los ámbitos de lo femenino y lo masculino y cuáles son los símbolos y características que los definen y representan como construcciones culturales opuestas y simétricas. (Quezada, 1996, p.21)

El género como categoría analítica aparece en la agenda académica en el siglo XX. El feminismo que toma esta categoría, siendo el más destacado hasta la actualidad, se denominó como “la segunda ola”. Surgió en la década de los setenta’ en América Latina, y en los años sesenta en Europa Occidental y en Estados Unidos. Nace en un contexto de lucha política y cultural a nivel internacional: rebeliones anticolonialistas del tercer mundo, críticas anti-psiquiatría, revueltas estudiantiles, reivindicaciones en cuestiones de etnia, etc. Mojzuk (s.f) al hacer referencia exclusiva al feminismo y a la maternidad, dirá que:

Hoy por hoy, es difícil hacer un balance preciso de las consecuencias de las reivindicaciones feministas que datan de los años 60 y que siguen la avanzadilla de Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Con Kate Millet, las teorías freudianas quedaron cuestionadas y las experiencias vitales de las propias mujeres desmintieron lo que el psicoanálisis promulgó como características esenciales de la personalidad femenina: pasividad, masoquismo, narcisismo. Muchas de las feministas de esa época fueron tachadas de meras «reivindicadoras», con el carácter deformado por la socialización inadecuada, con su naturaleza verdaderamente femenina reprimida (…) Ni la abnegación ni el gusto por el dolor pueden formar por más tiempo la imagen de la capacidad maternal (…) Una vez más se señalaba a “las feministas rabiosas o «viriles reprimidas»” (Badinter, 1981) como incendiarias de ese calentón discursivo. (p.29)

Se hace referencia a las obras teatrales escritas por Federico García Lorca: “La casa de Bernarda Alba” (1936) y “Yerma” (1934), como ejemplos que si bien son producto de un artista en particular, no dejan de reflejar las vivencias de distintas mujeres en relación a la maternidad.

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El contexto donde se desarrollan estas historias es en España, en un momento en que la sociedad era violenta y el papel de las mujeres secundario. La protagonista de la primera obra mencionada, Bernarda (quien encarna el personaje de una mujer viuda), es un ejemplo interesante para tratar el tema de maternidad, justamente porque interpela al instinto maternal, a la ternura natural de las madres que es aparentemente histórica. Yerma por su parte es una mujer que termina siendo su propia enemiga, el sentimiento que la invade es angustia. El mandato social es que toda mujer casada debe ser madre. A medida que pasa el tiempo se va sintiendo “mala” por no lograr su destino natural, se siente “seca”, palabra que alude a la esterilidad.

Las mujeres en la actualidad deben invitarse a generar autonomía, comprender la importancia de sus elecciones y que éstas sean placenteras. En relación a ello, las dos mujeres que aparecen en las obras de Lorca, están perseguidas por los fantasmas de la maternidad y el deber ser. No se trata aquí de hablar sobre las buenas madres o malas madres, sino de la escasa decisión de estas mujeres sobre sus vidas.

 

 

Desarrollo de la historia de las mujeres y de la (s) maternidad (es)

Como es sabido, la historia representa una visión y el pensamiento de quiénes la han escrito: varones de clase media pertenecientes a pueblos dominantes erigidos según el modelo androcéntrico, referentes de los espacios públicos; mientras las mujeres de los privados, quedando al margen de todo “texto”.

Excluidas, silenciadas, invisibles, las mujeres fueron ignoradas en el ámbito doméstico y privado; también en el económico, social, político y cultural. La mayoría de las veces fueron imaginadas, descritas o relatadas en forma parcial, y generalmente a través de un intermediario porque el registro directo estuvo supeditado a su acceso a la escritura. (Guardia, 2005,p.13)

El siglo XX transita por diferentes escenarios. Los cambios producidos a nivel demográfico promueven el surgimiento de las políticas natalistas, la maternidad se ve como una obligación, como un deber biológico, se invita a las mujeres a parir y se producen medidas represivas que condenan el aborto y la anticoncepción. En relación a las últimas décadas del siglo XX, Lagarde (2013) dirá que:

Las transformaciones del siglo XX reforzaron para millones de mujeres en el mundo un sincretismo de género: cuidar a los otros a la manera tradicional y, a la vez, lograr su desarrollo individual para formar parte del mundo moderno, a través del éxito y la competencia. El resultado son millones de mujeres tradicionales-modernas a la vez. Mujeres atrapadas en una relación inequitativa entre cuidar y desarrollarse. (p. 2).

El patrón (sistema) sexo – género (concepto acuñado por Gayle Rubin) se ha encargado de diagramar cuerpos y de producir sujetos cuyos destinos pareciesen estar definidos ontológicamente según la etnia, edad, sexo, clase social, etc. Es evidente que se han diseñado las categorías sociales para que sutilmente se consiga controlar a los cuerpos (y a las mentes). No se puede dejar de tener en cuenta la violencia histórica y política con la que se ejerció el poder, siempre desde una lógica androcéntrica. Lagarde (2013), en este sentido, dirá que “cuidar es en el momento actual, el verbo más necesario frente al neoliberalismo patriarcal y la globalización inequitativa” (p.2).

La cultura patriarcal que construye el sincretismo de género fomenta en las mujeres la satisfacción del deber de cuidar, convertido en deber ser ahistórico natural de las mujeres y, por tanto, deseo propio y, al mismo tiempo, la necesidad social y económica de participar en procesos educativos, laborales y políticos para sobrevivir en la sociedad del capitalismo salvaje. (Lagarde, 2013, p.2)

Las madres responsables del futuro de la humanidad

El sistema sexo-género ha designado a las mujeres el ámbito de la reproducción biológica. El diagrama social y cultural otorga a las mujeres – madres grandes responsabilidades. El dispositivo[4] que controla socialmente a las madres es el mismo que vigila a la humanidad en su conjunto. Por control social se entiende:

La capacidad del grupo social para lograr que sus miembros sigan determinados comportamientos y para sancionar los comportamientos prohibidos. El control social es la expresión más directa del poder del grupo sobre sus miembros. Poder social y control social son términos que se coimplican, pues quien tiene el poder ejerce el control y viceversa, quien ejerce el control es el que tiene el poder. (Robles, 1997, p.165)

El control social actúa como corrector de las desviaciones que se producen y como reproductor del status quo. En este sentido, Silvana Darré (2013) dirá que:

De modo constante se refuerza la idea de que la madre es la única responsable de las cualidades de su descendencia y, por extensión, también responsable del futuro de la humanidad (sea bajo la idea de nación, de futuro de la raza, de canon de salud física o mental, de la felicidad de las nuevas generaciones, o del orden social en general)”. (p.13)

El ser humano al nacer necesita de un otro que lo cuide, que lo proteja. Es evidente que un bebé no puede crecer ni desarrollarse por sus propios medios, en un principio es absolutamente dependiente. Las madres son designadas socialmente para cumplir estas funciones de cuidado, estableciéndose en ellas (desde el inicio) una dosis importante de culpa: son responsables de un individuo pequeño y vulnerable, ello puede generar una destacada carga para estas mujeres. Lagarde (2013) expresa que:

La fórmula enajenante asocia a las mujeres cuidadoras (…) el descuido para lograr el cuido. Es decir, el uso del tiempo principal de las mujeres, de sus mejores energías vitales, sean afectivas, eróticas, intelectuales o espirituales, y la inversión de sus bienes y recursos, cuyos principales destinatarios son los otros. Por eso, las mujeres desarrollamos una subjetividad alerta a las necesidades de los otros, de ahí la famosa solidaridad femenina y la abnegación relativa de las mujeres. (p. 2)

El ideal de la crianza perfecta que las tecnologías médicas venden, así como las revistas, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto, hacen que el asunto sea aún más culpógeno para las mujeres – madres. Alcanzar ese ideal es prácticamente imposible, por el simple hecho de tratarse de seres humanos. Por tanto, las madres se enfrentan a una variedad de frustraciones que deben transitar para apropiarse de su rol materno y entenderse como seres que pueden fallar, aunque esto implica un trabajo de duelo (reacciones afectivas frente a una pérdida) por un ideal.

Desde los discursos populares y médico – científicos se les transmite a las mujeres – madres determinadas prescripciones, incluso antes de que nazcan sus hijos. Se le suscita a las madres estar atentas y al servicio de las necesidades de su bebé durante las veinticuatro horas del día (al menos los tres primeros meses de vida), asimismo se inculca la lactancia exclusiva hasta los seis meses como mínimo (la OMS recomienda amamantar hasta los dos años), en relación a lo último, “Knibielhler (1993) plantea que las sociedades occidentales no han tenido una respuesta clara acerca de la naturaleza de la madre que amamanta; si se trata de una hembra (apelación al instinto) o de una madre (cultura/afecto)” (Darré, 2013, p.80).

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En la actualidad, todos los síntomas, los logros y éxitos que los niños presentan en diversos ámbitos, son analizados en relación al vínculo con la madre. Todo ello da la señal que las madres pareciesen ser las únicas responsables de su futuro, por lo tanto del futuro de la humanidad en su conjunto. Pueden fracasar el resto de los vínculos del individuo pequeño pero si hay una madre “competente”, es suficiente. Como se mencionaba anteriormente, los bebés y los niños deben ser cuidados porque lo necesitan para sobrevivir y establecer vidas saludables, el problema radica en que sean exclusivamente las madres las encomendadas de tan destacada labor; la de formar ciudadanos.

La madre omnipotente

“Madre hay una sola” – “Con mi madre no te metas” – “Mi vieja es lo más grande que hay” – “Yo por mi vieja doy la vida” – “Mi madre lo dejó todo por mí” – “Mi madre es un ejemplo de mujer, siempre se sacrificó por todos” – “Tengo la mejor mamá del mundo” – “Más allá de nuestras diferencias, ella es mi madre” – “Una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos” – “El amor de madre es el único realmente incondicional” – “A mí sólo me manda mi madre” – “Mi madre me arruinó la vida”.

Las frases que aparecen a priori son representativas de nuestro imaginario social y explicitan el lugar de omnipotencia que se les confiere a las madres. Se podría pensar y validar desde aquí la siguiente lógica de pensamiento: a mayor poder, mayor vulnerabilidad:

La figura de la mujer-madre es casi la de cualquier fármaco: cura y veneno al mismo tiempo. Cura si la dosis de presencia y soporte es la correspondiente y veneno si desborda los parámetros de la soportabilidad…(Muñoz, 2009, p.7)

Diferentes discursos institucionales se encargan de mantener viva la noción de la madre todopoderosa, el psicoanálisis es uno de ellos. En algunas de sus teorías, sobre todo en las más ortodoxas, posee una notoria tendencia a responsabilizar a las madres de la salud – enfermedad, de la felicidad – infelicidad de sus hijos. Evidentemente, el psicoanálisis se encuentra atravesado por conceptos de salud y enfermedad que continúan reproduciendo la sujeción de las mujeres en tanto madres.

Puedo parafrasear a Maud Mannoni al decir que la institución psicoanalítica ha producido con el significante maternidad el mismo efecto que la institución psiquiátrica con los diagnósticos: un abuso de poder basado en la perversión del saber cuyas repercusiones no han quedado sólo en el pensamiento de los psicoanalistas, sino que se han traducido en modalidades de trato, de subjetivación y de educación de las mujeres en tanto posibles madres. (Muñoz, 2009, p.3)

Discursos sobre la buena madre y la mala madre

Como es posible acreditar, nuestra cultura está atravesada por un pensamiento binario que divide, escinde, discrimina y adjudica diversos juicios de valor a las polaridades que fabrica. Tal como nos expresa Héritier (1996): “Es preciso considerar las oposiciones binarias como signos culturales y no como portadoras de un sentido universal. El sentido reside en la existencia misma de estas oposiciones y no en su contenido; tal es el lenguaje social y del poder” (p.221). La armadura simbólica del pensamiento filosófico y médico griego, que siglos después continúa viva, se puede visualizar por ejemplo con Aristóteles, Anaximandro e Hipócrates.

Las voces del saber también han perpetuado el lugar de las mujeres, a través de una lógica binaria y excluyente. No basta con traer hijos al mundo, hay que saber cómo hacerlo, hay que ser buena madre. El discurso que habla de las madres negligentes, aquellas que por ejemplo descuidan a sus hijos, los rechazan, los abandonan, denota la custodia sobre dicha labor. Como es posible visualizar, mantener conformes a los vigilantes de las crianzas de niños no es un tema simple, sobre todo porque implica la fiscalización de las mujeres en tanto madres. Tal como expresa Teresa de Lauretis (2000) desde que el género aparece como omnipresente y el análisis que éste promueve ya no se puede volver a la inocencia de la biología o de la naturaleza.

Para pensar el valor concedido al cuerpo de la mujer, se propone hacer referencia sobre un debate actual en estas latitudes: la despenalización del aborto (en Uruguay se despenalizó la interrupción voluntaria del embarazo antes de las doce semanas de gestación). Es de esperarse que en estos asuntos se filtren dogmas religiosos, teorías biologicistas (científico – hegemónico), etc. Tal como dirá Wittig (1978) “no hay nada abstracto en el poder que tienen las ciencias y las teorías, el poder de actuar en forma material y concreta sobre nuestros cuerpos y mentes, aun cuando el discurso que las produce sea abstracto” (p.1).

El cuerpo gestante es el de la mujer, y éste es su propiedad, por lo tanto debe ser quien tenga la última palabra (y la primera)

 

 

Legitimando la no maternidad como elección

Varios relatos aparecen asociados a la maternidad, al ser mujer. El cuerpo denomina2do femenino históricamente ha significado un útero para ser fecundado. Un cuerpo y una subjetividad al servicio de otro. Es sabido que en la actualidad muchas mujeres no desean tener hijos. La maternidad no es concebida por ellas como un plan vital. Es un tema complejo, las mismas mujeres generalmente consideran que una de sus obligaciones primordiales es la de ser madres.

Asimismo, la maternidad obligatoria produce extrema vulnerabilidad en las mujeres, en relación a los logros personales, como sujetos deseantes y capaces de producir (más allá de reproducir – se) en ámbitos laborales, educativos, etc.

Hablar de la maternidad voluntaria es también cuestionar todos los esencialismos de género construidos por las sociedades patriarcales, que atribuyen particularmente a las mujeres una capacidad “innata” para dedicarse al cuidado de otras personas, despreciando el cuidado para sí mismas. Por el contrario, ahora sabemos que el deseo es una construcción socio-cultural mediada por la cultura, la cual actúa de manera específica en los individuos y colectivos humanos; es decir, que mientras miles de hombres desprecian la función nutricia que comporta la paternidad, miles de mujeres se ven obligadas a asumir una responsabilidad desmedida en el cuidado de las criaturas lo cual les impide el reconocimiento y la emergencia de otras identidades distintas a la de ser madre (Programa Feminista La Corriente, 2011, p.60)

Maternidades subversivas. En el ojo de la tormenta

Por maternidad (es) subversiva (s) entiendo a las maternidades en soltería por elección y a las maternidades lesbianas: maternidades que se apartan de las relaciones de dependencia con los varones.

El conflicto que de inmediato se genera, tanto en las maternidades lesbianas como en las maternidades en soltería por elección, es el que no participe un varón en la composición familiar, también se establece desde aquí una doble moral, por un lado los hombres son imprescindibles en las familias y por otro, son justificados si se desligan de la crianza de sus hijos.

Si el lesbianismo de por sí se muestra en varias ocasiones como invisible, más complejo es aún pensar en las maternidades lesbianas. En la actualidad existen distintos métodos de reproducción asistida, que se utilizan como recursos para procrear. Claramente, estos se encuentran “bajo la mira”, ya que interpelan en cierta medida el orden de lo natural, de lo biológicamente esperado. Dependerá quién los utilice y con qué necesidades. Es justificable que lo haga una pareja heterosexual cuando le es imposible gestar por diversas razones; pero si quienes recurren a ellos son parejas de lesbianas sería diferente, como así también lo sería si lo hiciesen las mujeres que eligen experimentar una maternidad en soltería.

Conclusiones

El mito del instinto maternal interviene significativamente en el control social de las mujeres, produciendo subjetividad. Las representaciones sociales en torno a la maternidad se ven atravesadas por diferentes instituciones como el Estado, la iglesia, los agentes de salud, los agentes jurídicos, entre otros. Mientras este mito se mantiene vivo, permanece también intacta la subordinación de las mujeres, negándoles así una identidad por fuera de la función materna. Este mito dictamina que toda mujer debe, necesita y desea ser madre. La maternidad mantiene el orden social – heterosexual y legitima la esencia femenina, que completa a las mujeres.

La maternidad hoy, para muchas mujeres, parece seguir estando por encima de todo. En muchos casos, continúa asociada a la completud, a la realización personal. Al todo, sin agujeros ni fisuras. Muchas mujeres ven en un hijo la posibilidad de llenar el vacío, de satisfacer la insatisfacción. El ideal de un hijo como sinónimo de completud. Un hijo como el pasaporte para el título de mujer buena, completa, integral. Y fecunda. (Winocur, 2012, p.49)

Los fenómenos de la experiencia humana pueden comprenderse como socio – históricos y culturales, dependiendo de sus escenarios y contextos. Surge de ésta manera un complejo dilema pues, al abarcar los afectos como elementos constitutivos de la experiencia, se produce la imposibilidad de cuestionar lo establecido, generándose la ilusión de un orden natural. No se desea, ni se ama indiscriminadamente. Los sentimientos humanos están condicionados por la cultura, los individuos se encuentran permeados por el pensamiento dominante, y en muchas ocasiones esto es invisible. Los sentimientos vivenciados por los sujetos son entendidos como ahistóricos, asociales y exclusivamente individuales. La maternidad, en este sentido, es concebida de forma separada del contexto socio-histórico-cultural.

Se piensa que el amor materno (como hecho instintivo) se manifiesta desde la infancia de toda mujer. Las niñas juegan a ser madres, establecen hábitos de cuidado, etc. Por citar un ejemplo de ello, Susanita, uno de los personajes principales de la historieta popularmente conocida “Mafalda” (del humorista gráfico Quino) se muestra como una niña que desde su infancia reproduce el estereotipo de futura mujer tradicional, desea casarse con un burgués, dedicarse a las tareas del hogar y tener muchos hijos, siendo uno de sus pasatiempos favoritos jugar a la mamá con Mafalda.

espejo mujer

Las mujeres – madres pareciesen ser las únicas responsables del futuro de la humanidad, estableciéndose desde aquí nuevamente control sobre las mujeres. De ellas depende la felicidad – infelicidad de sus hijos, así como su salud – enfermedad, de esta manera se hace necesario ser buena madre para que el engranaje de la máquina social continúe funcionando. Al sistema patriarcal le es redituable localizar (y producir) un culpable que paradójicamente sea al mismo tiempo la víctima. Este es el lugar que comprobadamente se le asigna a las mujeres – madres. Las mujeres que no cumplen con una “óptima” maternidad serán condenadas por no lograr su misión esencial. No es un dato menor que la formación de los ciudadanos quede en manos exclusivamente de las mujeres, pues debería ser la sociedad en su conjunto que participase en los procesos de la construcción de la ciudadanía.

El feminismo ha contribuido notoriamente en la deconstrucción de la concepción que circula a nivel patriarcal sobre la maternidad, si bien no es posible singularizar a dicho movimiento (ya que las visiones en relación a la maternidad son variadas) es de destacar que ha realizado valiosos aportes. Por un lado, aquellas posturas feministas que desarticulan el concepto de la buena madre cuestionando el instinto maternal y a la maternidad como el principal eje de la identidad femenina. Sin embargo, algunas feministas reconstruyen el concepto de la maternidad como una cualidad propia de las mujeres y un potencial de lo femenino. Tubert (citada por González de Cháves, 1993) expresa que “la teoría feminista, al revelar el carácter construido de la maternidad, demuestra que el imaginario social sobre la misma está configurado por diversas representaciones que identifican la maternidad con la feminidad proporcionando un ideal común para todas las mujeres” (s.p)

Otro aspecto a destacar es, la dificultad que atraviesan las mujeres al tomar la decisión de abortar o no que denota la instalación existente del mito del instinto maternal en sus subjetividades y el control social que ello implica. Uno de los grandes desafíos que atraviesan las mujeres es poder tomar decisiones sobre sus propios cuerpos y sobre sus vidas, desligándose del supuesto destino biológico.

Hacer que la maternidad signifique un posible devenir para las mujeres y no un punto fijo de partida para llegar a ser plenamente mujer es todo un proyecto de emancipación. Esto requiere superar el miedo a la igualdad que paraliza a tantas mujeres, asumir nuestra parte del mal que nos abre las puertas al poder real y desprenderse de la mística del poder materno”. (Mojzuk, s.f,p.6)

Por otra parte, es la heterosexualidad quien garantiza la reproducción humana, mientras que el mito del instinto materno condena a las mujeres a estar atrapadas en una de sus principales prisiones. En relación a esto, las maternidades lesbianas o las maternidades en soltería por elección pueden presentarse como líneas interesantes de análisis, pues su independencia de los varones pareciese producir madres “artificiales”. Es cierto que la verdadera mujer está asociada a la madre, aunque la verdadera madre está asociada indisolublemente a la heterosexualidad, a la relación de dependencia con un hombre; otro fundamento que da la pauta de que la noción de instinto maternal posee demasiadas prescripciones como para ser natural, acrecentándose así las sospechas. Y es en este sentido que estas maternidades pecan de subversivas.

“Se ha construido una ideología de la maternidad que está compuesta por un conjunto de estrategias y prácticas discursivas que, al definir a la feminidad, la construyen y la limitan, de manera tal que la mujer desaparece tras su función materna que queda configurada como el ideal”. Garay

 

Referencias:

  1. Se usará el genérico masculino a los efectos de facilitar la lectura.
  2. Por maternidad (es) subversivas entiendo a las maternidades en soltería por elección y a las maternidades lesbianas: maternidades que se apartan de las relaciones de dependencia con los varones
  3. “Para Millet este sistema forma caracteres, asigna roles, codifica la posibilidad de acceso a los recursos y asigna espacios en función del género, regulando hasta los más mínimos detalles de la vida cotidiana y de la producción simbólica” (Fernández, 2013, p. 28).
  4. Foucault (1991) lo define como “…un conjunto debidamente heterogéneo, que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas; en resumen: los elementos del dispositivo pertenecen tanto a lo dicho como a lo no dicho. El dispositivo es la red que puede establecerse entre estos elementos”.

 

Nota de la autora: Stefanía Molina:

Esta publicación surge de la selección de algunos fragmentos de los capítulos de mi trabajo final de grado de la Licenciatura en Psicología, titulado “El mito del instinto maternal y su relación con el control social de las mujeres”.

Quisiera agradecer enormemente a la Prof. Adj. Lic. Elina Carril Berro, quien me acompañó como tutora durante el proceso de elaboración del mismo.

Fuente: articulando.com.uy

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Lou Andreas Salomé. La mujer que fascinó a Nietzsche, Freud, rilke…

 

Se trata de una mujer que vivió su vida con una extrema libertad, fuera de lo común para su época; ella fue un ícono de la mujer liberada de principios del siglo XX. Y a pesar de que extrañamente permanecería en la región sombría de la memoria histórica, lo cierto es que algunos de los hombres fundamentales de los últimos cien años suspiraron más de una vez por ella.

Lou Andreas Salomé: Psicoanalista, escritora, alumna de Nietzsche, amiga de Freud, musa de Rilke, libre, desconocida…

Lou-Salome

 

Nacida en San Petersburgo, Lou Andreas Salomé (1861-1937) fue una escritora, pensadora y psicoanalista que figuró en los círculos intelectuales más notables de la Europa de finales del siglo XIX. A pesar de convivir con las mentes más privilegiadas de su época, ella es hoy virtualmente desconocida, un hecho que nos obliga a cuestionarnos la validez de la fama.

Hija de un general ruso que trabajaba al servicio de la familia Romanov, a los 17 años conoció a su primer mentor, Henrik Gillot, maestro de los hijos del zar que la iniciaría en teología y en literatura francesa y alemana. Gillot, casado y con hijos, se enamoró rápidamente de Lou y pidió su mano, ella lo rechazó.

En 1880, Lou viajó a Zúrich con su madre donde cursó estudios de dogmática e historia de la religión en la Universidad de Zúrich. Dos años después se trasladó a Roma donde conoció a Paul Rée (quien sería su amante durante un tiempo) y a Friedrich Nietzsche, con quienes establecería un trío intelectual apabullante. Sus viajes y estudios continuaron, hasta que en 1887 conocería al hombre con quien se casaría, Carl Friedrich Andreas. El matrimonio con Andreas, que duró hasta la muerte de él en 1930, nunca fue consumado, pues se dice que él la chantajeó con suicidarse si no aceptaba casarse con él y que siempre vivieron en casas separadas, además de que Lou mantuvo relaciones con otros hombres durante el resto de su vida

Salomé mantendría una independencia económica de su marido escribiendo artículos y libros. Fue la primera en publicar estudios sobre la obra de Nietzsche, seis años antes la muerte del filósofo, quien en algún punto se enamoró de ella y le pidió matrimonio, propuesta que ella, una vez más, rechazaría. Algunos estudiosos creen que fue en esta etapa y bajo la influencia del desencanto que Nietzsche escribiría Así habló Zaratustra.

Lou Andreas Salome-Paul Ree-Nietzsche

Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche

En 1897, ya casada con Andreas, Lou conoció al escritor Rainer Maria Rilke, con quien mantendría una relación amorosa durante muchísimos años. El joven poeta, quince años menor que ella, se enamoró instantáneamente de Lou, que al principio lo rechazó. Después de tiempo y tras la insistencia de Rilke, ella accedió a tener una relación con él, que siempre osciló entre el amor, la amistad, la admiración, el amor platónico y una relación creativa muy profunda. Prueba de su prolongada e intensa relación son las cartas de amor que se escribieron y que aún se conservan. Entre otras muchas cosas, ella le enseñó ruso a Rilke, para que éste pudiera leer a Tolstói y a Pushkin.

En 1902, tras el suicidio de Paul Rée, Salomé entró en una profunda crisis de la que saldría con la ayuda del doctor vienés Friedrich Pineles. Ella mantendría una relación amorosa con él que resultaría en un aborto voluntario por parte de Lou.

En 1911, ella conoció a Sigmund Freud e inmediatamente se enganchó con el psicoanálisis, siendo la única mujer aceptada en el Círculo Psicoanalítico de Viena. Ambos mantendrían una relación amistosa de profundo respeto y cariño durante el resto de sus vidas. A partir de 1915, ella comenzó a dar consulta psicoanalítica en la ciudad alemana de Gotinga.

Lou Andreas Salomé murió en 1937, a los 76 años de edad, a causa de una falla renal. Su pensamiento mezcló el psicoanálisis freudiano con la filosofía de Nietzsche y sus estudios se basaron, principalmente, en el narcisismo y en la sexualidad femenina.

 

Fuente: culturainquieta.com

Soy una mujer… ¿etiquetada?

Desarrollamos nuestra existencia inmersos en sociedad. Las normas, lo que se espera de nosotros, la tendencia a etiquetar y tipificar, nos convierte en clases determinadas. Y desde ese tipo, se nos atribuyen una serie de etiquetas que marcan y limitan la percepción de los demás y hasta la autopercepción. La libertad personal, la exclusividad de nuestro ser, quedan mutiladas bajo el peso de una clasificación arbitraria. Así, el uso de palabras  cargadas de juicios, contribuyen al mantenimiento y reproducción de una tiranía social que nos limita y nos esclaviza bajo el yugo de un determinado lenguaje.

MUJER ARCOIRIS

Comparto unas palabras: “Soy una mala mujer”, en palabras de  Malefica Capetillo Cabrera (sermejorpersona.com)

Porque cuando llego se nota y cuando me voy se siente…
… Soy una mala mujer porque alzo la voz, porque soy independiente, porque no me molesta pagar la cuenta ni abrir mi propia puerta ni cargar mis propios condones, por ello soy una mala mujer, no se hacer un dobladillo, a veces no cocino o bien le pago a alguien que lo haga, porque salgo a trabajar, porque quiero seguir creciendo, porque aun no tengo hijos, porque aun no me he casado, por eso… Soy una mala mujer.

 

Porque no me dejo, porque no me quiebro, porque me sacudo las lágrimas me acomodo el escote y sigo para adelante, por eso soy una mala mujer, porque no nací sumisa, callada, quieta y frágil, sino soberbia, entrona y estridente, porque cuando llego se nota y cuando me voy se siente.

No estoy yo para ser ama de casa sino se me antoja, para ser esposa devota o madre abnegada, estoy para vivir, con quien me guste acompañar y sentirme acompañada.

Soy una mala mujer porque no me hago a la pendeja, porque no me dejo de nadie, porque estoy soltera, pero no sola, porque viajo sola y sabría Dios que andaré haciendo, porque admito que tengo sexo y no me cuelgo un manto virginal sobre el cabello en espera del príncipe que tome mi “virtud”.

Soy una mala mujer porque varios tequilas me hacen reír mientras otros ruedan por el piso, porque tomo la iniciativa, porque a veces enciendo un cigarrillo.

Se es una mala mujer porque decides mandar al carajo al padre de tus hijos, porque rehacer tu vida, porque no aguantas a nadie que te ponga una mano encima por eso, eres una mala mujer.

Se es una mala mujer según la otra, según la suegra, según la gente, según todos aquellos que llevan el guión de tu vida, se es una mala mujer porque te pones en primer lugar de tu lista, porque no eres hipócrita, porque eres distinta.MUJER LIBRE
Eres una mala mujer porque no quieres usar tus nalgas para un ascenso, o no se las quieres dar al que las pide, porque no soportas chingaderas de nadie, porque confrontas, enfrentas y afrontas.
Soy una mala mujer porque me soy fiel a mi primero, porque no nací mustia, porque no vivo de aplausos, ni compromisos, ni dádivas.

Soy una mala mujer porque no me presto a interpretar papeles, porque me rajo el lomo tanto o más que cualquier hombre, porque no aguanto huevones, porque no tolero injusticias, porque no me callo, por eso, brindo por las malas mujeres… Porque existan en este mundo muchas más.

¡Salud!

Dejar de poseer y amar en libertad: la clave de la evolución

Paulo Coelho: “Durante toda mi vida he entendido el amor como una especie de esclavitud consentida. Es mentira. La libertad sólo existe cuando él está presente. Aquel que se entrega totalmente, que se siente libre, ama al prójimo. Y el que ama al máximo se siente libre.

Por eso, a pesar de todo lo que pueda vivir, hacer, descubrir, nada tiene sentido. En el amor nadie puede machacar a nadie, cada uno de nosotros es responsable de lo que siente, y no podemos culpar al otro por eso.

Me sentí herido cuando perdí a las mujeres de las que me enamoré. Hoy, estoy convencido de que nadie pierde a nadie, porque nadie posee a nadie. Esa es la verdadera experiencia de la libertad: tener lo más importante del mundo, sin poseerlo…”

 

Dejar de poseer y amar en libertad y sin apegos excesivos es la clave de la evolución como pareja y como persona. Nuestro veneno letal se encuentra en la forma en que entendemos el amor, algo así como una sucesión eterna de concesiones, de sacrificio y de lucha contra uno mismo por el bienestar de la pareja.

 

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El amor no está en el otro, está dentro de nosotros mismos

“El gran objetivo del ser humano es comprender el amor total. El amor no está en el otro, está dentro de nosotros mismos; nosotros lo despertamos. Pero para que despierte, necesitamos del otro. El universo sólo tiene sentido cuando tenemos con quién compartir nuestras emociones”.

 

Precisamente es aquí donde pecamos la mayor parte de nosotros. Buscamos en los demás un complemento a nuestras carencias y a nuestras inseguridades sin pensar que la única salvación está dentro de nosotros mismos.

Cargamos en hombros ajenos el peso de nuestra vida, responsabilizándoles de nuestros éxitos y de nuestros fracasos, sobre todo de los emocionales. Esto nos deja vacíos, sin orgullo y sin satisfacción personal; al mismo tiempo que, por desgracia, destruimos todo germen de amor saludable que pudiéramos estar generando.

Así, nuestra dependencia crece y crece, deshaciendo el envoltorio de la autenticidad y de la identidad emocional que tendríamos que haber creado en nuestro interior.

sujetas

 

No nos damos cuenta de que si nos desprendemos de nuestros vendajes y de los parches que tapan nuestras heridas, podremos crear un lazo profundo y sincero con nuestro interior y con la persona que tenemos delante.

¡Dejémonos de excusas! El amor y la relación de pareja comienza, siempre y sin excepción, dentro de uno mismo. Si abonamos esa parcela, contagiaremos de frescura el resto de nuestro campo. Así, nos veremos crecer en vez de destruirnos.

 

¿Apartarse de la pasión o entregarse a ella ciegamente?

 

Nadie quiere desorganizar su mundo. Hay personas a las que la pasión les resulta incómoda porque temen poner patas arriba su hogar y destruir lo que ya han creado.

De hecho, la mayoría de la gente viven entre relaciones rotas y costumbres putrefactaspor el simple hecho de que tienen miedo a cambiar. Estas personas han hecho del dicho popular “más vale malo conocido que bueno por conocer” un dogma, una ley vital inquebrantable, una guía para sus vidas.

Sin embargo, también nos encontramos con quienes se entregan sin pensar mientras esperan que el ímpetu de la inercia inicial resuelva todos sus problemas. Estas personas descargan toda la responsabilidad de su felicidad (y de su posible infelicidad) en los demás. Por esta razón, estarán siempre eufóricas porque algo maravilloso les sucedió, o deprimidas porque algo se destruyó.

¿Cuál es la actitud correcta? Ninguna en el extremo. Es decir, siempre y cuando actuemos con mesura y responsabilidad, lo que hagamos supondrá ilusión y alegría en nuestro día a día. Solo de esta manera amaremos de verdad y en libertad.

 

http://www.lamenteesmaravillosa.com

 

 

Liberarse de la dependencia hacia el otro

Sufrimos por lo que no tenemos. Y por la idea de perder aquello que apreciamos. Pero ser felices consiste en estar a gusto con nosotros mismos. En llenar nuestro interior. Los celos nacen del miedo a perder lo que se tiene. Destruyen el bienestar y la libertad. Aunque pueda parecer lo mismo, el apego es lo contrario del amor.

Comparto este magnifico artículo de Borja Vilaseca, publicado en: elpais.com

Los seres humanos sufrimos por querer lo que no tenemos. La persona que nos gusta, el trabajo soñado, más tiempo libre o un coche deportivo. Sin embargo, por el camino nos olvidamos de lo que verdaderamente necesitamos. Al obsesionarnos con el objeto de nuestro deseo, de forma inconsciente terminamos idealizándolo. Creer que cuando lo obtengamos nos dará la felicidad.

Al conseguir eso que tanto anhelamos, de pronto comenzamos a sufrir por miedo a perderlo, a que nos lo estropeen. Y este temor nos contamina con dosis diarias de ansiedad, atascándonos en un callejón sin salida: no podemos vivir felices con ello ni sin ello…

BUENOS DIAS

Devorador de bienestar

“La codicia también pervierte el éxito. Nos obsesionamos con metas y no disfrutamos del camino. Condiciona nuestras motivaciones”

“Vivimos encadenados a lo que llamamos felicidad” (Anthony de Mello)

Detrás de nuestros deseos y miedos se esconde uno de los virus más letales que atenta contra la salud emocional: el apego. Según la Real Academia Española, significa “inclinación hacia alguien o algo”. Popularmente, también se considera sinónimo de “afecto”. Pero estas definiciones sólo ponen de manifiesto lo poco que conocemos a este gran devorador de nuestra paz interior.

Hay quien dice que el apego es “sano”, una muestra de “amor”. Otros afirman que “cuanto más apego se tiene, más se ama”. Nada más lejos de la realidad.

Y entonces, ¿qué es el apego? Podría definirse como “el egocéntrico afán de controlar aquello que queremos que sea nuestro y de nadie más”. Implica “creer que lo que nos pertenece es imprescindible para nuestra felicidad”. Sin embargo, más que unirnos, el apego nos separa de lo que estamos apegados, mermando nuestro bienestar y nuestra libertad.

Los celos no son amor

“El amor es una palabra maltratada y pisoteada por la sociedad” (Jiddu Krishnamurti)

“Sin ti no soy nada”. “Lo mejor de mí eres tú”. “Necesito saber que me deseas”. “No puedo pasar un día sin saber de ti”. “Por ti sería capaz de matar”. Estas frases, por muy románticas que puedan sonar, suelen pronunciarse en el seno de una pareja envenenada por el apego.

Al creer que nuestra felicidad depende de la persona que queremos, destruimos cualquier posibilidad de amarla. Bajo el embrujo de esta falsa creencia, nace en nuestro interior la obsesión de garantizar que esté siempre a nuestro lado. Y el miedo a perderla nos lleva a tomar actitudes defensivas. Es entonces cuando aparecen los celos. Etimológicamente, esta palabra proviene del griego zelos, que significa “recelo que se siente de que algo nos sea arrebatado”. Revelan que vemos a nuestra pareja como algo que nos pertenece.

Intentamos cambiarla y ponerle límites. Y así el conflicto está garantizado, manchando nuestra relación de tensiones. Curiosamente, el mismo apego que nos ha separado, a veces nos mantiene enganchados por temor a quedarnos solos, a lo que digan los demás.

TU MERECES

La prisión del materialismo

“Lo que posees acabará poseyéndote” (Chuck Palahniuk)

Más allá de dañar nuestras relaciones, el apego también pervierte lo que nos interesa a nivel profesional. Está presente en nuestro afán de éxito. Movidos por el deseo de ser reconocidos, podemos medir nuestro valor como personas en función de los resultados que obtenemos.

A veces nos obsesionamos tanto por la meta, que nos olvidamos de disfrutar el camino que nos conduce hasta ella. Y no sólo eso. La ambición puede terminar corrompiendo aquello que un día amábamos hacer, condicionando nuestras motivaciones y forma de trabajar. Según un proverbio oriental, “cuando un arquero dispara una flecha por puro placer, mantiene toda su habilidad. Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya se pone algo nervioso. Pero cuando dispara para ganar la medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues no ve un blanco, sino dos”.

Buscamos fuera lo que no encontramos dentro. Consumimos compulsivamente. Sin embargo, ¿cuánto dura nuestra satisfacción? Si somos honestos con nosotros mismos, tal vez descubramos el verdadero precio que pagamos por buscar en el lugar equivocado. En palabras de Buda, “lo que más me sorprende son los hombres que pierden la salud para juntar dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud”.

La seguridad es una ilusión

“Quien tiene miedo sin peligro inventa el peligro para justificar su miedo” (Alain)

La mayoría de nosotros siente un profundo temor a la muerte. La negamos. Aunque mueran cada día miles de personas, nos da pánico que de pronto llegue nuestro turno y desaparecer sin más.

Convertimos desesperadamente nuestra existencia en algo seguro. Nos “esposamos” a través del matrimonio. Firmamos un contrato indefinido con una empresa. Solicitamos al banco una hipoteca para comprar un piso. Y, más tarde, un plan de pensiones para estar tranquilos cuando llegue la jubilación. Seguimos lo que nos dice el sistema que hagamos para llevar una vida “normal”.

Pero por más que nos esforcemos, no calmamos nuestra inquietud interna. ¿Qué sentido tiene buscar certezas en un mundo imprevisible? La única seguridad que tenemos es que la incertidumbre sólo desaparece con nuestra muerte. No podemos escapar de la inseguridad. El reto consiste en aceptarla y confiar más en nosotros mismos.

HOY ELIJO

La inutilidad del afecto

“Tú eres lo único que falta en tu vida” (Osho)

Llegados a este punto, ¿es posible vivir sin apegos? Por supuesto, pero es una hazaña que requiere comprender que lo que necesitamos para ser felices está dentro de nosotros, y no fuera. “Ser felices” quiere decir que “estamos a gusto, cómodos y en paz con nosotros mismos. Cuando sentimos que no nos falta de nada”. La trampa consiste en creer que algo vinculado con el futuro nos dará lo que no nos estamos dando aquí y ahora.

Mediante el equilibrio interno podemos cultivar el desapego en nuestra relación con todo lo demás. Compartir lo que somos, agradecidos de recibir lo que otras personas y la vida nos quieran dar. Nada ni nadie nos pertenece. Tan sólo gozamos del privilegio de disfrutarlo temporalmente. Más que nada, porque todo está en permanente cambio.

Así lo refleja una historia sobre Alejandro Magno. Se cuenta que encontrándose al borde de la muerte, el gran rey de Macedonia convocó a sus generales para comunicarles que quería que su ataúd fuese llevado a hombros, transportado por los propios médicos de la época. También les pidió que los tesoros que había conquistado fueran esparcidos por el camino hasta su tumba. Por último, les insistió en que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, a la vista de todos. Asombrado, uno de sus generales quiso saber qué razones había detrás de tan insólitas peticiones. Y Alejandro Magno le respondió: “Primero, quiero que los más eminentes médicos comprendan que, ante la muerte, no tienen el poder de curar. Segundo, quiero que todo el pueblo sepa que los bienes materiales conquistados, aquí permanecerán. Y tercero, quiero que todo el mundo vea que venimos con las manos vacías y que con las manos vacías nos marchamos”.

La trampa del deseo

Para no caer en las garras del apego es importante hacernos más conscientes de qué deseamos y por qué. Porque nos desconecta de lo único a nuestro alcance: vivir conectados con nuestro bienestar interno. Cuenta una parábola sufí que “un pescador encontró entre sus redes una botella de cobre con un tapón de plomo. Al abrirla, apareció un genio que le concedió tres deseos. El pescador le pidió en primer lugar que le convirtiera en sabio para poder hacer una elección perfecta de los otros dos deseos. Una vez cumplida esta petición, el pescador reflexionó y dio las gracias al genio diciéndole que no tenía más deseos”.

Para cultivar el desapegoMARIPOSAS 2

1. Libro

‘Un nuevo mundo ahora’, de Eckhart Tolle (Debolsillo). Un ‘best-seller’ que desenmascara las motivaciones egoístas y egocéntricas que hay detrás del deseo, el miedo y la dependencia.

2. Película

‘El guerrero pacífico’, de Víctor Salva. Nick Nolte encarna a un sabio que enseña a un joven atleta los beneficios de cultivar una mente centrada en el momento presente, desapegada de lo que pueda pasar en el futuro.

3. Canción

‘En el muelle de San Blas’, de Maná. La letra muestra lo desgarrador que puede ser no volver a ver a la persona querida.

Con o sin pareja. Una elección consciente

La cuestión importante de este asunto es saber que el hecho de tener una pareja forma parte de una elección, no de una necesidad. En el momento que surge como una necesidad, aparece la dependencia, el conformismo y la posesión, de tal forma que construimos una relación basada en la desesperación.

¿Es necesario tener pareja?

“A veces confundimos querer estar solos con la necesidad de estar con la persona adecuada” (Francesc Miralles)

Apples

Apples

Tener una relación de pareja que se basa en el respeto mutuo, ofrece muchas satisfacciones,produce un gran bienestar y puede servirnos de gran apoyo. El desarrollo personal es mutuo y ambos adquieren un aprendizaje único y maravilloso.

¿Qué sucede si alguien no tiene pareja o no quiere tenerla?

“Las personas que disfrutan relaciones satisfactorias y estables son seres equilibrados. No andan en busca de alguien que “llene un hueco”. Reconocen su propia valía.” (Andrew Matthews)

Este es un asunto muy personal, ya que muchas personas tienen otras prioridades en la vida que tener pareja, lo cual es muy respetable, y para estas personas tener pareja puede incluso chocar con el estilo de vida que quieren vivir, por eso deciden no tenerla.

Tener pareja es una elección, no es necesario, puesto que depende de lo que cada persona quiera en su vida, se puede vivir perfectamente sin pareja, ya que nuestro valor como personas y satisfacción no depende de tener pareja o no.

Las relaciones de pareja que mantenemos dicen también mucho de nosotros mismos, de nuestras inseguridades, vulnerabilidades y miedos.

En ocasiones, parece que volvemos a repetir el mismo perfil de pareja una y otra vez, aunque nos acabe ocasionando insatisfacción. Esto no ocurre por casualidad, tiene mucho que ver con lo que aún nos queda por aprender para mantener una relación saludable.

¿En qué consiste una relación de pareja saludable?

En muchas ocasiones, nos relacionamos con personas que lejos de sentir una gratificación estando con ellas, nos pueden llenar de amargura e insatisfacción.

La experiencia de vivir el amor en una relación de pareja es un camino de maduración mutua, en el que aprendemos muchas cosas de nosotros mismos; intercambiando gustos, pasiones y placeres. También dificultades, miedos y carencias que corresponden a nuestra apertura interior, con la otra persona con la que hemos decidido unirnos afectivamente. Mostrando así los aspectos más íntimos que no solemos sacar a relucir.

La relación de pareja deja de ser saludable en el momento en el que supone una necesidad,una dependencia emocional; situando nuestro valor en la otra persona. Esta forma de vincularse puede resultar muy perjudicial.

Con pareja o sin pareja, lo más importante es quererse ante todo a uno mismo, valorarse y respetarse. De esta forma, queriendo tener pareja o no, podremos vincularnos afectivamente con los demás de manera satisfactoria; siendo éstos los pilares básicos para mantener una relación sana.

Al fin y al cabo, el objetivo de mantener vínculos afectivos con las demás personas es el desentirnos bien. No obstante, resulta fundamental distinguir entre la necesidad de obtener ese bienestar por medio de alguien o de compartirlo.

Dibujo de: Yolanda Jiménez

Dibujo de: Yolanda Jiménez

La relación sana supone aceptación, para compartir lo que somos con la otra persona en un espacio común, que

también nos permita el derecho de disfrutar de nuestro propio espacio.

 

¿Por qué se tiene la idea de que es necesario tener pareja?

Lo más común en la sociedad en la que vivimos es tener pareja, o al menos eso es lo que nos han hecho creer; lo vemos a través de los medios de comunicación, de la literatura y en nuestra educación.

Seguro que recordarás a más de un familiar preguntándote – ¿para cuándo te vas a echar novio/a? -, ya desde la más tierna infancia. Buscar pareja se puede llegar a vivir como algo obligado, haciéndonos sentir mal el hecho de no tener pareja.

Esta idea también ha sido introducida a través de películas y cuentos; en los que se le da una gran importancia al amor romántico, los príncipes y princesas, la existencia de la media naranja y al hecho significativo de que es preciso sufrir por amor. Todo ello mitos extendidos que aparecen en nuestras mentes como: “Deberías tener una pareja para ser feliz”.

Los matrimonios y la pareja se han consolidado en nuestra cultura como un núcleo fundamental en la organización de nuestras comunidades. Sin embargo, son muchas las personas que deciden no tener pareja, puede ser durante un tiempo determinado o puede ser para el resto de sus vidas.

 

“Saber situar el amor en nuestra vida y saber situarnos en el amor requiere un trabajo de crecimiento personal para no confundir el amor con otras cosas: la posesión, la presión, la anulación, etc. Desarrollar en el día a día el arte de amar es entender el amor como un arte: el arte de compartir, de la armonía, de la creación.” (Fina Sanz)

 

lamenteesmaravillosa.com

Sagrada y amorosa compañía

No he venido a este mundo a cumplir tus expectativas. No has venido a este mundo a cumplir mis expectativas. Yo hago lo que hago. Tú haces lo que haces. Yo soy yo, un ser completo aún con mis carencias. Tu eres tú, un ser completo aún con tus carencias.

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Si nos encontramos y nos aceptamos, si nos aceptamos y nos respetamos, si somos capaces de no cuestionar nuestras diferencias y de celebrar juntos nuestros misterios, podremos caminar el uno junto al otro; ser mutua y respetuosa, sagrada y amorosa compañía en nuestro camino.
Si eso es posible puede ser maravilloso.


– Fritz Perls –

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