“Alicia”. Un relato de Mariano Velázquez

 

Conozco el sonido de ese portazo.
Otra vez.
Puedo leerlo a cámara lenta en mi oído.
Y luego….el silencio
El silencio atronador que lo llena todo.
El sudor y el miedo.
Otra vez te has ido.
Los dos sabíamos que este momento estaba cerca. Desde que no desayunábamos juntos. Desde que la cama se volvió inmensamente grande. Un desierto resquebrajado y seco. Donde era imposible que nuestras pieles se rozaran en aquel escueto uno treinta. Desde que empezó a pudrirse la comida de la nevera, a secarse los restos en el lavavajillas, a amontonarse las bolsas de basura para el día siguiente…A reventar el buzón de cartas que no cogíamos.
Otra vez el portazo, el estruendo que retumbó más fuerte en mí que en las paredes que se derruyeron.
Se hundió la casa y vuelvo al refugio sórdido de la música, del whisky con cola, del cigarro consumido sobre el cenicero, de la frustrada lectura de Salinger donde me escondo y me reencuentro. Pero ni bebo, ni fumo, ni leo….nunca lo he hecho.
Escribo y solo escribo de ti y de mí. Un diario incongruente de sueños diurnos, y desvelos repetidos. De inseguridades secas y recurrentes.
Entonces, vuelvo al espejo y otra vez estás tú, Gilma. Te veo nítida y herida cuando sales por mi puerta dejando sangre, coagulo de invierno frio, tras de tus pasos.

 

(c) Yolanda Jiménez. “Maraña”

-Hola Raquel, me gustaría verte de nuevo. Ahora tiene que ser distinto.
-Es tarde, aquel otoño ya pasó.

Ainoa regresa sin el abrigo de piel robado del Corte Inglés.
Se quedó en la comisaría a la que le llevaron
Viene más bella que nunca. Desnuda. Con un vestido de flores de colores y de dudas. De gasa sutil. Siento todo su cuerpo cuando la abrazó, cuando lo recorro curioso con mis manos.

-Vengo así para ti.

Guardo la bola del mundo de cristal que me regaló en la segunda estantería de mi despacho.

Ya imaginaba que Neus no volvería a arrojarse desde la terraza del ático donde vivo.
– Neus, por favor…no, no me cuelgues. Neus, quiero que sepas…

– No volveré a arrojarme desde la terraza esta primavera.
La agenda gastada, los números olvidados…
Hannia me espera sobre la barquilla dorada en la laguna de Guatavita. Como el pueblo Muisca, arrojo todo mi oro al fondo de las aguas negras de la laguna para agradecer a los dioses, a la vez que aborrezco a los conquistadores españoles que la vaciaron para esquilmarla.
Tampoco mi oro tiene valor…Los alisos que soplan desde Fusagasugá me llevan a las empedradas calles bogotanas. Al barrio de la Candelaria, a la plaza del Chorro. Y, guiado por el recuerdo de colores : amarillo , verde , morado, a Casa Galería. Ligero de equipaje. Cargado de recuerdos.
En el patio está Yurena. Al mirarnos recordamos: aquel verano, aquella película de amor de diez minutos con guión de cuatro días. Le pido que vuelva a sentarse en la hamaca trenzada de colores y vuelvo a mecerla arrodillado.
Sonríe con la sonrisa de antaño, con la belleza de entonces, con la frescura de ahora, con la misma mirada no resignada de su vida que no puedo hacer mía tampoco ahora. Nos decimos sin hablar:

-Ven, te llevaré conmigo

y ella llorando por dentro de sus enormes ojos mestizos:

-no puedo, tampoco puedo ahora.

Y lloramos el adiós con una sonrisa compartida y cínica.
Cínico como la sonrisa, esa noche duermo en la turca Capadocia y, al amanecer, me subo en el globo de colores que salva pérdidas y siembra nuevos sueños a pleno sol. Un sol que se resiste a salir. Recortado y amarillo entre los olivos de Göreme. Cuando, después del estruendo de la llama, levitamos despacio sobre las “chimeneas de Hadas”.
Globos en el cielo. Azul. Sueños flotando de todos los colores. Silencio.
Me sonríe con la sonrisa tonta que ya conozco. Supuse que aquí sería distinto. Me pide una foto poniendo su mejor cara absurda.
Le acerco, pero no me coge la mano. Todo es belleza exterior. Como todas las sensaciones hermosas que solo vienen de fuera. Como el canto de los pájaros abajo, como el olor de los olivos arriba, como el silencio.

 

No sentí ningún miedo cuando en la noche solitaria nos desorientamos por las oscuras callejuelas  de Estambul que una y otra vez nos llevaban al Bazar de las especias. Ni cuando después me perdí de tí y solo las sombras llenaban ese calles que deberían asustar… ¿Y si te dijera que me gustaría no haberte encontrado?

Cuando aquella noche iluminada de estrellas salía de la jaima de Madmuda, ella se quedaba abrazada a sus dos hijos mas pequeños derramando lágrimas de arena que secaba con la melfa naranja que le cubría la cara.

Y ahora sí, ahora que la puerta de lona sonó con más fuerza aún que la de roble, entró el miedo para quedarse. Ahora sí. Y la bóveda blanca del desierto me llevó frente a él.

(c) Yolanda Jiménez. “Noche en Venecia”

-¿Quién eres?- le pregunto al espejo.
– Descúbrelo tú.

Sin un solo rasguño paso al interior.

-¡Hola! ¿Eres nuevo aquí?
-Sí, me respondo.

Dentro todo es blanco. ¿Acaso es blanca la indefinición?
Porque avanzo por lo que supongo que es un camino blanco. Rodeado de flores blancas y árboles blancos, bajo un cielo blanco. Pero no sé si son camino, flores, árboles o cielo.
Solo diferencio mi cuerpo, mis manos cuando las acerco a mi cara para tocarme y saber si estoy despierto, mis piernas que avanzan sin saber adónde. Sin huellas ni sonido en las pisadas. Cuando una voz conocida me llama, me abraza por un momento y después desaparece. Solo veo sus brazos blancos cuando se cruzan ante mi camisa de cuadros verdes para abrazarme.

 

-Espera no te vayas. No me dejes así.

… Pero ya solo era todo blanco….Un ladrido cruza de derecha a izquierda delante de mí, y algo me golpea con tanta suavidad como una tenue caricia. Está frío: ¡nieva! grito con todas mis fuerzas.

– Si gritas romperás el alba, me susurra una voz que no alcanzo a ver. Acércate, un poco más adelante.

Su voz me recuerda a los cantos de sirena.

– ¿Dónde estás?, no te veo.
– Por aquí… unos pasos a tu izquierda. La luna está llena. ¿Vienes a verla?
-¡No, no, Quiero salir de aquí! Esto es la nada…
Y ella me frena poniendo su mano blanca ante mi pecho.
-¿Quién eres? ¿Qué estás buscando? Aquí no está.

 

-Mariano Velázquez – *

*Mariano Velázquez es un hombre polifacético, escritor, soñador, poeta, viajero, optimista, curioso, solidario, arriesgado, sensible, …. Amigo! Y sobre todo es una persona buena. Un hombre de ojos verdes y corazón grande.