La pipa o nada es lo que parece

 

Una tarde de otoño, el artista la recibió su estudio. A  Amanda le fascinaban esos lugares íntimos de creación, donde el artista enfrenta sus fantasmas. Letras, rotuladores, pinceles, papeles, telas, bocetos. Algunas esculturas diseminadas, cerámicas, dibujos, óleos, cuadernos… Se sentía seducida por el ambiente  del templo creativo. Tuvo que esperar algunos meses para esa invitación. Entró segura, con la devoción de saberse en un lugar único, de penetrar en un abismo de intimidad. Un laberinto mental de ideas a medio hacer.

Aquella magia se había repetido muchas veces en su vida. Amanda ya había estado en muchos lugares singulares. En aquellos encuentros, había aprendido de arte, pero sobre todo de la sutilidad de las relaciones. Con el aprendizaje, afinó su intuición.

Hoy, la recibe un hombre en su piso madrileño. Un amante de las plantas, conocedor de especies, cultivador esmerado en su tiempo de ocio. Ernesto es un hombre con el corazón grande y los ojos verdes. Un soñador cariñoso con mirada de niño.

Se habían conocido en un viaje de verano y ambos se entregaron a la fantasía de quererse. Con la libertad que procura la distancia, las caminatas por las montañas, la ensoñación de los paisajes y la quietud de los abrazos. Se amaron con una pasión auténtica. No había mañana para aquel amor, aunque, en aquellos días, ninguno de ellos lo sabía.

Él la recibe inquieto, con té preparado y una vela por encender. Se esfuerza en una acogida agradable, quiere mostrarse tranquilo, pero Amanda percibe su nerviosismo. Ella es hoy una mujer segura. Camina con decisión por el largo pasillo que conduce a la terraza. Allí  admira las plantas que él mima, de las que tanto le había hablado.

Detrás de su bella sonrisa, Ernesto esconde su indecisión. Atrapado ente dos mares, no se atreve a mirar a Amanda. Ella lo adivina y calla. Otra mujer planea en el ambiente denso de aquel piso, en la mirada turbia del hombre inquieto.

 

Amanda se rompe una vez más. Se había prometido que no lo repetiría. Se le escaparon las emociones y lágrimas silenciosas surcan sus mejillas enrojecidas.  Por su mente pasan fotogramas de los instantes compartidos, de libros leídos, de pinturas y museos, de fantasías apostadas. Recuerda los dibujos de Saint-Euxpery en El principito: lo que para un adulto es un sombrero, para el principito es una boa digiriendo un elefante.  “Nada es lo que parece” se repite a sí misma… como en “la pipa”,  aquel cuadro de Magritte, hoy, nada es lo que pareceLas imágenes están incompletas, pero sin embargo, a veces nos engañan, nos traicionan.

 

Yolanda Jiménez