Espiritualidad cotidiana

 

A lo largo de estos preciosos años he llegado a descubrir que nuestra humanidad no es ‘menos que’ nuestra naturaleza divina; es su expresión y su consumación.
El despertar espiritual tiene muy poco que ver con trascender pensamientos y sentimientos, con negar nuestra vulnerable humanidad y con el intento de escapar hacia un estado de conciencia pura, a un reino más elevado, hacia algún otro sueño.
En lugar de eso, nos inclinamos ante nuestra tristeza, la arrullamos tiernamente entre nuestros brazos. Nos mantenemos cerca de nuestras dudas a medida que recorremos el camino de este día. Vemos lo sagrado en el miedo, la alegría en nuestra confusión, la libertad en nuestra ira. Nos inclinamos ante la vida en todas sus formas, no sólo ante lo ‘hermoso’.

Alpes Julianos. Eslovenia. Yolanda Jiménez


Las personas más vivas que he conocido son en realidad las más humanas. Las personas más ‘despiertas’ a menudo hablan muy poco de espiritualidad. Normalmente no son esos maestros que sueltan palabras rancias acerca del yo separado, de la ‘verdad’, y que andan prometiendo una felicidad que en realidad no son capaces de vivir.

En mi humilde opinión, los más ‘despiertos’ son quienes han cultivado una amorosa y profunda compasión en su interior, una inmensa bondad hacia sí mismos, y que irradian esa deliciosa empatía hacia el mundo.
Un pie en la conciencia, el otro pie bailando y jugando en el glorioso desorden de la existencia relativa; los suficientemente osados como para recibir tanto el éxtasis como la agonía con la misma clase de humildad.
No conozco ninguna espiritualidad que no esté dispuesta a honrar un corazón roto y saturarlo con su atención, con su aliento; para inundar la oscuridad con luz.
Así que ya no estamos adormecidos.
Y así podemos encontrarnos los unos con los otros en el fuego.

 

– Jeff Foster –