La agresividad: el grito del ego

 

Todos somos agresivos y aceptarlo nos permitirá andar más ligeros. Todos nos crispamos, nos exasperamos y nos irritamos. Todos tenemos ese lado oscuro que tanto criticamos.

Nos desbocamos cuando los otros nos llevan la contraria o nos hacen pasar vergüenza. Nos enfadamos conduciendo si alguien se nos cruza por medio. Gritamos a nuestra pareja si no adivina nuestras creencias.

Todos confundimos nuestro ego con nuestra esencia.

Todos nos hemos sentido alguna vez con unas ganas inmensas de pegar, romper o golpear para dar salida a toda la furia que sentimos. Haz memoria. Tú también.

La agresividad tiene muchas maneras de mostrarse. Silencios, miradas, gritos, portazos, olvidos…

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Aceptar esta realidad nos ayudará a desenredarnos del enfado y transformarlo. Entender su origen puede calmar nuestros miedos. Cuando más feroces somos es cuando sentimos nuestra valía cuestionada. Si alguien que queremos nos mira con desprecio parece que el castillo de naipes se cae por completo. Pero qué pasaría si para parar el grito del ego buscáramos el antídoto del silencio.

Parar a sentir nuestro centro. Parar a tomar conciencia de nuestra verdadera fuerza interior. Ésa que nada tiene que ver con la mirada del otro sino con sentir nuestra auténtica energía, la incondicionalidad de nuestra propia mirada. La compasión más sagrada. La de nosotros mismos cuando nos equivocamos. Escucha el silencio de tu esencia.

 

Fuente: saludenespiral.wordpress.com

 

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