Mujeres y tallas: sumisión sutil y perversa

¿Os habéis parado a reflexionar sobre las exigencias sociales que se le imponen a la mujer hoy?. Heredamos de nuestras antecesoras la conquista de ciertos derechos que nos sitúan en lugares visibles.Y  pretendemos aproximarnos, con la cautela de las guerreras, a modelos sociales equilibrados. Como en un espejo de doble fondo, nos adentramos en una dinámica de rutina donde ser mujer es supone funcionar “a todo ritmo”. En ese lugar desplegamos multitud de roles con la  exigencia que nos imponen las presiones. Y ahí desarrollamos el ciclo vital: estudiamos, trabajamos, amamos, parimos, educamos…. Y de tanto estar hacia afuera, podemos marginar nuestra verdadera naturaleza y con ello nuestra libertad de vivir la vida con la plenitud que elijamos.  Nos sometemos a la perversidad de la estética que nos imponen. Mira más allá de la violencia de género, la discriminación, las pautas sociales, los dictámenes religiosos y culturales. No es fácil ser mujer hoy. Nunca lo fue a lo largo de la Historia.

Comparto aquí un artículo que me ha invitado a reflexionar sobre las formas sutiles de dominación de la mujer en sociedades occidentales. Para que no perdamos la atención y tomemos conciencia. Pero sobre todo para que sepamos reconocer y vivir la verdadera naturaleza de ser mujer:

 

 “El harén de las mujeres occidentales es la talla 38″. Por Fatema Mernissi:

Era la primera vez que me decían semejante estupidez respecto a mi talla. Los piropos a mis caderas anchas que me han dicho los hombres por las calles marroquíes me habían llevado a creer durante años que todo el planeta pensaba lo mismo. Es cierto que con la edad cada vez voy oyendo menos piropos al pasar por la medina, y claro que me he dado cuenta de que el silencio es mayor ahora cuando camino por los bazares. Pero hace tiempo que aprendí a no buscar en el mundo exterior formas de reafirmar la seguridad en mí misma, dado que mis rasgos nunca han encajado en los estándares locales de belleza y he tenido que defenderme en varias ocasiones de los comentarios ofensivos por parte de algunos hombres que me llamaban zirafa (o sea, jirafa) por culpa de mi cuello demasiado largo. En realidad, paradójicamente, cuando me fui a estudiar a Rabat descubrí que mi principal atractivo a ojos de los demás residía justo en la confianza narcisista que había desarrollado con el fin de protegerme de lo que llegué a considerar como “el chantaje de la belleza”. Mis compañeros no podían creerse que me importara un comino lo que pensaran de mi aspecto físico. “Mira, querido Karim, lo único que necesito para sobrevivir es pan, aceitunas y sardinas. Que pienses que tengo el cuello demasiado largo es asunto tuyo, no mío.” En cualquier caso, en una medina ni los comentarios sobre la belleza ni los piropos son algo definitivo o serio; todo se puede negociar. Pero en aquellos grandes almacenes norteamericanos la cosa parecía diferente.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814.  Museo del Louvre.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814. Museo del Louvre.

Debo confesar que en aquel entorno neoyorquino perdí mi acostumbrada confianza. No es que me sienta segura de mí misma en todo momento, pero tampoco voy por la calle o por los pasillos de la universidad dudando sobre qué pensarán de mí los demás. Por supuesto, cuando oigo un piropo mi ego crece igual que un soufflé de queso, pero en general no espero demasiado. Hay mañanas en que me veo fea, si me siento cansada o pachucha, pero otros días me encuentro maravillosa solo porque hace sol o porque he conseguido escribir un párrafo bueno. Y de pronto, en aquella tienda norteamericana tan grande y silenciosa, en la que había entrado con aire triunfal gozando de mi legítimo status de consumidora soberana dispuesta a gastar dinero, me sentí atacada de una forma brutal. Mis caderas, hasta el momento símbolo de una madurez serena y desinhibida, repentinamente eran condenadas como una deformación.

-Y ¿se puede saber quién establece lo que es normal y lo que no? -pregunté a la dependienta como queriendo recuperar algo de mi seguridad si ponía a prueba las reglas establecidas. Jamás dejo que nadie me evalúe y decida si soy guapa o no, quizá porque de niña, en Fez, no encajaba en los moldes de belleza y siempre me estaban diciendo que era demasiado alta, demasiado flaca, que tenía los pómulos demasiado marcados y los ojos demasiado rasgados, en una ciudad tradicional donde se elogiaba a las muchachas regordetas y con cara de pan. Mi madre siempre estaba lamentándose de que nunca encontraría marido, por lo que me animaba a estudiar y a aprender toda clase de habilidades, desde narrar cuentos hasta bordar, si es que quería sobrevivir en este mundo. Yo siempre le decía: Si Alá me ha hecho así, ¿cómo puede haberse equivocado, madre? Aquello la dejaba callada una temporadita, pues si me replicaba, mi pobre madre habría estado atacando al mismísimo Señor. Esa táctica de glorificar mi extraño aspecto como si se tratara de un don divino me ayudó no solo a sobrevivir en aquella ciudad tradicional y tan estrecha de miras, sino que además empecé a creérmelo. Casi me volví segura de mí misma. Digo casi porque me di cuenta de que la confianza en uno mismo no es algo tangible y estable, como un brazalete de plata que no cambia por mucho que pasen los años. La confianza en uno mismo es como una lucecita débil que va y viene, por lo que tenemos que cuidarla constantemente. Bastaría que alguien me dijera que soy fea, para tener que cuestionarme de nuevo todo el proceso. Y eso es justo lo que me sucedió en aquellos grandes almacenes norteamericanos.

-¿Y quién ha dicho que todo el mundo deba tener la talla treinta y ocho? -bromeé, sin mencionar la talla treinta y seis, que es la que usa mi sobrina de doce años, delgadísima.
En aquel momento, la señorita me miró con cierta ansiedad.
-La norma está presente en todas partes, querida mía -dijo-. En las revistas, en la televisión, en los anuncios. Es imposible no verlo. Tenemos a Calvin Klein, Ralph Lauren, Gianni Versace, Giorgio Armani, Mario Valentino, Salvatore Ferragamo, Christian Dior, Yves Saint-Laurent, Christian Lacroix y Jean-Paul Gaultier. Los grandes almacenes siguen la norma de la moda. -Hizo una pausa, para concluir con lo siguiente-: Si aquí se vendiera la talla cuarenta y seis o la cuarenta y ocho, que son probablemente las que usted necesita, nos iríamos a la bancarrota. -Se detuvo un instante y luego me miró con ojos escrutadores-. Pero ¿en qué mundo vive usted, señora? -De repente tuve la sensación fugaz de que podríamos entendernos-. Lo siento, pero no puedo ayudarla, de verdad. -Me dio la impresión de que lo lamentaba realmente. Y de pronto se mostró muy interesada. Se quitó de encima a una clienta que se había acercado para pedirle ayuda-: ¡Busque a otra dependienta! ¿No ve que estoy ocupada? -Parecía querer proseguir con nuestra conversación unos minutos más.

Nathan Altman, Retrato de Ana Ajmatova. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.

Nathan Altman, Retrato de Ana Ajmatova. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que debía de tener mi edad, cincuenta y muchos. Pero, a diferencia del mío, su cuerpo era esbelto como el de una adolescente. Su vestido Chanel por encima de la rodilla, en color azul marino, tenía el típico cuello de seda blanca, reminiscencia de la modesta elegancia católica de las jovencitas de la aristocracia francesa de principios de siglo. Un fino cinturón de perlas realzaba la delgadez de su talle. Con aquel pelo corto de rizos estudiados, y su sofisticado maquillaje, a primera vista me había parecido que tenía la mitad de años que yo.

-Pues vengo de un país donde no existen las tallas en la ropa de mujer -repliqué-. Yo misma me compro la tela, y la costurera del barrio o un artesano me hace la falda que le pido, de seda o de cuero. Me toman las medidas en cada visita. Ni la costurera ni yo sabemos nunca cuál es la talla de la falda que me va a hacer. Mientras la cose, vamos descubriéndolo. En Marruecos, mientras pague los impuestos, a nadie le importa cuál sea mi talla. De hecho, si quiere que le diga la verdad, no tengo ni idea de qué talla uso. La señorita se echó a retír realmente divertida, y me dijo que debería hacer publicidad de mi país, que le parecía un paraíso para las mujeres trabajadoras y estresadas.
-¿Quiere usted decir que no vigila su peso? -me preguntó con cierta incredulidad. Tras un breve silencio, añadió en voz alta pero como si estuviera hablando consigo misma-: Muchas mujeres que tienen puestos de trabajo muy bien pagados, relacionados con el mundo de la moda, podrían verse de patitas en la calle si no siguieran una dieta estricta.

Sus palabras eran tan claras y la amenaza que implicaban tenían tal carga de crueldad que me di cuenta por primera vez de que quizá la talla treinta y ocho fuera una restricción aún más violenta que el velo musulmán. Me despedí de ella, para no entretenerla por más tiempo y para no meterla en una conversación tal vez demasiado emocional y no muy bienvenida, en un intercambio de confidencias sobre los recortes de salario debidos a la edad. Probablemente habría alguna cámara de seguridad grabándonos en esos momentos.
Sí, pensé, acababa de encontrar la respuesta a mi enigma. A diferencia del hombre musulmán, que establece su dominación por medio del uso del espacio (excluyendo a la mujer de la arena pública), el occidental manipula el tiempo y la luz. Este último afirma que una mujer es bella solo cuando aparenta tener catorce años. Si una comete la osadía de aparentar los cincuenta o, peor aún, los sesenta, resulta simplemente inaceptable. Al dar el máximo de importancia a esa imagen de niña y fijarla en la iconografía como ideal de belleza, condena a la invisibilidad a la mujer madura. De hecho, el occidental moderno refuerza así las teorías sostenidas por Immanuel Kant en el siglo XVIII. Las mujeres deben aparentar que son bellas, lo cual no deja de ser infantil y estúpido. Si una mujer aparenta madurez y seguridad en sí misma, y por lo tanto no se avergüenza de unas caderas anchas como las mías, se la condena por fea. Así pues, la frontera del harén europeo separa una belleza juvenil de una madurez que se considera de mal gusto.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, Interior de un harén. Museo del Louvre, París.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, Interior de un harén. Museo del Louvre, París.

Sin embargo, las actitudes occidentales son más peligrosas y taimadas que las musulmanas porque el arma utilizada contra las mujeres es el tiempo. El tiempo es algo menos visible, más fluido que el espacio. El occidental congela con focos e imágenes publicitarias la belleza femenina en forma de niñez idealizada y obliga a las mujeres a percibir la edad, es decir, el paso natural de los años, como una devaluación vergonzante. ¡Ahora resulta que soy un dinosaurio!, me dije en voz alta casi sin darme cuenta, mientras recorría las filas de faldas de la tienda con la esperanza de demostrarle a la señorita que estaba equivocada. Pero al cabo de media hora tuve que reconocer que no iba a encontrar nada que me valiera. Este chador occidental, cortado según el patrón del tiempo, resultaba más disparatado que el fabricado con el espacio, el que imponen los ayatolás.
La violencia que implica esta frontera característica del mundo occidental es menos visible porque no se ataca directamente la edad, sino que se enmascara como opción estética. En efecto, en aquella tienda no solo me sentí repentinamente horrorosa, sino también inútil. Mientras los ayatolás consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que la señalan y marginan. Este tipo de mujer bordea la inexistencia. Al ensalzar solo a la mujer prepubescente, el hombre occidental impone otra clase de velo a las mujeres de mi edad, nos tapa bien con el chador de la fealdad. Solo de pensarlo siento escalofríos. Es como marcarnos la piel con esa frontera invisible. La costumbre china de vendar los pies de las mujeres funciona exactamente igual: los hombres consideraban bellas solo a las que tuvieran los pies de una niña. No es que los chinos obligaran a las mujeres a ponerse vendajes en los pies para detener su crecimiento normal. Simplemente definían el ideal de belleza. En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre. De este modo, si tengo la intención de encontrar una falda elegante diseñada para una mujer guapa, se supone que debería reducir el tamaño de mis caderas para caber en la talla treinta y ocho. Las musulmanas nos sometemos al ayuno solo durante el mes del ramadán, pero es que las desgraciadas occidentales tienen que estar a dieta los doce meses del año. Quelle horreur! , me repetía sin cesar, mientras contemplaba a las señoras norteamericanas comprando ropa en aquella tienda. Todas las que tenían mi edad parecían adolescentes rebosantes de juventud.

En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre.

En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre.

Según Naomi Wolf, durante los años noventa la talla exigida a las modelos se redujo de forma drástica. “Hace una generación, la modelo típica pesaba un 8 por 100 menos que la mujer media norteamericana, mientras que hoy la diferencia es de un 23 por 100… El peso de Miss America cayó en picado, y el de la modelo típica de Playboy playmates se redujo de un 11 por 100 por debajo del peso medio en 1970 a un 17 por 100 de diferencia ocho años después” 1. Según esta autora, la reducción de la talla ideal es una de las causas de la anorexia y de otros problemas de salud. ” (…) la extensión de los desórdenes en la alimentación creció de manera exponencial, mientras aparecieron muchas neurosis relacionadas con la comida y el peso que hicieron perder el sentido del control a muchas mujeres” 2. De repente, el misterio del “harén europeo” cobró sentido ante mí. En esta parte del mundo, el arma empleada es ensalzar la juventud a toda costa, y condenar el envejecimiento. En Nueva York se recurre a la dimensión temporal contra las mujeres, igual que en Teherán el ayatolá iraní usa la dimensión espacial con la intención de que las mujeres se sientan fuera de lugar e inoportunas. El objetivo es el mismo en ambos casos. Las occidentales que viven en su tiempo, adquieren experiencia con la edad y alcanzan la madurez son consideradas feas por parte de los profetas de la moda, igual que las iraníes que osan aparecer en el espacio público.

El poder del hombre occidental reside en dictar cómo debe vestirse la mujer y qué aspecto debe tener. Es el hombre quien controla toda la industria de la moda, desde la cosmética hasta la ropa interior. Me di cuenta de que Occidente es la única parte del mundo donde las cuestiones de la moda femenina son un negocio dirigido por hombres. En países como Marruecos la moda es cosa de mujeres. Pero esto no es así en Occidente. Naomi Wolf explica que los hombres controlan una inmensa parafernalia de productos casi fetiche: “Una serie de industrias poderosísimas (la industria alimentaria, con ganancias de 33.000 millones de dólares al año; la industria de la cosmética, con 20.000 millones; la de la cirugía plástica, con 300 millones; y la industria de la pornografía, con beneficios anuales de 7.000 millones de dólares) han prosperado gracias a las sumas de dinero que genera la ansiedad inconsciente, y a través de la cultura de masas son capaces, a su vez, de usar, estimular y reforzar la alucinación, en una espiral económica que crece y crece sin cesar” 3.

Jean-León Gérôme, Los baños del harén

Jean-León Gérôme, Los baños del harén

Pero ¿cómo funciona este sistema? ¿Por qué lo toleran las mujeres? De todas las explicaciones posibles, la que más me gustó fue la del sociólogo francés Pierre Bourdieu. En su último libro, La domination masculine. “La violencia simbólica es una forma de ejercer el poder, que repercute directamente sobre el cuerpo de la persona, como por arte de magia, sin constricciones físicas aparentes. Pero esta magia solo funciona porque activa códigos ocultos en las capas más profundas”4. Leyendo a Bourdieu tuve la sensación de empezar a comprender mejor la psique de los hombres occidentales. Bourdieu explica que, debido a que las industrias de la cosmética y de la moda no son más que la punta del iceberg, da la sensación de que la predisposición de las mujeres a asumir los dictados impuestos por aquellas es una actitud que no les exige esfuerzo alguno, como si fuera natural. De otro modo resultaría imposible entender por qué las mujeres se menosprecian tan espontáneamente. Bourdieu se plantea por qué las propias mujeres se hacen la vida tan difícil, al escoger que su pareja sea siempre más alta o mayor que ellas, por ejemplo. “La mayoría de las francesas desean tener por marido a un hombre mayor que ellas y que además, lo cual es totalmente coherente, sea más grande que ellas, en cuanto a lo referente al tamaño”5.
Atrapadas en esta sumisión hechizante, característica de la violencia simbólica inscrita en las capas misteriosas de la carne, las mujeres renuncian a “los signos comunes de jerarquía sexual” (“les signes ordinaires de la hiérarchie sexuelle”), tales como el envejecimiento y un cuerpo que engorda. Bourdieu insiste en que solo comprenderemos cuánta fuerza implican esta “violencia simbólica” y su embrujo si tenemos en cuenta esta conexión entre unas instituciones serias y la industria, aparentemente frívola, de la belleza” 6.

Bordieu insiste en lo importante del matiz de “simbólico” del concepto clave que lleva ya décadas intentando introducir con gran tesón en los análisis de mercado, al referirse a “l´économie des biens symboliques”, donde se distancia tanto del discurso económico estrictamente materialista como del etnográfico, al introducir la subjetividad de los actores allí donde los intercambios tienen que ver con la relación de dominación y que explica el carácter mágico de la obediencia de las mujeres a los códigos cosméticos y de la moda, tan constrictivos.
“Al tomar la palabra “simbólico” en uno de sus sentidos más comunes, quizá pueda pensarse que subrayar la “violencia simbólica” sea minimizar el papel de la violencia física y (hacer) olvidar que existen mujeres golpeadas, violadas y explotadas, o, lo que sería peor aún, disculpar a los hombres que recurren a esta forma de violencia. Evidentemente, no es esa mi intención. Al entender el adjetivo “simbólica”, como opuesto a “real” o “efectiva”, podríamos suponer que la violencia simbólica es una violencia puramente “espiritual” y, en definitiva, sin efectos reales. Esta es la distinción ingenua, propia de un materialismo primario, que la teoría materialista de los bienes simbólicos (en cuya elaboración llevo trabajando ya varios años) trata de destruir, suplantándola por la objetividad de la experiencia subjetiva de las relaciones de dominación. Otro malentendido consiste en creer que la referencia a la etnología, cuyas funciones heurísticas he tratado de exponer aquí, es supuestamente un medio de restaurar, bajo una apariencia científica, el mito del “eterno femenino” (o masculino) o, aún más grave, de eternizar la estructura de dominación masculina al describirla como invariable y eterna. Por lo tanto, lejos de afirmar que las estructuras de dominación son ahistóricas, trataré de establecer que son, más bien, el producto de un trabajo incesante (por lo tanto, histórico) de reproducción al que contribuyen los agentes particulares (esto es: los hombres, con armas como la violencia física y la violencia simbólica) y las instituciones (familia, iglesia, escuela, Estado)”7.

En cuanto entendí cómo funciona esta sumisión mágica empecé a sentirme bastante aliviada porque los ayatolás conservadores aún no tienen ni idea de su existencia. Si así fuera, no dudarían en pasarse a estos métodos sofisticados, pues resultan mucho más eficaces a la hora de impedir el avance de la igualdad entre los sexos. Prohibir que coma todo lo que desee y que me harte de tagine (mejor si es en cazuela de barro, con lo que la carne y la verdura pueden estar cociéndose durante horas sobre un fuego de carbón) sería, sin duda alguna, la mejor manera de paralizar mi capacidad pensante.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, El baño turco, 1862. Museo del Louvre, París.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, El baño turco, 1862. Museo del Louvre, París.

Tanto Naomi Wolf como Pierre Bourdieu han llegado a la conclusión de que hoy por hoy los códigos basados en el físico paralizan la capacidad de las mujeres occidentales de competir por el poder, por mucho que parezcan abiertas las posibilidades de acceder a la educación y a mejoras salariales. “Una obsesión cultural con la delgadez femenina no tiene nada que ver con obsesionarse con la belleza femenina” explica Wolf. Es más bien “una obsesión con la obediencia de las mujeres. El sometimiento a regímenes alimenticios es el sedante político más potente de la historia de las mujeres; una población silenciosamente trastornada es una población muy fácil de manejar”8. Wolf afirma que las investigaciones han “confirmado lo que la mayoría de las mujeres ya sabían de sobra: que la preocupación con el peso conduce a un “colapso virtual de la autoestima y del sentido de la efectividad” y que (…) una “restricción calórica prolongada y periódica” resulta en una personalidad especial, caracterizada por “pasividad, ansiedad y cambios emocionales bruscos”9. De modo similar, Bourdieu, que se ha dedicado más bien a desentrañar cómo este mito graba a fuego sus inscripciones sobre la piel misma, llega a reconocer que el estar constantemente recordándole a una mujer en un espacio público su apariencia física la desestabiliza emocionalmente, debido a que la reduce a mero objeto de exposición.

“Al confinar a las mujeres al status de objetos simbólicos que siempre serán mirados y percibidos por el otro, la dominación masculina (…) las coloca en un estado de inseguridad constante. (…) Tienen que luchar sin cesar por resultar atractivas, bellas y siempre disponibles”10.

 

Al sufrir dicho estado de congelación como objeto pasivo cuya mera existencia depende de la mirada de su poseedor, las mujeres occidentales de hoy, con estudios y formacióon, se encuentran en las misma tesitura que las esclavas de un harén.
-¡Gracias, Alá, por ahorrarme la tiranía del harén de la talla treinta y ocho! -murmuraba sin cesar, en mi asiento del vuelo entre París y Casablanca. Estaba deseando llegar a casa-. Menos mal que el profesor Benkiki no sabe nada de tallas. Y, menos aún, de la talla treinta y ocho. ¡Qué espanto si a los fundamentalistas les diera por imponer no solo el velo, sino también la talla treinta y ocho!

¿Es posible organizar una manifestación política creíble y salir a las calles a protestar y gritar que se nos han pisoteado los derechos humanos porque no es posible encontrar la falda que una busca?

Escena de un harén, madres e hijas. Foto datada entre 1875 y 1933. Brooklyn Museum

Escena de un harén, madres e hijas. Foto datada entre 1875 y 1933. Brooklyn Museum

1,2,3,8 y 9 Naomi Wolf, The Beauty Mith How Images of Beauty are Used Against Women, Nueva York, 1991.
4,5,6,7 y 10 Pierre Bourdieu, La domination masculine, 1988.

Fuente: Fatema Mernissi,El harén de las mujeres occidentales es la talla 38 (Capítulo 13).El harén en Occidente, 2000.

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