Príncipe Siddharta: mitología y Buda

La mitología budista no soporta el contraste con la razón científica alumbrada por Occidente, pero no es más fantástica que la cristiana, según la cual una estrella cambió su curso para guiar a unos Magos de Oriente, indicándoles el camino hacia el miserable establo donde había nacido el hijo de Dios. Conviene recordar que nada es gratuito en las religiones. Cada relato encierra un significado simbólico. En su estudio Qué es el budismo, escrito con Alicia Jurado, Jorge Luis Borges señala la dimensión simbólica vinculada a la concepción de Siddharta en el vientre de la reina Maya: “Cuando leemos que el Buddha entró en el costado de su madre en forma de joven elefante blanco con seis colmillos, nuestra impresión es de mera monstruosidad. El seis, sin embargo, es número habitual para los hindúes, que adoran a seis divinidades llamadas las seis puertas de Brahma y que han dividido el espacio en seis rumbos: norte, sur, este, oeste, arriba, abajo. La escultura y la pintura indostánicas, por lo demás, han difundido imágenes múltiples para ilustrar la doctrina panteísta de que Dios es todos los seres. En cuanto al elefante, animal doméstico, es símbolo de mansedumbre”.

El budismo no atribuye mucha importancia a la verdad histórica. Siddharta Gautama no es el único Buddha. Cada 2.500 años nace un Buddha. Cristo se encarnó una vez para redimir a la humanidad del pecado original. Sería inconcebible que su agonía en la cruz se repitiera cíclicamente. Buddha, en cambio, es un término genérico, que designa un estado de la mente y el cuerpo. No hay que preocuparse, por tanto, de averiguar quién fue Siddharta Gautama. Es suficiente saber que Siddharta fue un hombre inspirado por la determinación de huir del sufrimiento. En ese sentido, todos nos identificamos con su peripecia. Algunos entenderán que la extinción del deseo representa una abdicación de la vida, pero casi todos hemos fantaseado con una paz interior que no parece realizable, sin renunciar un poco a nosotros mismos. Buddha, el despierto, el vigilante, ya es un símbolo, un arquetipo, que expresa el conflicto entre la conciencia y el vacío, el ser y la nada, el yo y el no-yo. Schopenhauer coronó su filosofía con el budismo. Al igual que Calderón de la Barca, opinaba que el mayor delito del hombre es haber nacido. Es imposible desnacer, pero pocos hombres no han abominado su propia existencia en algún momento. La nostalgia del útero materno, expresada abiertamente por Miguel de Unamuno y Samuel Beckett, nos revela que Oriente y Occidente resuelven sus diferencias, cuando se enfrentan a la dolorosa experiencia de existir, reconociendo que la vida tal vez sólo es un tumulto, lleno de ruido y furia.

La vida de Siddharta Gautama no es menos improbable que la de Cristo, pero nuestra imaginación tolera con más indulgencia las ficciones de los Evangelios que las de los textos budistas. Hay más evidencias históricas de la existencia de Siddharta, abocado a convertirse en Buddha, que de la peripecia de Jesús de Nazaret. Sin embargo, ni el cristianismo ni el budismo necesitan evidencias empíricas. Su fe brota de la misma matriz: la conciencia del dolor. El cristianismo nos promete la eternidad; el budismo nos habla de la dicha de no ser. Para Montaigne, ambas religiones reflejan la más inhumana de las enfermedades: no aceptar lo que somos, materia efímera enredada en la fatalidad de existir.

 

 

 

Buddha significa en pali y en sánscrito “despierto, vigilante”. Es el nombre con el que se designa a Siddhartha, hijo de Suddhodana, reyezuelo del clan Sakya que gobernaba la ciudad de Kapilavastu, situada en la región de Tarai (actual Nepal), al sur del Himalaya. La tradición sostiene que vivió entre el 543 y el 478 a.C, lo cual le convierte en contemporáneo de Pitágoras, Heráclito y Parménides. Antes de nacer como Siddhartha, Buddha fue un Bodhisattva, un ser (sattva) iluminado por el supremo conocimiento, una “gran mente” (bodhi) impulsada por el amor y la compasión. Llegó a ese estado después de infinitas reencarnaciones, donde consiguió realizar poco a poco el ideal brahmánico de justicia, misericordia, moderación y templanza. Su deseo de liberar a los hombres del sufrimiento le hizo encarnarse por última vez, escogiendo desde el cuarto cielo de los dioses como madre a la reina Maya. Maya, que significa ilusión, apariencia, anhelaba tener hijos, pero hasta entonces no lo había conseguido. Durante un período de rezos, castidad y noches en vela, el cansancio le hizo cerrar los ojos. Soñó que los señores de los cuatro puntos cardinales, la transportaban a las cumbres del Himalaya, donde sus esposas se encargaban de bañarla cuidadosamente en el lago Anutatta. Depositada en un lecho celestial con la cabeza orientada hacia el Este, Maya descubrió que una estrella con una luz deslumbrante avanzaba hacia ella. Al tocar tierra, la estrella se transformó en un elefante blanco de seis colmillos y cabeza roja, con la tonalidad del rubí. El elefante, que sostenía con la trompa un loto blanco, penetró en su cuerpo por un costado.

Al Aldespertar, la reina Maya no experimentó dolor, sino ligereza y serenidad. No sabía que en su interior los dioses habían levantado un palacio, donde el Bodhisattva aguardaría el momento de su nacimiento, rezando y meditando. La reina relató el sueño a su esposo, que consultó a los brahmanes para averiguar su significado. Los brahmanes le comunicaron que nacería “un gran ser”. Algunas leyendas afirman que el embarazo discurrió entre sueños proféticos, donde el niño aparecía sobre un loto, anunciando en mitad de una lluvia de pétalos: “Triunfaré sobre la muerte y extinguiré el dolor que aflige al ser humano”. Al llegar la primavera, Maya salió a pasear por el jardín de palacio, acompañada por sus sirvientas. Un árbol sala se inclinó a su paso y le tendió una rama, ofreciéndole una flor, que la reina aceptó, alzando los ojos hacia el cielo. En ese momento, el Bodhisattva se levantó y salió por su costado, sin causarle ningún daño. Cuatro seres celestiales (devas) lo sostienen en una red dorada, mientras dos elefantes derraman agua, lavando su cuerpo. Después, el recién nacido contempla el mundo y exclama: “¡Soy el primero y el mejor en la tierra y el cielo! Soy el despierto, el iluminado y he venido a liberar al mundo de la rueda de las reencarnaciones (samsara)!”. El universo se estremece de gozo: los ciegos recuperan la vista, los enfermos se levantan de sus lechos, los pobres se olvidan de su miseria, la paz y la armonía se conciertan y producen una melodía perfecta, que recuerda la música de las esferas.

Asita, un ermitaño consagrado a la meditación y el ayuno, bajó de las montañas y examinó al recién nacido: “Tiene las treinta y dos marcas del buen augurio. Es el incomparable”. Entre las marcas, se hallan un centenar de formas dibujadas en la planta del pie: un elefante, un tigre, la flor de loto y una esvástica. Asita aseguró que sería un gran rey, si permanecía en palacio, o un Buddha, si abandonaba el hogar y se consagraba a la meditación y el ejercicio de la virtud. Suddhodana escuchó la profecía con preocupación, pues su reino era pequeño y débil y deseaba un heredero diestro en el arte de la guerra. Decidió construir tres palacios para aislar a su hijo de los males del mundo, particularmente la enfermedad, la vejez y la muerte. Pensó que de ese modo nunca se marcharía de su lado. Al quinto día, se eligió un nombre para el príncipe. Se llamaría Siddharta, que significa “el que lleva todo a buen fin”. Además, se llamaría Gautama, por ser el nombre de su clan. Al séptimo día falleció su madre y se encargó su cuidado a su hermana, Prajapati, que también era esposa del rey. Las madres de los Buddhas siempre mueren al séptimo día porque su vientre es un templo y no puede ser ocupado de nuevo. Es un lugar sagrado y ya no pertenece a este mundo.

Siddharta creció en palacio, rodeado de sabios que le hablaban de reyes, poetas, santos y soldados. A los siete años, visitó el campo durante la fiesta de la siembra. Observó cómo un agricultor labraba la tierra. Un pájaro se acercó a un surco y atrapó un insecto con su pico, levantado el vuelo. El príncipe comentó consternado: “Los seres vivos se devoran entre sí”. Se retiró a meditar debajo de un árbol, sin que la sombra se moviera durante su estado de recogimiento. Su capacidad de ensimismarse y reflexionar puso de manifiesto su profunda inquietud espiritual. Siddharta continúa su formación, ejercitándose en gramática, caligrafía, botánica, lucha, natación, carrera y salto. Durante un certamen de arqueros, su flecha llega más lejos que el resto y en su lugar de caída brota una fuente. A los diecinueve se desposa con Yashodara, hija de Suprabuddha, hermano de la fallecida reina Maya. Durante diez años, Siddharta disfruta de una vida palaciega, sin preocupaciones ni incertidumbres, pero la curiosidad le empuja a traspasar los límites de su encierro, acompañado por su cochero. Se producen entonces los cuatro encuentros que inspirarán las Cuatro Nobles Verdades.

El primer día se cruza con un anciano, extenuado por los años, que le obligan a caminar encorvado. Pregunta al cochero qué le sucede a ese hombre: “Nada –contesta el cochero-. Simplemente es viejo. Todos seremos como él. Es nuestro destino”. El segundo día descubre a un leproso, con la carne tumefacta y un hedor pestilente. Cuando el cochero le explica que todo el que vive está expuesto a sufrir terribles enfermedades, agacha la cabeza, con más confusión que espanto. El tercer día se cruza con una familia que traslada a un muerto para ser incinerado. “Nada vive eternamente. Es la ley de la naturaleza”, comenta el cochero. Siddharta comprendió en ese instante que el poder era insignificante frente a esas calamidades y por primera vez sintió que su vida avanzaba sin rumbo, no menos desdichada que la del resto de los seres humanos. El cuarto día se encontró con un monje mendicante, que había conseguido la paz interior mediante la pobreza, el ayuno y la limosna. Siddharta pensó que sólo hallaría la felicidad, adoptando su estilo de vida. La noticia de que su mujer había engendrado un hijo, Rahula (que significa Impedimento), le hizo volver a palacio, pero a mitad de noche se despierta y la visión del harén que sólo existe para satisfacer sus deseos, le revela definitivamente que había confundido la dicha con el placer efímero. Las mujeres ya no le parecen hermosas, sino desdichadas y su belleza no le conmueve. Saber que deja un heredero al trono le ayuda a marcharse de palacio, pese a la oposición de su padre. En un principio, le acompaña un sirviente y un caballo blanco, pero después de atravesar un río, despide a su criado, le regala la montura y se corta la coleta. La leyenda afirma que los dioses recogen su pelo y lo guardan como una reliquia. También asegura que un ángel desciende del cielo, con la apariencia de un asceta y le entrega las únicas posesiones que consiente un monje mendicante: el sencillo traje amarillo de tres piezas, un cinturón, una navaja, una humilde escudilla para las limosnas, una aguja y un cedazo para filtrar el agua.

Durante siete días, permanece solo, rehuyendo la compañía humana. Después, se interna en el bosque, donde se encuentra con una comunidad de ascetas que sigue una estricta regla, escatimando el sueño y el alimento. La comunidad tolera su presencia y le inicia en la práctica del yoga: concentración mental, introspección del yo, control psíquico del cuerpo. El objetivo es lograr “la esfera de la nada”, donde no hay pensamiento ni ausencia de pensamiento. Después de un tiempo, Siddharta estima que ha emprendido un camino equivocado y se retira a las montañas, con cinco discípulos que le piden permiso para seguir sus pasos. Continúa con la meditación, pobreza extrema y ayuno, buscando la unión del individuo (Atman) con el Todo (Brahma), pero su excesiva entrega a la penitencia y a la privación de comida y sueño hizo que enfermara hasta bordear la muerte. Según la leyenda, escuchó por azar a una niña, ensayando con una cítara, mientras su maestro le explicaba que las cuerdas debían mantener la tensión necesaria. “Si una cuerda está floja, no emite ningún sonido, pero si está demasiado tensa, se rompe”. Comprendió entonces que el camino adecuado era el Camino del Medio, donde se rehúye por igual el placer sin medida y el ascetismo extremo. Aceptó un cuenco de arroz que le ofreció una mujer, se bañó en el río y rompió el ayuno que le había situado en el umbral de la muerte. Sus discípulos lo interpretaron como un gesto de debilidad y lo abandonaron.

Siddharta comenzó entonces una peregrinación hasta Bodhgaya, una región del estado indio de Bihar, buscando un árbol llamado bo o bohdi (ficus religiosa), identificado tradicionalmente con la sabiduría y más conocido por el nombre higuera sagrada o higuera de las pagodas. Cuando al fin lo encontró, se sentó bajo sus ramas y decidió no moverse hasta descubrir la forma de liberarse definitivamente del sufrimiento: “Que se seque la sangre, que se pudra la carne y se rompan los huesos porque hasta encontrar el camino de la Iluminación no me levantaré”. Esperó durante semanas, debatiéndose con la desesperación y los fantasmas de la mente, que incitan la violencia, el egoísmo y la codicia, hasta que un día apareció Mara, el señor de la ilusión, la destrucción y la muerte. Durante una larga noche, Mara le ofreció placeres y riquezas a cambio de abandonar su búsqueda espiritual, pero no consiguió doblegarle. Envió entonces a sus ejércitos, que arrojaron lenguas de fuego sobre Siddharta, pero éste las transformó en palacios de flores. Furioso, Mara ordena a sus propias hijas que se ofrezcan desnudas, pero Siddharta hace una señal con un dedo y las convierte en ancianas decrépitas. Mara renunció a su propósito al amanecer, reconociendo su derrota. Triunfante, sereno, humilde, Siddharta ya no es un hombre, sino el Buddha poseedor de las Cuatro Nobles Verdades.

 

Durante siete días, Siddharta permanece bajo la higuera sagrada, cuidado por los dioses, que lo alimentan, lo visten y queman incienso para honrarlo. Se desata una tormenta, pero Muchilinda, rey de los Nagas, surge de debajo de la tierra, se enrosca alrededor de su cuerpo y compone una sombrilla con sus sietes cabezas de serpiente. Cuando se calman los elementos, Muchilinda recobra su aspecto humano y se convierte en su primer discípulo. Buddha se dirige a Benares y encuentra a los cinco monjes que le abandonaron. Sin mostrar ningún rencor, les enseña la Vía del Medio. Mientras habla, se aproximan los desconocidos, hasta formar una multitud. Buddha enuncia las Cuatro Nobles Verdades. La primera verdad revela que “el nacimiento es dolor, el ocaso es dolor, la enfermedad es dolor, todo lo efímero es dolor (duhkha)”. La segunda verdad afirma que el dolor procede del deseo, del querer. Nuestro apego a las cosas, nuestros afectos, nuestros temores y esperanzas son la causa de nuestro sufrimiento. La tercera verdad afirma que el dolor puede ser abolido. Si logramos aniquilar el deseo, ya no sufriremos más, pues nos libraremos de la pérdida, el miedo, la ilusión, el hastío, la decepción, la envidia, la ambición, la avaricia, la ansiedad, la angustia o el miedo. La cuarta verdad nos muestra el camino del Octuple Sendero o Camino del Medio, que nos enseña la vía hacia el Nirvana o extinción del dolor: comprensión, pensamiento, palabra, acción, ocupación o medios de existencia, esfuerzo, atención y contemplación. La comprensión de las cosas y los buenos propósitos nos proporcionan sabiduría; la palabra justa, las buenas acciones y un trabajo digno nos enseñan a observar una conducta ética; el esfuerzo, la atención y la contemplación nos permiten mantener la mente ágil y despierta, cerca de la verdad y lejos del engaño o la mentira.

Las Cuatro Nobles Verdades implican una serie de normas éticas: abstenerse de destruir la vida, abstenerse de robar, abstenerse de mentir, abstenerse de conductas sexuales dañinas o inapropiadas, abstenerse de propagar falsas doctrinas. Siguiendo estas enseñanzas, podremos liberarnos de la rueda del samsara o ciclo de las reencarnaciones, donde cada vida está determinada por el karma, una energía trascendente, invisible e inmensurable, que se deriva del conjunto de actos, palabras y pensamientos realizados en existencias anteriores. El karma determina el sentido ascendente o descendente del samsara. El bien o el mal causados a veces necesitan varias reencarnaciones para recibir el castigo o la recompensa correspondientes. El Nirvana representa la extinción del sufrimiento que se obtiene con la iluminación. Es un estado mental y físico que anticipa el Para Nirvana, la paz eterna, la extinción completa, el no ser.

Después del sermón de Benares, brahmanes, reyes y ascetas se convirtieron a la nueva doctrina, acatando los preceptos de su Ley (dharma) y las normas de su Comunidad (sangha). El aluvión de convertidos obliga a Buddha a permitir que las mujeres puedan constituir sus propias comunidades de monjas. Se dirige a su antiguo reino, seguido por veinte mil discípulos. Se reencuentra con su hijo Rahula, que se convierte a las Cuatro Nobles Verdades. Desgraciadamente, no tardan en aparecer las divisiones y las querellas internas. Devadatta, primo y discípulo de Buddha, intenta asesinarlo. Envía a unos arqueros para que le tiendan una emboscada, pero los conjurados son incapaces de disparar sus flechas a la perfecta encarnación de la santidad y la virtud. Devadatta desaparece en las entrañas de la tierra, condenado a arder en los infiernos. En Vesali, una cortesana agasaja y ofrece su hospitalidad a Buddha, que acepta con sencillez. Pasan los años y Mara le tienta de nuevo, invitándole a cambiar de vida, pero Buddha le rechaza otra vez y le anuncia que morirá dentro de tres meses. Al oír la noticia, se oscurecen los cielos, tiembla la tierra. Los dioses y los hombres le piden que viva eternamente, pero contesta que ningún ser debe cambiar el orden del mundo y que sus enseñanzas describen el Nirvana como la paz definitiva. Acepta unas trufas o, según otras versiones, un trozo de carne salada, que le producen un agudo malestar, precipitando una muerte que la tradición no considera accidental, sino voluntaria. Buddha se bañó por última vez, bebió agua y se tendió a la sombra de un bosque de mangos en Kushi-Nagara, a unos 175 kilómetros al noreste de Patna, rodeado de sus seguidores. Advirtió sobre futuros cismas, insistió en la importancia de la virtud y repitió las Cuatros Nobles Verdades. Murió acostado sobre el flanco derecho, con la cabeza orientada hacia el norte, el rostro mirando hacia poniente. Sus funerales se asemejaron a los de un rey. Antes de ser incinerado a las puertas de la ciudad, se entonaron elegías y se celebraron juegos y danzas durante seis días. Al séptimo día, se colocó su cuerpo sobre una pira, pero los intentos de encender la hoguera fracasaron una y otra vez, hasta que por fin surgió una llama del corazón de Buddha y consumió el cuerpo. Se arrojó miel sobre los restos calcinados para conservarlos y se repartieron entre los dioses, los Nagas y ocho reyes. Los dioses los enterraron en el cielo; los Nagas en profundidades remotas, lejos de la superficie, y los reyes en diferentes puntos de la geografía, levantado sobre ellos monumentos que se convirtieron en lugares de peregrinaje.

 

Fuente: http://rafaelnarbona.es

 

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