El resurgir de lo masculino y lo femenino en la intimidad

Hasta hace poco, los roles de los hombres y las mujeres estaban fijados y bien diferenciados culturalmente. Se daba por hecho que los hombres tenían que salir a conseguir dinero y las mujeres debían quedarse en casa para cuidar a los niños. Esto generó unas crueles relaciones de dependencia. La dinámica ha sido una sórdida lucha de poder entre hombres y mujeres. Los hombres manipulaban y amenazaban a las mujeres debido a su fuerza física y a su posición económica. Y las mujeres respondían manipulando a los hombres con sus caricias y puñaladas emocionales y sexuales.

Fotoi: Tatyana Druz

 

Los hombres dependían de las mujeres para obtener sexo, cariño y cuidado del hogar y los niños. Las mujeres dependían de los hombres para obtener dinero y posición social.

 

A partir de los años 60 se inició un cambio de etapa que continúa vigente, en la que hombres y mujeres tratan de equilibrar sus energías masculinas y femeninas al  50-50, haciéndose más parecidos entre sí.

 

En los años 60 esta tendencia cobró fuerza. Los hombres empezaron a potenciar su feminidad interna. Se dejaron el pelo largo, empezaron a vestir de colores y aprendieron a expresar sus emociones y su gusto por un estilo de vida más libre y sensual. Entre tanto, las mujeres comenzaron a hacer lo opuesto. Potenciaron su masculinidad interna. Adquirieron independencia económica y política. Priorizaron sus carreras profesionales, se dedicaron a su desarrollo y aprendieron a ser más asertivas e independientes en sus necesidades y deseos.

 

En términos de roles sociales hombres y mujeres se hicieron más similares. Indudablemente esto ha sido una mejora evolutiva para todos.

 

Los efectos colaterales de esta tendencia hacia la similitud sexual son una de las causas de la insatisfacción y crisis que actualmente se detecta en las relaciones de pareja. La tendencia hacia el 50-50 ha producido una igualdad social y económica, muy beneficiosa, pero también está provocando la neutralidad sexual.

 

Muchas mujeres modernas han tenido que ocultar la expresión única y natural de su radiante feminidad a fin de tener éxito económico en un mundo de orientación masculina. Y mucho hombres están estancados en un vago punto de transición entre los viejos y los nuevos modelos, y se han vuelto ambiguos e incapaces de estar plenamente presentes y con confianza en sus relaciones y en sus vidas.

 

Las cuentas bancarias y los derechos sociales se están equilibrando pero ¿se han deshinchado las pasiones?.

 

Es un hecho que la atracción sexual está basada en la polaridad, la fuerza de la pasión que surge entre los polos masculino y femenino y que genera el dinamismo. La pasión  necesita de un cautivador y un cautivado. Si los hombres y mujeres se aferran a una igualdad políticamente correcta en las relaciones íntimas la atracción sexual se reduce. Para que haya intensidad hace falta un compañero más masculino y otro más femenino.

 

No importa si es una relación heterosexual u homosexual, es indiferente si la mujer toma el rol masculino y el hombre el femenino o si cambian cada día, pero es necesaria la polaridad energética para que haya pasión. Sin danza entre opuestos, el fuego se apaga.

 

PAREJA Y ROSA

 

Muchas personas con esencia femenina ven como su naturaleza “se seca” al tener que encajar en una energía masculina. Y que muchas personas de naturaleza masculina tratan de encajar en un modelo femenino de cooperación y se desconectan de su verdad profunda que da sentido a su vida.

 

El problema es que hemos confundido la igualdad de géneros desde el punto de vista social con la neutralización de nuestra esencia sexual innata, sea masculina o femenina.

 

Para que fluya la esencia sexual en las relaciones se debe potenciar de nuevo la diferencia entre lo masculino y lo femenino en la intimidad. Y esto nada tiene que ver con los derechos sociales, las carreras profesionales o con las cuentas bancarias. Cuando las obligaciones familiares y laborales provocan la reducción de estas polaridades, la atracción sexual, la salud física y la profundidad espiritual disminuyen.

 

Como cultura hemos avanzado en términos de libertad personal, igualdad sexual y derechos sociales, pero espiritualmente estamos frustrados y tenemos miedo a las consecuencias de ser auténticos.

 

Al dividir el pastel a partes iguales, “nuestro abrazo íntimo puede degenerar en un apretón de manos entre socios comerciales en lugar del delicioso desfallecer que disuelve a los dos amantes en un único deseo del corazón”, tal y como explica en su obra “En Íntima comunión” el psicobiólogo David Deida.

 

Ahora que hombres y mujeres han avanzado sustancialmente en la igualdad social, económica y política, y enraizados en ese respeto mutuo (que debe consolidarse) podemos empezar a dibujar el nivel siguiente, que será la celebración de las diferencias que permiten la expresión de las pasiones inherentes a la danza de la polaridad masculina y femenina.

 

Revista Namasté.

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