Emily Dickinson. Mujer y poeta. El precio: la soledad.

Un ejemplo de la incomprensión sentida por ésta  mujer que en pleno siglo XIX, se atrevió a escribir poemas, a entregarse con profundidad en sus relaciones, a vivir más allá del convencionalismo social, a ejercer la honestidad en sus decisiones, siendo en realidad quién era. Una valentía que pagó con el precio de la soledad. Valga desde aquí un reconocimiento a todas esas mujeres y hombres, que se atreven a vivir   con  honestidad y  coherencia, fieles a sí mism@s… Quizá consevar la propia esencia sea el sentido de la existencia…

 

Emily Dickinson, la decisión de la soledad

Los poemas de Emily Dickinson muestran un mundo de emociones marcado por la pérdida.

“Podría estar más sola sin mi soledad”.

Emily Dickinson vivió una época (mediados del XIX) en la que las relaciones sociales, para las mujeres, aparecían lastradas de antemano por dos límites: de mujer a mujer, el límite que imponía la cháchara cordial entre amigas, familiares o vecinas en salones de té; de mujer a hombre, la prohibición de establecer verdaderos vínculos de amistad con todo hombre que se saliera de la esfera padre-hermano-prometido- marido.

Sin embargo, sabemos que no todas las mujeres se acobardaron ante esta imposición. Las amistades románticas (mujer-mujer y mujer-hombre) han dado lugar a grandes encuentros y, en el caso de la literatura, a una producción excepcional en la que la sombra de la prohibición engrandece lo que muchas dijeron. Así, Emily Dickinson se lanzó a los brazos de las relaciones profundas, hondas y sentidas, sin pensárselo dos veces.

De los hombres, cabe destacar su afición por acercarse a aquéllos que más adelante acababan convirtiéndose en “mentores”, y tal vez en sus grandes amores. De las mujeres, cabe destacar su “ambigua” relación con su cuñada, la única que leyó alguno de sus poemas antes de que Emily falleciera.

Tanto con unos como con otras, Dickinson explotó los conceptos de las relaciones y las desdibujó. Los hombres que eran sus mentores y amigos eran también los destinatarios de sus grandes poemas de amor, y qué decir de sus larguísimas y explícitas cartas. Su cuñada fue su confesora, su amiga, su hermana y, quizá, su verdadero amor. Sea como sea, la profundidad e irreversibilidad de sus relaciones hizo que en su poesía apareciera de forma constante un apóstrofe desgarrado al que se dirigían sus palabras. Nadie sabe a quién se dirige en cada momento, y el gran reto de sus traductores parece pasar por la adecuada selección del sexo del destinatario.

Sin embargo, hay algo que marcó sus versos más profundamente, y fue la pérdida sucesiva de todos aquellos que ocupaban un papel importante en su universo afectivo, principalmente por la muerte.

La soledad

Hastiada de desengaños y de pérdidas irrecuperables, marcada por el vacío afectivo de quien se había entregado a los demás y había obtenido una herida como respuesta, Emily Dickinson concluyó que lo mejor sería encerrarse en su propia casa. Un encierro que poco a poco se fue haciendo más y más grande. La decisión de vivir la soledad hasta la última consecuencia.

En sus versos y en sus cartas se nota cómo el sinsentido de las pérdidas sucesivas lo empapa todo, y puede que esa sea la nota más constante de sus escritos. La suya parece una poesía escrita desde la soledad por el horror de la muerte y escrita para evitar la muerte. El resultado que el lector puede recoger como el mejor de los premios es una profunda indagación en la interioridad del sujeto.

Si el Romanticismo era subjetividad, Emily Dickinson fue, con todo lo que esto conlleva, una de las más románticas (y románticos). Su deseo de estar sola, su aversión creciente hacia la gente y su eterna entrega a las letras hicieron de ella un ser casi mitológico, que decidió –también– vestirse siempre de blanco y apenas salir a pasear por su jardín, como la sombra de un ángel. Ese ángel, sin embargo, no dejaba una estela de perfume tras de sí, sino una estela de firmeza de carácter y de libertad de pensamiento. Solamente constreñida por el hecho de ser ella misma, describió su decisión diciendo “trabajo enmi prisión y soy huésped de mí misma”.

Ella misma, la que todavía hoy tratan muchos de descifrar, la que habita en una poesía de la que destilan problemas de género pero se iluminan problemas de sentimiento.

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Publicado en Diagonal. María Marí Ros

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